Las paredes llenas de recuerdos. Recuerdos cruzados tanto como los rayos de sol ausentes y presentes. El maldito tiovivo por ahí. O el sucio pañuelo, sucio y ajado, triste y loco pañuelo, tu pañuelo preferido. Más las sillas del salón, en mesa de cuatro, junto al viejo reloj de arena que tanto nos gustaba mirar.
Otra noche para descontar cuentas y cuentos. Solo nos queda el de La ratita presumida. Ya hemos leído todos mil y una veces… tal y como os prometí Princesas.

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