Es casi un dios quien teniendo razón sabe callarse, si bien, ¿cómo vivir en un mundo regulado, una cárcel de tinieblas?
Habría que rodearse de ganadores para que las victorias no sonasen como que se estaba presumiendo, y eso hizo el escritor, en la tierra y en el cielo.
La Francotiradora de su Tía no es un título porque sí. La narrativa ilustrada siempre llamó la atención. Sus textos dicen lo que dicen: hablan de los días y los trabajos. De las verdades, de las falsedades. De lo que se tiene, de lo que nos falta.
Un libro que no es un libro, sino una joya. Algo exclusivo, atemporal. Limitado.
Tal proyecto no deja de ser un relato social didáctico, completamente ilustrado (como podrán comprobar). Y, de esas cosas que las veces suceden, se encandila con envidia subliminada, sirviéndonos para comprender el mundo complejo en el que vivimos en un constante aprendizaje.
Como bien es sabido, a buen juez, mejor testigo. Las psicologías de los colores que se muestran son latentes, porque regenerar el destino es otro placer añadido en tal arte, combinando bellezas y fulgores, esperanzas y sólidas evidencias de riquezas, que todo se precisa. Sin extremismos y sin demagogias.
Es un libro ideal para tener, para regalar, casi mejor que un puñado de caramelos, que los sonidos de ausencias o los castigos sin venganzas que no premian nada. Se ideó para esas fechas navideñas de fin de año, por ejemplo, como detalle o gesto de empresa o familiar, y, por cuando hay que saber distinguirse, personal y empresarialmente.
El libro como tal está concebido con papel de calidad y excepcional color y tapas duras al objeto de mostrar la clarividencia de la obra explorando los sentimientos lúcidos ilustrados en un viaje al destino compartido.
Toda una declaración de principios en formato bolsillo, abierto a todos los públicos, pues su tiempo es el de todos. De esas inversiones que mejoran la cuenta de resultados, presentes y futuros. De esas cosas que siempre quedan bien. Que no estorban, que suman. Que crean y rehacen momentos, vidas.
El propio autor ha hecho la edición, limitada y exclusiva, por responsabilidad social corporativa. Un sencillo libro, cual experiencia vital, también tiene el poder de cambiar las vidas, estableciendo sinergias con muchos colectivos, en un mapa colaborativo por la igualdad referenciando de mejor modo las singularidades y toda esa pluralidad social, en absoluto demonizándolas.
El mejor recuerdo, regalo, para los que están, y para los que se nos fueron. Tesoros, alhajas, perlas, maravillas. Propio y representativo. Único. Hechos y sentimientos que no se mercadean.
Cuando el teléfono estaba atado a un cable los humanos eran libres. Por entonces, los perros también simplificaban mucho los comportamientos. De eso trata La Francotiradora de su Tía.
De los juzgados de lo social. De la moneda de cambio de los días y los trabajos. De que cuando uno pide que llueva debe de aguantarse con el barro. Y de que hay mentiras que salvan a todas las partes.
El autor necesitaba esa clarividencia, pues a veces uno no sabe cómo está hasta que no toma un poco de distancia. Y eso hizo, un libro tal que alguien con quien envejecer.
La obra estuvo durante varios años en el dique seco, no obstante, habiendo gente en el cielo a la que poner orgullosa decidió editarla en solitario. Probar toda esa pena alegre. Y así fue, porque las mujeres todas las guerras las perdían dos veces, si bien, quedó satisfecho. La Francotiradora de su Tía le gustaba para hacerle poemas, café y el amor, tanto como para tener un detalle precioso con alguien sin necesidad de enfrentarlo a su propia brújula moral.
Juegos de la edad tardía, eso de ponerle colores y formas a las letras. Sí, otra forma de llorar de noche.
Entró en el ascensor y pulsó el botón de su piso. Después, dos más. Las puertas se cerraron y, despacio, casi que como en un sueño, adormilados, empezó a moverse lentamente.
Ella lo miró sin comprender, y entonces se dio cuenta de que tenía el auricular pegado en la oreja. Cumplía estrictas órdenes, o se las estaba saltando.
Jamás volvieron a ver a su hijo. Y la niña se crio pensando que era hija única.
Tiempo después, ya en la senectud de sus padres, hiló todo y le pareció maravilloso y valiente como su madre deshojó la margarita día tras día. La señora March, siempre llorando en silencio. De su padre tampoco recordaba nada, ni que algún día hubiese ido a recogerla al parvulario.
El único problema es que necesitaba más mentiras. Saber que fue su tía no era como para volver a quedar y tomarse una limonada o leche con galletas como si todo, como si nada, como si nadie.
A cada época y cultura,
le salvaban un puñado de hombres.
Érase una vez un escritor, que poseía una visión tan penetrante que le permitía ver a través de las vidas, los días y los trabajos. No se trataba de un símbolo de la biodiversidad ibérica, sino también de que la conservación efectiva era posible. Se podía trabajar, se podía escribir y se podía ser independiente. Y no por ello se carecía de alma. Como si todo, como si nada, como si nadie iba en busca de cariño e identidad. De esperanza de vida en libertad, como todo animal.
Escribía sabiendo atesorar los ojos que eran reflejo y las risas que hacían hogar. Sus obras no eran fruto de la suerte: lo que estaba dispuesto a hacer de más era lo que marcaba la diferencia, teniendo el odio mejor marketing que la bondad. En sus letras separaba las personas del argumento con la mayor serenidad posible, siendo consustancial a sus días, fragmentos que dormían como un animal sin vida esperando ser vistos y leídos.
Entre tanto perdía la inocencia y descubría la soledad, la autoridad y la vida adulta. Y como cualquier otro animal, llegaría un día en el que ya no conocería a sus cachorros, y no se llevaría mayores desengaños con tales obras. Sería entonces cuando hubiera logrado la esperanza de vida en libertad, suya y de otros.
En las películas se cuidaban mucho de sacar a alguien fumando. Ella lo hacía con y sin gracia, capaz de prender fuego a todo. Mujer de seis pasos para verla entera y no solo por partes de lo guapa y estilosa que era, ella y su atractivo.
Por mujer sabía ser creíble, tener personalidad y por lo demás, también bien. Sabía moverse en muchos terrenos, en casa y trabajando. El apocalipsis se detendría ante ella, si fuera el caso, dando un tiempo al fin del mundo.
Estaba jubilada, y eso que solía trabajar como directora de hotel. Mujer que sabía mirar a lo tonto, estar al margen, y no solo vivir de espectadora de los demás. Cuidaba de cinco nietos.
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