La mujer con atuendo varonil simulaba ser un hombre. La otra se aventuraba perdiéndose, contando sus penas al primero que pasaba. Que una mujer tuviera sexo fuera del matrimonio era una vergüenza para la familia.
En aquellos tiempos a la mujer se le educaba para ser buena madre y esposa. Y sobre lo que no se podía cambiar, se recurría a la brujería, a la trampa o al engaño que eran malas y buenas artes.
Pero a diferencia de los hombres tenían que ser discretas, tal que ellos fueran guardianes de la virtud. Y había velas, que no el atisbo de las linternas. Velas con el beneplácito de una autoridad superior.
No importaba ponerse en peligro si con ello el matrimonio se enderezaba, que también.
Ana jamás tuvo una habitación propia, ni cocina. Una buena cena era importante para una buena charla, y para pensar, amar y dormir bien. Otra cualidad imponderable era no tener prisa.
El problema es que cuando llegaban a casa, la una y la otra, no tenían ninguna certeza que exponer. Todo les era sobrevivir, en particular entre las clases altas de caballeros. Seguían siendo excepción las mujeres de clase alta o media que elegían a sus maridos.
Si bien, ellas sacaban un rato para verse y, a las interrupciones y ruidos habituales, se sumaban los problemas de salud y la necesidad de ganarse la vida, pero se querían, pavimentando el camino y domando el salvajismo natural de la época, culpables de todo. Igualito que en el siglo XVI.
Nadie elegía su propio destino, ni donde descansaban las flores. El desasosiego de nuestro tiempo los hacía caminar como gatos sigilosos hasta donde el techo de los árboles, en plena naturaleza.
Ahora bien, lo más importante en cualquier decisión siempre era ceñirse al plan. Para otros, en cambio, nunca volver atrás.
Con un cierto sentido de expiación esto último intentó él. Como persona insistía en el viejo vínculo entre las palabras y las cosas en ese duelo dialéctico y emocional habiéndose tomado el matrimonio unos días para descansar, por aquello de la Semana Santa.
No obstante, la singladura de sórdidos recuerdos no les abandonó. “Te voy a hacer daño como nadie te lo ha hecho jamás” recordó haberle oído él a ella. Una mujer que sabía que los hombres débiles eran los que en verdad hacían daño. Quizás, por eso, fue ella quien mató a sangre fría y dejó el cadáver en el sótano. Un territorio de muda expresión donde la incertidumbre omnipresente subyacía a base de varias cámaras frigoríficas, repletas de vidas que les rozaron por un breve tiempo.
“Los que somos así no podemos disfrutar del mundo” se justificaba ella, guapísima, añadiéndole “no hay que mezclar el corazón en esto”.
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