A la mañana siguiente le dio un beso de despedida en la boca. Cambió las sábanas, puso la lavadora y no tuvo ninguna necesidad de contárselo a nadie. Ya ni se quedaba mirando cómo daba vueltas el tambor y la espuma. Dejaba que las cosas sucedieran sin más, como si nada tuviera importancia para ella.
Era una de tantas personas capaces de poner los ojos en blanco o de hacer un ruido como si se estuviese ahogando cuando le apretaban las caderas, entrecortándole la respiración, como si fuese lo más natural del mundo, húmeda y sonrosada, invadiéndole una agradable tristeza que le ponía al borde de las lágrimas sin preocuparle lo que la gente pensara.
Seguía volviendo a casa los fines de semana para ayudar a su padre con la gasolinera los sábados por la tarde y la mañana de los domingos, donde nadie dejaba toallas tiradas en el sofá ni nada de platos sucios en el fregadero. Su madre mascullando, encantada, aunque hubiera deseado otra vida para su hija, que ya rondaba los treinta y cinco. Solo de pensarlo se le marcaban más si cabe las ojeras y los labios pálidos y algo cortados, de la última vez que hablaron sin torcer la expresión, madre e hija.
PEBELTOR
Después de la fiesta de la anterior noche, empezó a contarle lo de su familia. Él no supo cómo reaccionar. Empezó a decirle que la quería. Fue sin más, algo instintivo, como cuando se retiraba la mano al notar que algo te quema. Ella lloró, se puso a llorar mucho.
No fue la primera vez que sintió el impulso de decirle que la quería. Todo, con diecinueve años menos y quince kilos de más.
A la mañana siguiente se despertaron con el ruido de las llaves de su mujer; debieron de quedarse dormidos sin querer. Su mujer entraba con dos bolsas de plástico del supermercado. Y la otra con el vestido de tirantes de la noche anterior colgado en el aseo de la abuela.
La tela no dejaba pasar su respiración, le picaba la piel, la cara, todo. Era como si su vida hubiese acabado. Todo sucedió rapidísimo. Y luego desapareció y un breve capítulo de su vida se cerró, y ella había sobrevivido; se acabó.
Seguía cabreado; si bien, lo más importante es que seguían estando juntos. Sin nada, solos; el puto fuego los dejó así, mirando fijamente a una lámpara de un techo prestado, y las piernas desnudas estiradas sobre la colcha, prolongando ese intenso silencio.
Eso era amor: recostarse sin decir nada, acariciarle el cabello, darle un beso, saber de su silencio, ser su refugio, abrazarlo después de hacerle el amor.
Él cerró con fuerza los párpados y se tocó la frente; después le colocó el mechón de pelo detrás de la oreja. Ella tragó saliva, rozando su piel con los labios.
Curiosas las decisiones que tomamos porque nos gusta alguien y que hacen que nuestra vida sea completamente distinta. Y que siempre se esté en esa edad rara en la que la vida puede cambiar muchísimo en función de pequeñas decisiones. O cuando el coche está demasiado silencioso y no se soporta la idea de poner la radio. Parecido a ir a la cómoda, coger ropa interior limpia y empezar a vestirse mientras la otra persona te mira.
Las personas pueden transformarse de verdad unas a otras, sí; ellos siguieron cogidos de la mano bajo la colcha, incluso después de haberse quedado dormidos.
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