Otros, que las veían, sabían de lo bonito. Por cómo eran capaces de tejer y por cómo miraban sin ruido, siempre con mucho trabajo detrás. Pero también formaban parte de ese mundo anónimo, con sigilo, ese que era de otra forma.
Personas que no se atrevían a mostrarse como realmente eran. Y así se enfrentaban a la vida, haciéndose las preguntas y llorando cada cual a su manera. Solos, por acompañados/as, si acaso, en la nación de los extraños. Un idioma siempre al borde de la extinción: querer, querer querer, querer quererse.
La dulce existencia y otras formas de volver a casa, de tener casa propia. De poder andar de veras desnuda por ella, confiada a la otra persona. Esa cierta idea de mundo que todos ansiaban, no sabiendo ni cómo ni cuándo, o no atreviéndose y los ojos en el silencio deseando frente al olvido.
De lejos no se distinguía si esa mujer era así o en verdad disimulaba. De cerca, estaba claro que intentaba salir del apego amoroso y también desconectar del trabajo.
Era víctima de sí misma y de los adolescentes que crecían sin reglas algunas. Porque se sentía más mayor, pero menos vieja. Más fuerte, aunque en la vida siempre había algo que perderse para poder disfrutar de algo. Y ese algo apenas le permitía la fragilidad del gesto.
El lápiz de las memorias le era leer y estar ocupada mientras iba de un sitio a otro. Amaba y fustigaba a partes iguales; era su oficio. Todo, en una sociedad enferma de muchas cosas, entre otras, de frustración, ganándose la vida asesorando sobre el orden correcto de las cosas.
Ayudaba a los padres a cómo manejarse con la nada; y a los hijos les enseñaba a dialogar y a evitar el vértigo que daba el ser un incomprendido a ciertas edades. Siempre era la impaciencia por ganar lo que les hacía perder a unos y a otros, padres e hijos. Esa intervenía en problemas reales de la sociedad, trabajando la edad experimental de quienes se hacían mayores y no querían, y quienes, no siéndolo, se lo creían a toda costa.
Un trabajo bien pagado, pero mal remunerado. Casi todos los días los pasaba sola, yendo de un sitio a otro y escuchando problemas por doquier; nadie decía quejarse, si bien todos le reclamaban atención. Se había abierto un abismo de rencor e incomprensión sin precedentes. Las personas se ponían inaguantables los unos con los otros, sencillamente porque les habían educado para un mundo que ya no existía, el cual acogía más desgracias de las que salían en los periódicos, faltando los silencios como vínculo familiar. Los verdaderos silencios.
A los milagros hay que llamarlos
Él no debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido o perdería la pureza de sus principios.
El ámbito de la casa era amplio y luminoso. La única relación extraña la hablaron en su día, quedándose ambos con una sonrisa maligna.
No parecía la misma desde entonces. Y no había escapatoria, ella era quien tenía la sartén por el mango de la relación. Su hermana, la insufrible, corrompiendo lo indecible.
Desde entonces tuvo la memoria con tal nitidez que no había noche que no se desvistiera. Le cambiaba el color de los ojos al llegar el momento. Se desparramaba callada hasta un poco antes de la hora de los desayunos, paseándose y enroscándose la joven desde sus mismísimos tobillos bien temperados.
Aquel fin de año siempre le pesaría a él. La falta de sosiego había acabado con el rigor de sus días. Las Hermanas Adoratrices se habían empeñado en hacérselo pasar mal día sí, día también. Y él siempre había entendido que morirse de amor no era más que una licencia poética, pero lo peor no era que no llevasen ropa, ni la una ni la otra. Encima, en el hospital psiquiátrico.
Jamás imaginó que una niña dormida pudiera serle tan miserable, causándole semejante estrago. La que se volvió de lágrima fácil. La que hacía de médico no, muy profesional, cerca de su última vejez; guapísima su esposa.
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