Avelino, de esas veces en las que esperaba una noticia, cuando llegaba, no siempre la quería. Tan pronto, tan tarde, como que necesitaba unos prismáticos de cerca como que era un gran infeliz y dejaba pasar el tiempo en el patio de los vecinos o con cualquier otro tema.
Así era él, alguien capaz de criar su propio miedo cuando estaba detrás de la verdad. Quizás, por haber sido hijo de la resistencia, de aquellos padres que debieron ganarse todo a pulso, teniendo de niño como capricho las memorias de un tambor y poco más en tiempos donde había quienes hacían de viajeros por el espacio abierto, turistas, cuyo dinero nunca dormía.
Avelino no tenía memoria de pez, ni tonterías, sino todo lo contrario. Y sabía de la ciencia de animales para niños, tuviera o no.
Solo que un día, más bien una tarde, harto de esperar semanas y meses, cambiado ya el año, de improviso recibió el aviso de una noticia. Para colmo, acababa de entrar la primavera abruptamente tras casi un mes de marzo lluvioso, ventoso e invernal.
Cierto es, que con el tiempo los recuerdos siempre eran buenos, no obstante, en la vida de algunas personas, al igual que en los juzgados, había un reglamento para todo, y el silencio venía a serles lo mejor cuando no se sabía o no gustaba lo que había que decir. Y ese, que se quedó viudo con cuarenta años, sabía perfectamente que lo difícil de la vida era estar a la altura de lo que se debería ser y compartir el dolor de alguien.
Salió a tomar un poco el aire lo justo, en tanto en cuanto los afectos podían menguar por alejamiento, desgaste o por indiferencia, y cuando regresó a su barrio (podía irse del barrio, pero el barrio nunca se iba de él) tuvo esas imágenes que ensuciaban los ojos, y otras que los limpiaban. Imágenes bellas, hermosas, y otras que le enrojecieron e irritaron. Con ella aprendió a vestirse, a fumar, a andar, superada la frontera de la edad en la que era más difícil hacer amigos.
Y agradeció que se acordase de este, de que quisiera verlo. Directa. Tal y como siempre fue, elegantemente suya, interesada y no sabiendo si coqueteando o Dios sabe qué. Justo, la misma sensación que cuando esperó la valoración formal de uno de sus trabajos, tras muchos años. Lo mismito que cuando su madre, en la residencia, esperó la llegada de su hora, viéndola cesar. Miedo a la suerte por tener y por no tener. Amigos, familia, vida.
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