La vida a ras de suelo pasaba de ser imperfecta a implacable. Ella fue el único testigo de todos sus crímenes. Demasiado ángel para el cielo.
Los muertos seguían siendo los únicos que veían el final de la guerra. El sistema se reorganizaba y creaba nuevos líderes sí o sí.
Para algunas personas, si la presión aumentaba en casa se calmaba en la calle. Como ese hombre acaudalado y su suntuosa mansión, quien cada vez que discutía fingía tener respeto, el mismo al que le encantaba divisar la trayectoria de los cuerpos desde el torreón, exponente y referencia permanente de valores que inspiraban a la sociedad, según decía el marquesado que le concedieron. Demasiado hijo de puta como para arder.
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