Lo difícil que le era trabajar y estar con tanta gente, y tan diversa. No había nada más urgente en su vida. Una especie de dolor crónico, de falta de solución. Siempre críticas y resultados. Aunque las cosas había que saber hacerlas para saber mandarlas, como decían las abuelas.
Aun así, ella le hablaba con palabras y él la miraba con sentimientos. Y no, no era extranjera, si bien, podría pasar por eso, llena de vida callada. Una que limpiaba, que hacía su trabajo, que no protestaba ni se asomaba a las ventanas perdiéndose.
De esas en cuyo vientre vacío sonaba el mar, y que necesitaban que le apretase de nuevo el dedo corazón, la pequeña señorita sin nombre, no pudiendo dormir del todo los años.
Mujeres y hombres; ni negras ni blancas. Cine de verano, cine de invierno.
Y nadie preguntando a ese hombre por su vida, todas y todos pidiendo, llorando, reclamando. Por las vacaciones, por las tareas, en bajo y a todo volumen. No sabiendo si tenía madre o padre, hijos o hijas, si había comido o no algo. Todo el mundo solicitándole, de par en par, y tratándole como si fuese el último en enterarse de las cosas. Él, debiendo y sabiendo hacerse el tonto, por desgracia… o por suerte para los demás.
Lo difícil que era mandar con tanta exigencia y dramas de cara larga, personas; y sin abuela. O con las tres muertes de su padre.
Aquel día 11, de septiembre, él le había dicho: “Cuando des un paso al frente mañana, estaré a tu lado en el altar”. Sí, el 11S.
Desde entonces, cada año como que se casaba con ella en tal fecha. Con la pequeña señorita sin nombre. Una muñeca con lágrimas, lágrimas que se llevó a su casa aquel día de autos, sonando en su vientre vacío el mar. Y hacía como que le apretaba el dedo corazón.
El día que murió le fue como cualquier otro, solo que más corto. La otra vida no existía, la aprendió cuando murieron sus padres. Y el día que ella murió, murieron todas las flores. Así quiso aceptarlo, por ella. Solo y a solas.
Ahora bien, harto de que volviese el calor a madurarlo todo, entrecerrando los párpados como quien canturreaba a solas y revelase su no perdida juventud, para vivir entre restos de personas muertas prefirió casarse de veras y tener dos miradas, dos universos.
Su otrora mujer se lo permitía, ferozmente femenina. Pura, para que no le pudriese el asco. Una mujer de esas que a los veintiún años ya tuvo novio formal, aunque luego le salió rana el tipo.
Pero sí, extraña manera de estar viva, la una y la otra. Él de por medio, tanto en el asfalto incandescente como en la capilla donde la rezaba bajo un sol vertical, cenital, apoyado en la vidriera, de rodillas, rendido de cansancio al rememorarse la fecha. Y le resucitaba sus cabellos hasta que escondido en la noche su esposa de piel, con paz y reposo, sin el más crudo estruendo ni hermoso silencio lo concebía y ya no sufrían esa tremenda soledad de cuerpo completo y vientre vacío. También tendría un hijo. Otro niño de esos que jamás llegaría a poner los pies en la tierra. Pero ellos llegarían a ser tan viejos como uno, se querían, y no solo en el descarado sexo, ella réplica suya mejorada. Una mujer que sobornaría al Diablo para ir al infierno, que le quería, y que vencía al destino emponzoñada en eso de los tumores del lacito rosa.
Solo el amor era capaz de detener al hombre en su caída. Y pocas mujeres sabrían hacer y estar en esa naturaleza sublimada del recuerdo más infame. Extraña mezcla, sin ningún orden ni propósito aparente, solo amarse, tenerse. Cuidarse y respetarse, por siempre jamás. Él y las hermanas.
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