Lo difícil que le era trabajar y estar con tanta gente, y tan diversa. No había nada más urgente en su vida. Una especie de dolor crónico, de falta de solución. Siempre críticas y resultados. Aunque las cosas había que saber hacerlas para saber mandarlas, como decían las abuelas.
Aun así, ella le hablaba con palabras y él la miraba con sentimientos. Y no, no era extranjera, si bien, podría pasar por eso, llena de vida callada. Una que limpiaba, que hacía su trabajo, que no protestaba ni se asomaba a las ventanas perdiéndose.
De esas en cuyo vientre vacío sonaba el mar, y que necesitaban que le apretase de nuevo el dedo corazón, la pequeña señorita sin nombre, no pudiendo dormir del todo los años.
Mujeres y hombres; ni negras ni blancas. Cine de verano, cine de invierno.
Y nadie preguntando a ese hombre por su vida, todas y todos pidiendo, llorando, reclamando. Por las vacaciones, por las tareas, en bajo y a todo volumen. No sabiendo si tenía madre o padre, hijos o hijas, si había comido o no algo. Todo el mundo solicitándole, de par en par, y tratándole como si fuese el último en enterarse de las cosas. Él, debiendo y sabiendo hacerse el tonto, por desgracia… o por suerte para los demás.
Lo difícil que era mandar con tanta exigencia y dramas de cara larga, personas; y sin abuela. O con las tres muertes de su padre.

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