La mujer con atuendo varonil simulaba ser un hombre. La otra se aventuraba perdiéndose, contando sus penas al primero que pasaba. Que una mujer tuviera sexo fuera del matrimonio era una vergüenza para la familia.
En aquellos tiempos a la mujer se le educaba para ser buena madre y esposa. Y sobre lo que no se podía cambiar, se recurría a la brujería, a la trampa o al engaño que eran malas y buenas artes.
Pero a diferencia de los hombres tenían que ser discretas, tal que ellos fueran guardianes de la virtud. Y había velas, que no el atisbo de las linternas. Velas con el beneplácito de una autoridad superior.
No importaba ponerse en peligro si con ello el matrimonio se enderezaba, que también.
Ana jamás tuvo una habitación propia, ni cocina. Una buena cena era importante para una buena charla, y para pensar, amar y dormir bien. Otra cualidad imponderable era no tener prisa.
El problema es que cuando llegaban a casa, la una y la otra, no tenían ninguna certeza que exponer. Todo les era sobrevivir, en particular entre las clases altas de caballeros. Seguían siendo excepción las mujeres de clase alta o media que elegían a sus maridos.
Si bien, ellas sacaban un rato para verse y, a las interrupciones y ruidos habituales, se sumaban los problemas de salud y la necesidad de ganarse la vida, pero se querían, pavimentando el camino y domando el salvajismo natural de la época, culpables de todo. Igualito que en el siglo XVI.
Las paredes llenas de recuerdos. Recuerdos cruzados tanto como los rayos de sol ausentes y presentes. El maldito tiovivo por ahí. O el sucio pañuelo, sucio y ajado, triste y loco pañuelo, tu pañuelo preferido. Más las sillas del salón, en mesa de cuatro, junto al viejo reloj de arena que tanto nos gustaba mirar.
Otra noche para descontar cuentas y cuentos. Solo nos queda el de La ratita presumida. Ya hemos leído todos mil y una veces… tal y como os prometí Princesas.
Contaban los más ancianos que fue de un día para otro, si bien, todo tenía su escala en el tiempo. Aunque no les faltaba razón.
Primero, que si la tecnología; luego, que si los políticos; tercero, que si los jóvenes habían perdido el interés y así una tras otra… hasta llegar a perderlo prácticamente todo. Ni la mismísima Administración Pública fue capaz de mantener el tipo. Y para colmo los animalistas.
Todo, absolutamente todo, se quedó detenido en ese lugar. Las estaciones, las hojas, el crecer de los árboles, los coches, la electricidad. Todo, menos Carol. La simplona y cruel Carol, más el eco de sus palabras resonando (mamá, mamá), quien prefirió seguir mirando al cielo que acabar allí, a quien únicamente las lágrimas de auténticos sentimientos la liberarían de su propia armadura.
Se podía ver de todo. Desde una señora sentada a los pies de una mesa con las gafas de sol puestas, como el fieltro de una antigua mesa de billar salpicado de quemaduras de cigarrillo, o el desangelado mar por el aire viciado, apestoso, pleno de cerveza y algo más que sudor corporal. Perfumes de equivalencia, que también.
No se atrevió a acercársele. Ya bastante vivieron juntos. Se ubicó en un pequeño espacio despejado que había junto a la barra, teniendo justo delante a una que se mecía suavemente adelante y atrás, cuando por el fondo otras tantas se sacudían la cabeza tras haberse quedado con la boca abierta.
Ella no. Siempre lo conoció muy bien, demasiado bien. Peor de lo que se esperaba.
–Nunca se llega a conocer de verdad a las personas -le espetó otra, afectada, evitando mirarla a los ojos.
Ni remotamente sospechosa, pero como todas, le asintió con la cabeza teniendo una porción de pastel en la lengua.
Y todas permanecieron juntas en tal lecho, más de una con las mejillas encendidas. Que había quienes portaban a niños pequeños en brazos.
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