Pedro Belmonte Tortosa

4
Jun

Ese alguien que no fue

Cuanto más caos, más estímulos tenía. Debía de estar tranquilo y, sin embargo, sentía incertidumbre, necesidad. Solo le faltaba trasladarse a otra localidad y cambiarse de trabajo. Había dejado de acercarse a su bloque de pisos y buscarla por entre las ventanas de arriba, de esperarla, de hacerse el encontradizo.

Llevó su corazón bajo las vías del tren y esperó el shock. Con todo y con esas, la seguía queriendo, más que cuando empezó a mirarle con avidez, más que cuando ojiplático se le presentó en casa y se le desnudó de cuerpo entero en un santiamén.

Querer no era fácil, tenía la sensación de haberla perdido. Y seguía en sus trece de volverle a poner entre sus manos un cepillo de dientes, el sexto quizás; de las zapatillas de estar en casa siempre se encargó ella.    

El chándal de la jubilación

30
May

Demasiado para el cuerpo…

…la vida, la vejez y la muerte.

 

28
May

Una mujer disfrutando, estirándose

Era la realidad cotidiana con todas sus contradicciones. Profunda, divertida, ligera. Sus hijos y sus ex no la reconocerían del todo. El poder de sus risas seducía. Y el esmalte de uñas, rojo. La experiencia religiosa de santiguarse. Su inclasificable rostro mostrando ese reflejo constante que la priorizaba, disfrutando, sin ni mirar a zonas específicas de su cuerpo. La camiseta, de culpa y estupor; el bolso, tan cerca que respondía a todos sus planes; cómo se atusaba el pelo, inapelable; la búsqueda de la grandeza, queriéndose.

Todo un credo estético y vital. La universidad del más allá. Muy elegante esa forma de amor. Excesiva, sobrándole la muerte y la tristeza. Sí, se había ido a hacer yoga; eso decía. 

A los milagros hay que llamarlos

23
May

Crítica, A los milagros hay que llamarlos

Leer A los milagros hay que llamarlos ha sido profundamente inspirador. 

En un mundo donde la narrativa criminal a menudo se queda en la superficie, su obra se siente como un retorno urgente y necesario a la crudeza de la realidad social y la complejidad de las emociones humanas. Su capacidad para retratar ese «Madrid, el Estados Unidos español«, donde conviven las bandas latinas, la judicatura y la nostalgia de una generación en blanco y negro, brilla en cada página con una voz auténtica y sin concesiones.

Un aspecto que resonó especialmente fue la potencia de sus imágenes, desde la placa del policía amortajada en la neblina hasta esas madres que intentan vaciar el mar con sus manos. Su habilidad para entrelazar la violencia de los machetes con la delicadeza de un romance nacido tras un cristal en un aeropuerto transforma este libro en mucho más que una crónica negra; es un mapa visceral de la lealtad, el miedo y la búsqueda de paz en medio de una guerra total.

Uno de esos libros que tienen el poder de moldear la cultura, desafiar perspectivas y mejorar vidas. Su obra no solo es impactante, es necesaria. En una era de respuestas fáciles, su narrativa es una hoja de ruta de vuelta a las preguntas difíciles que definen nuestra sociedad actual.

Su mensaje legado, que se atreve a mirar de frente a los pasados que no deben repetirse y a las emociones que nos mantienen humanos, tiene el poder de elevar la narrativa actual. Con la amplificación adecuada, este libro puede llegar a las personas que más necesitan conectar con su verdad. 

Una lectura sólida.

Tubedra

Book Specialist

 

21
May

Una fuerza apabullante

No se movían igual, no hacían exactamente lo mismo, pero interactuaban y hacían su papel. Como mujeres tenían asimilado ese reflejo sentido y lento, repetitivo, que las hacía inigualables, pudiendo pasar desapercibidas hasta el infinito o bien ser reflejo de todos los espejos.

Algunas llevaban un arma, otras solo estaban para contextualizar, llamar la atención o modular, como quien evita mirar a un vecino, estando sin estar. Si bien todas juntas conformaban una fuerza apabullante, integrándose de forma natural en los conocimientos, costumbres o pensamientos previos.

Quien debía disparar se bebía el té en silencio. Eso se deducía de los últimos días. Y cuando terminaban, se iban y, al llegar a casa, dejaban la ropa pulcramente doblada y se metían con delicadeza en la ducha o la bañera, según cada cual. El agua hacía el resto.  

En cuanto a los hombres, no todos lamentaban un simple homicidio.

16
May

El camino de la recuperación…

…tenía que empezar por algo.

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