Las acciones de los hombres son las mejores intérpretes de sus pensamientos, lo acuñó James Joyce, supongo que, justificando la ordinariez y el egoísmo, por cuando alcanzan la verdadera grandeza. Con ellas no lo hablo, callo, miro.
“Es el precio a pagar por colocarse de frente ante las puertas de las historias”, me dijo sobria, de novios. Desde entonces siempre he sabido estar callado. Y las niñas, que no extrañan; quiero retratarlas antes de que sean adolescentes. “Cuando dictó la sentencia le perjuró que la mataría”, me lo dijo su pasante, otra indiscutible Ulises.
Tiene mérito amenazar estando muerto, no aprenden.
La soledad de las ciudades tiene su aquel. Ese sonido de los coches fugazmente, de las motocicletas. Ruidos de electricidad también. Cánceres.
Pertenecer a esa transparencia del tiempo gusta a muchos. Habitantes, un aeropuerto internacional, universidad. Dar grandes rodeos, migrantes. Poder subirse a una moto de agua sin mar ni pantanos o lagos e incluso tocar un piano con solo meterte en un escaparate del centro comercial. Mucha gente. Plásticos. Cartones. Teléfonos. En compañía de animales o maridos, mujeres, que admiran todo lo bonito, sea o no. Y ese extraño gen que todo lo puede, sí, que no es ni una enfermedad rara, por todos lados.
Pero un día caminé seiscientos treinta kilómetros por un desierto. Tenía dinero ahorrado. Retroalimenté eso. El dinero me lo escondí en el calzoncillo. Un dos de octubre. La policía siempre me detenía. Acabé sin el coche, que no era mío. Y como que me quedé allí medio año.
Tres años después he vuelto a salvar mi vida. Con esos besos que di, de otro creer. “Si no me quieren que se mueran, cada uno tiene lo que busca”, recuerdo que me traje además del mucho calor de esa frontera. Había buenos médicos, y cariño. Por la noche dormí en una obra, por decirlo de algún modo. Había gente necesitaba, sentí vergüenza de que priorizaran el color de mi piel, o el pasaporte europeo. Sigo soñando sus formas, los había que llevaban siete meses pidiendo en la calle, tras años demostrando que podían llegar. Tuve hasta suerte, conocí uno de esos bosques. Un hermano mayor, de esos icónicos, me recibió. Era como una estrella internacional, uno de los que manejaban el cotarro. Sonreía y comía sardinas de lata a la par; llevaba el cabello como los espaguetis y una bala colgada en el pecho, adornándolo. Era él quien decía el que subía o no a la barca, la lancha o al improvisado bote, una especie de luz que protegía y reclutaba alegre y pavorosamente.
-Quiero ir a Francia, a trabajar como monitor- escuché a uno con mi inglés de aula. No sabía qué era Europa, pero quería llegar, quería, según sus ojos.
Otro le lanzó una piedra. No era del todo bienvenido.
Sentí y siento la pulsión de esos días que compartimos, cual silencio en la nieve que abruma; podía traducir su respiración a decenas de idiomas, y a esa mirada. Nos gustaba ese mismo caramelo. Es lo que observé que buscaban esos ciudadanos del mundo huyendo de los espectros políticos y de personas retrógradas por donde los barcos y los submarinos transitan toda vez que llegan a pie, en coche o líneas de autobuses. No fue la inspiración africana, ni los cambios culturales lo que me llevó allí: fue el dinero, quise saber qué pago.
Desventajas presentes, éxitos futuros. Todos ellos pensaban ser clase media, no carceleros. Lo llevaban tatuado en la piel. Todos con la misma radiografía.
-Aquí la gente que viene la atracamos normalmente, has pagado y te protejo- me insinuó un experimentado en aquel bosque donde por no haber no había ni ratas, de hambre y miseria plena repletas de ilusión y vida.
-Todo el mundo sabe que existo, cuidado- quise poner las cosas en su sitio, dentro de la suerte.
Y por ello no hubo más conflictividades con ellos, sí conmigo, miedo entonces y confusiones ahora. Realmente solo sé mi nombre y aquellos recuerdos de niño, todo lo demás son facturas y el ir de los treinta y uno de diciembre a los eneros. “Pobres no, consumidores sí” es lo que son esos miles de cerebros y un único corazón. Salieron de sus pueblos, y no se han dado cuenta del poder que tienen, ni ellos ni los que les empujan a salir, aquí y allá en los caminos de ida y vuelta… algún dejarán de comprar nuestras deudas y de mantener los tipos artificialmente bajo lo que se dispararán los costes en el otro lado del mundo, su mundo; nuestro mundo.
Si algo une los continentes es esa percepción de la delirante soledad de las ciudades. A todos nos parecían abominables, y todos las necesitábamos. Los de África, los de Oriente Medio y hasta los Europeos y Americanos que pagamos por curiosear. Lejos del combate acuático, los funcionarios a sueldo debían montar un disturbio a la semana, había que recoger fondos:
-Si no hay ruido no hay fondos- decían -se necesita que el entorno influya, ¿quién paga la gasolina?, ¿la comida?, ¿la luz y el agua? ¿la cárcel?, ¿la penicilina y todo esto?
Esa justificación fue mi tránsito de la infancia a la vida adulta, ya pasados los cuarenta.
-Descansa, pásalo bien. Disfruta, cuídate. Esto es así. Todos estamos en esto– me advirtió el pronunciado negro. –Pagar para sentirte bien, y sentirte peor.
Rememorar todo eso hace que me duela el cuerpo al despertarme.
Pude preguntar a cuatrocientas personas, no menos, y todas decían lo mismo: -Europa-, eso fue lo que descubrí, y el síndrome del impostor las veces que pude saltarme esa sentencia y ahondar en sus soledades, pagando siempre.
-Para nosotros solo existe el intento- me asaltó un cuarteto de hombres, hueco, con ruido y confusión.
No pude soportar tanta realidad, y sí, solo en el tiempo se conquista el tiempo. La soledad de las ciudades tiene su aquel. Mucha gente. Estéticas de nadie. Una tierra extraña que habitar, que también se paga. Más sigue sorprendiendo, la capacidad de creer de las personas, su capacidad de crecer, de aprender, y trabajar para superar las adversidades; ni la educación, ni la cultura, ni la investigación son los motores sociales por miles de proyectos y voluntariados que haya. Uno de los que trapicheaban, con orgullo, me dijo:
-Ayer, hoy, mañana y siempre seguiré con esto; es mi trabajo jefe.
No pude responderle a ese contrabandista de personas e ilusiones en su dicha. Y no voy a negar que envejecí con todo ese diccionario de voces de uso actual, todos soñando, aunque algunos engañaban mientras otros eran engañados. Pero sí, sí aprendí algo: yo me puedo quejar porque a pocos kilómetros de mi ciudad una aldea se vaya despoblando, y en otra comarca será otra, para unos la despoblación empezará por unos cientos y para otros por miles o millones, como a esos continentes, no obstante, es lo mismo, aquí y allá, hoy y mañana, la base es la misma, siempre parece ser la misma historia.
No obstante, hay más. Hoy, en la sala de espera del médico de familia he sentido una soledad y tormento aún mayor. En plena ciudad. La gente opina, teme por su pensión, por el empleo de sus hijos y porque el médico les atienda puntual y nadie se les cuele. Y ahora entiendo las balas perdidas. Pobres no, consumidores sí; eso es lo que somos. Mucha gente, porque todo debiera parecerme mentira, y no. La realidad supera a la ficción con creces. He visto más racismo que nunca. Incultura. Y miedo a raudales. Eso no es por culpa del dinero. No siempre es la misma historia. Esos que decían haber estado en Holanda y en Alemania, uno de ellos durmiendo en la calle las primeras dos semanas antes de entrar al campamento, no miran el mismo mundo que yo. Según ellos todo depende del lugar donde se nace, y el que llega se pone a la cola sin dar explicaciones; consecuentemente sobra gente para que ellos puedan tener sus consultas ilimitadas. Cuesta creer que ya no tengan el hábito de ser migrantes, sino sonidos, ruidos, con la memoria deshecha. Yo creía, que en la vida cada idea se sirve de la anterior, y que vamos aprendiendo, evolucionando. No sé qué merecerles. Pusieron a caldo a una ciudadana, de su país, por llevar tatuajes y el pelo tintado de un color llamativo, eso sí, cuando ya había entrado a consulta, no teniéndola delante; delante charlaron distendidos con su padre, que la acompañaba, un carpintero jubilado, bastante dicharachero, que no ofensivo, recién operado de una hernia, muy agradecido por las atenciones médicas de la sanidad pública.
Dan ganas de volver a caminar e irse a ese medio rural degradado dejando la soledad de las ciudades y olvidarse de todo; de mí, del tiempo y de los reinos y los mil motivos.
Y en esta realidad que lo supera todo, ¿de veras que existe ya la cura contra el cáncer tal y como afirmaban esos dos abuelillos en la sala de espera del consultorio y no nos la proporcionan porque no interesa a las farmacéuticas ni a las empresas que se dedican a vivir de las ayudas de acción social y a los mismísimos gobiernos?, ¿tan poco sé de la vida que me toca vivir?
La primera relación es la de madre-hijo, y todas cuantas conozco nacen doliendo y se viven sufriendo. Todos los cuentos hablan de poner un pie en el paraíso cuando tratan a las madres y los hijos. Nadie los considera reclusos, falsificadores, ladrones. Bajo los vientos de Neptuno ya se dedicaban azotes, si bien con un fondo azul, fluyendo, para que no hubiera tiempos de hielo. “Queridos fanáticos”, es lo más duro que he leído al respecto, con el deseo de borrar las huellas del tiempo y del dolor con un toque mágico, siempre cariñosamente, nunca en repudio, como tapando los ojos con la palma de la mano para no contradecir.
Ni con los ojos del amor se aproximan a tratar esa clandestinidad de otro modo. La experiencia… ¿sirve de algo?
Yo no soporto los efervescentes cambios de humor, ni permanecer demasiado tiempo sin usar la magia. Pago a un mago para que nos haga llevarnos bien. Nos fluye tanto la sangre en las venas que no congeniamos. Nunca lo hicimos, ni antaño ni en los tiempos nuevos.
A su favor, que siempre fue así. La mía, que no provengo de una sociedad patriarcal, y que debo contextualizarlo todo debidamente, hasta su raro amor. El efecto, que soy un tipo de la peor calaña según me caracteriza. Por ello, además del mago tengo un hada, de refinadas maneras y bondadosas virtudes. Esa es para mí solo. Hace de contrapeso a ese aquelarre maléfico de no ser lo suficientemente candoroso con ella, ni saber purgarle los momentos malos. En su orden de madre todo me es desconcierto. Si algo sé, es que no me dio caprichos, ni que destacó por sus dotes de empatía y entretenimiento conmigo, siempre fue alguien de cercanías para afuera, habiendo otro más permisivo. Ella echa la culpa a cualquiera que esté por debajo de Dios.
Sin embargo, no veo nada negativo en todo ello. Hago de hijo. Preferí el mago y el hada antes que el bosque de secretos de la residencia de la tercera edad. Su arquitectura racionalista daba pavor. Una vez la visitamos juntos, de día. Por lo menos el mago la ha hecho rubia, un problema menos para la sociedad. Ahora canta villancicos, cuando no da dinero a los timadores. Resulta frívolo, sí, pero es la vida; la vida en general, nuestra. Todo con su nobleza y dignidad. Ella cree hacer lo mejor, y estar por encima de las circunstancias, independientemente de si son buenas o malas. No le cabe el perdón ni el indulto. Es uno quien ha de ponerse de acuerdo con ella, sus ideales y con la cara de arrugas que no le había visto antes ni con las gafas de leer. Ese torrente inexorable de su tiempo la hace así; y la piel del mentón flácida. Se mueve por inercias o por los impulsos más ramplones, viscerales, físicos y primarios. Uno siempre es infinitamente peor que ella. Se lo noto con el miserable rictus de las comisuras de sus labios. Es su verdad, su encanto, su placer y conocimiento.
Lo de que tenga sentimientos encontrados, supongo que no será por la medicación, esa que lleva tomando siempre, desde que tengo uso de razón, aunque me tilde de insensato; su mano derecha. La humanidad entera está medicada. Es parte del negocio integrado verticalmente. Los que no, son esos de la isla de los inmortales, de donde saqué al mago y la hada. Dichoso momento aquel. Hube de hacerlo cuando se negó a abrir el regalo de Navidad. Era su casa, y prometió no volver nunca, estando adentro.
Cada año, para no perder las esperanzas de un reencuentro, coloco el paquete. Sin abrir. Empujado por la curiosidad. No es por reconciliarnos, sino por ese particular sentimiento suyo: siempre ha de llevar razón, como madre. Y finjo que cierro los ojos, por si de veras vienen los Reyes Magos de Oriente.
La mayoría de las casas pequeñas son el resultado de una optimización infinita, como los cuentos, llevados a una eficiencia al extremo. Pero este no es uno de esos. Hay lujo y hay pérdidas. Además de una mirada única sobre algunos de los momentos más relevantes, tan seductores como insufribles… Cualquiera se lo dice. Y mira que echo de menos recoger las hojas con ella, ¡menos mal que está el mago en el porche!, extravagante, brillante y audaz: atento. Él sí que la aguantaba, notaba el extraño sabor a sangre de la herida de su lengua.
Y esa hada algún día llegará, con sus firmes mejillas, la nariz recta y los labios frescos: yo ya le di la bienvenida hace mucho, no tenía más remedio, uno debe aguantar y espolearse en la dificultad de ahogarse: es un dolor agradable. Un imposible, besando esas manos que tapan las caras, cual náufrago se abraza a un madero, destacando sobre el gris plata del mar encenizado y el azul intenso del cielo.
Los muertos están vivos, pensaba alguien. Era Nochevieja, un mar de reojos. Corría el aire por los molinillos de las azoteas. En las calles aguardaba la gente, poca, si bien la suficiente y necesaria como para encubrir el ruido de esos camiones de residuos sólidos urbanos que retiraban la basura de los bien repletos contenedores. Era una recogida más temprana que en otros días, para todos.
De repente se oyeron unos disparos, luego unas ráfagas más directas, así como un estruendo brutal, demoledor. El edificio había saltado por los aires. Un sofá apareció en la mismísima calle, a pie de asfalto, repleto de polvo, escombros y un alarmismo que hacía que la gente corriese inusitadamente. Gritos y voces que unían y disociaban todo.
Por haber, hasta había novias. Tres de ellas en busca de sus esposados, y niños mayores vestiditos de bebés con zambomba y almirez, además de chupetes.
Un segundo estallido también se sucedió repentinamente. El helicóptero que sobrevolaba esas transferencias, colmó bien abajo. Los semáforos parecían serpentinas entre la brumosa niebla y los nubarrones de polvo, con esos destellos de sus leds, tan modernos y luminosos como molestos y señalados por inapropiados. Todo era un ámbar, un colapso. Algunos encorbatados seguían en su espectro, cantarines, como si todo fuese parte del espectáculo por ebrios que estaban. Ellas no. Los jirones de sus vestidos desdecían toda diversión. Había zapatos por doquier, vidrios, telas de servilletas, manteles, piezas de vehículos, el aparataje del helicóptero y una enormidad de elementos urbanísticos hechos añicos en pocos metros.
El local había saltado por los aires en pleno carnaval de invierno. Alguien o cientos morían, el resto sufrían combustiones, alarmas e intranquilidades.
-No sé lo que te traes entre manos, pero sea lo que sea déjalo ya- dijo Garbo a su hijo, remangado de más.
El aire pesaba de más.
James, un criminal de tres al cuarto, apenas pestañeó. -Yo me voy a mi casa- consideró.
-No te comprendo. Solo tenías que hacer entrega del paquete. ¿No confiaste? Si por poco voy a tu entierro- comentó ese padre, al que ni la muerte le iba a impedir hacer su trabajo, de mariachi.
-En Méjico salió bien- se entrometió el topo, limpiándose la solapa de trazas.
-Tú calla. El chico debe sacar su instinto- le reprobó el padre al otro narco.
-¡Pobrecitos!, pendiente de demolición- bromeó el niñito, muy seguro.
Un empleado miró al jefe, solicitando su nuevo orden, manteniendo el torrente sanguíneo en su sitio.
-Pasamos una mala época. Dejemos que se vaya. Sacadlo. Una lástima- digamos que apeló a los genes el intendente para que nadie apretase el gatillo.
-¿Sirve para algo?- puntualizó picajoso el hijo de papá mirando al matón, comprobando la cobertura de su móvil. Y dio las gracias a su suerte -Papá, algún día un nuevo rey llegará.
-Mándale una postal a esa furcia- le regañó el padre. -Fuera. ¡Sacadlo ya!- ordenó a sus secuaces, bien pagados.
-¡Mierda!- protestó el caprichoso niño, obedeciendo.
Un vehículo llegó a custodiarlo, y ella, esa de negro, la madrina, se adelantó cortándole el paso. -Un poco tarde ¿no crees?- para de inmediato desdecirse -Ni los chinos.
-Gracias- contestó educado el señor, no así el hijo, quien fue metido en el coche, de donde salía una ópera de lo más sugerente.
–Bonita vista– se permitió decir ella. -Excelente. Da para una copa- añadió poniéndose a la altura del mandamás en sí misma.
-Era un asesino. No me lo tomo como algo personal- le dijo a la dama, confiando en su silencio.
-Se me ocurren muertes peores- esgrimió ella, la madrina. -Si supieras de lo que soy capaz- observó al poderoso.
-Muy listo no es el niño. Necesita algo más que unos azotes- subrayó el padre, tendiéndole la mano a su decimoséptima esposa.
De entre tanta inmundicia, su elegancia fue la mejor de las esclusas. Dos lugartenientes fueron apartando los obstáculos a los que debieron enfrentarse hasta llegar a uno de esos que expiaba, atrapado por una viga.
–Ya no tengo que cortarte las piernas para que no salgas corriendo y poder abrirte la cabeza– expresó Garbo. -Por fin te has dignado a comparecer de mejor modo, apreciado colega- lo empalideció más si cabe.
-Sí, cobarde- murmuró como pudo el aturdido.
Uno de los suyos presentó sus credenciales. -¿Lo mato señor?
-No. Estamos de fiesta- comentó sin gracia ni emoción, por entre los muchos repentes, sollozos y sirenas que se iban sumando a ese destrozo.
Ella, de las pocas por no decir la única que conservaba los dos tacones, asintió.
–Se llama vida, deberías probarlo. ¿Sigues ahí escarabajo?- le pisó el cuello Garbo, diabólico en todos los sentidos
La súbita apertura de la mano agradó al señor, y a la madrina, quien con regocijo se aferró más a su marido pidiéndole -dame algo a mí cariño.
-En casa- le obvió los azotes de cariño en plena calle a esa dama juvenil.
Nueve ojos de ese, su servicio de seguridad, entendieron el favor, del todo.
-¡Gracias caballeros!- nos vamos. -Se levanta la sesión- pareció ordenar Garbo sin perderla de vista, a la par que pisoteó más si cabe a ese su enemigo como si apagase una colilla concienzudamente.
Ni gemidos pudo emitir el del suelo, esa mano no admitió más espasmos.
Un enorme camión de esos reculó lo más cerca que pudo en un santiamén, dando paso a un sobrevenido eco fragmentado:
-¿Sube señor?, ¿o sigue disfrutando de la velada?
-Va a resultar que la vigilancia total no es mala idea hija- ironizó. -Sí, los muertos están vivos querida esposa, ¿entiendes?
Nazaniel, la madrina, se defendió. -Puede incluso que merezca la pena cariño. Busco jueces entre vosotros y solo encuentro fiscales.
Representando la burguesía más pudiente, él le ayudó a subir:
–Perro no come carne de perro princesa.
-Sí, llegarán más campanadas. Tengamos la fiesta en paz querido Garbo- exigió un poquito más la damisela, sin moral alguna.
El alma oculta de esa ciudad hirviente cedió nuevamente al puro vicio, tiránico. Un gran baile de disfraces.
PEBELTOR
A esos peces de colores no los mandé yo, pero resguardaban más que las venas, distintos pero semejantes.
Tenía el argumento de un judío húngaro en pleno holocausto. La cara abotargada, los ojos grises y la tez pálida con ese crucigrama de los pecados que condenan, siendo en una rara libertad.
-Vamos a casarnos y a tener hijos. Tres- me dijo con su voz fosca, aterciopelada y mágica. Importante.
El tañido de las campanas redoblando sus acertijos enloquecieron más su devenir, y mi duda:
-¿Es lo mejor?- me hice sentir.
-Nos queremos cuando nadie nos ve, ¿te parece poco?- adujo ella.
-¿Y me preguntas a mí?- solté sin serle despectivo, tocándola.
-Yo sueño contigo- me dijeron sus ojos negros.
Vigilé mi destierro, mudo.
-Pues eso. Cásate. Te quiero conmigo- insistió marimandona.
-¿Acaso no te basto así?- pregunté iluso.
-Miénteme y di que sí. Solo un poco- apuró apretándome la mano.
Su cuerpo en mí y esas campanas me dejaron como el hielo seco.
-¡Parece mentira!- insistió. -No iré tras de ti.
La miré. Me miró.
Lo que nunca sabré es si valoré más la comodidad o la verdad, suficiente, mía. Otro ejemplo más de la versión extrema de lo que se ve a diario y da derecho. Gestos, complicidades, confianzas extrañas; realidades y muros apostados, aires que se toman y palabras que se dicen por lo bajito al hombro en las tempestades, mirándose sin decirse nada y rondándose en mil alertas, desengaños incluso. Hechos y sonidos puros como las campanas que tercian, solteras, afinadas, parciales y armónicas, de las que avisan de los fuegos.
Al despertar me escocían los ojos. Ya no me pude detener en esa carita de princesa aria, ni pude ver más esas acuarelas de los peces coloreados. Como que me castigó el cielo, madrugando con el reloj-despertador con su nota. Y sí, nadie en su familia formaba parte de esos grupos, recuerdo que soñé; hasta podría llegar a saber cómo sabía su garganta y esa luz que nos encendía todo. Pero no sé si mi diccionario y sus caricias dieron cabida a que ella era neonazi. ¿Qué impulsos me condujeron a eso?, ¿a robarme el futuro? ¿a cambiar mi suerte?, ¿con la esperanza de qué?…
¿No sé si dejarlo todo al azar y echarme a dormir de nuevo en sus poros? Napoléon decía, que, si ponías a un perro al frente de una manada de leones, los mismos morirían creyendo ser perros.
¿Tan imprudente y canalla soy que quiero perderme tanto en otro amor, cualquiera?… ¿O es un consejo de vidas para que no me pase lo mismo?, ¿qué son los sueños?, ¿importan?
¿Vendrá otro amor? ¿tanto quema esa lluvia fría?… ¿dónde buscar sin faltar? Intentar la locura, quizás.
Si hoy fuese el último día, y lo supiésemos, ¿te atreverías a llamar al timbre con un regalito a ese extraño vecino/amigo/querido que tanto da por c…? ¿Superarías las ganas?, ¿lo irrefrenable?…
No se necesita mucho: un poco de cartón, unos garabatos, el cielo prometido.
Felicidades si tienes la chispa. A veces sobran milagros.
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