Las primaveras y las repentinas vueltas al invierno tienen eso, escasas propuestas económicas en los broncos cruces de reproches; pero sí, el amor es estadísticamente imposible.
Con quince hermanos, vincularse a ese mirador de los ruidos blancos, necesidad o no, la hizo descendiente sin culpa. Fueron ellas, todas las mujeres, las que en su imperialismo le obligaron a usar tirantes para corregir su postura, de los más contundentes y extraños; ni la dominación cultural más flexible, más eficaz y menos costosa.
Se enamoró de su hermano, gemelo, incesto que confesó al no tener otro perfume de amor. Fue expulsada, no de una, sino de varias casas y escuelas, incluso las que tenían formación religiosa.
Aprendió a tocar la guitarra, y a falta de gracia, virtud o engaño la vendió, con la anuencia y el beneplácito de habérsela robado a su profesor, otro galán, de los más guapos y varoniles, como todos, que la dejó preñada en una de las casas de huéspedes donde estuvo trabajando de interna.
Sonámbula, jamás nadie le puso una bandeja de agua a los pies de la cama. Sí, no hay nada más engañoso que un hecho evidente.
No obstante, en la dura vida moderna, mirando sin terminar de verlo todo y conteniendo sus propias carnes, dio solución a los problemas de su ayer, su hoy. ¡Ni los tonos pastel para estrenar la primavera, mimetizándose, o los instantes del universo cuales oportunidades, salvándole de aquellas mujeres y hombres imposibles que nunca le escucharon sus sueños! Vio la justicia secuestrada, y no, no fue un exceso de autocomplacencia. La encarecida petición se hizo realidad, ya no olería más a carne podrida. Pobre entre los pobres, creyó ver cómo unos pacientes se relajaban tocando prótesis mamarias.
Alguien tuvo la delicadeza de tomarnos por más listos de lo que somos, ¿o no?
Con tantas cosas conocidas y extrañas, resulta que para la vida a ratos tenemos la fragilidad de los justos, estanterías compartidas, intimidades improvisadas, la automatización de tareas sencillas y hasta la casa del preso, en fin, un mutismo que encierra pánicos, donde ni la alegría de la esperanza.
Sí, el mundo se olvidó de llorar; es lo que nos hace ser lo que somos. Sigo sin entender ¿qué la hace la madre de su hijo pariendo a su nieto?, más bien que lo publicite, pues una cosa es la ciencia y otra la intimidad de las personas, sobre todo de los niños y los más indefensos, o ¿por qué se manipulan objetos inanimados habiendo personas como si todo lo demás no fuera disfrute y eso sí?, ¡y no!, no soy un conservador radical, en absoluto. Pero me siento raro, desubicado; hoy, nuevamente, he tenido que esquivar una ganga financiera: me han llamado del banco ofreciéndome ser rico adquiriendo un producto de los suyos, ¡cuánta fortuna! La dificultad de ahogarse le he deseado prudentemente a la comercial de la entidad mientras la misma ni se extrañaba con su gracia salvadora: “Sí, debe decidir entre el decidido y el moderado”.
Nada hay peor que la impaciencia, que la mirada cobarde, aunque parezca mentira y sea difícil de explicar. Lo que sorprende es que eso sea suficiente cuando somos jóvenes, extraños, o nos toman/tomamos por ello.
Sí, hubo uno, alguien, que se mató volando, por oír y no escuchar; por volar sin alas, al suelo. Se arrojó cargado de interés y convicción, con una voz nueva; todavía lo miran las farolas. En la sala de espera quedó la madre impaciente, su camino propio, la identidad compartida. Buscaba amparo, complicidad, calidad: miró abajo, sí. En los tiempos de prisa quedó su certidumbre, una tiza; su nido, lo más sagaz, ese sentimiento de final de pulso, un recuadro, su nota: luminosa y ligera, incierta, más la tiza que no recorrió su cuerpo, la que comenzó a sentir cosas extrañas; la sensación de hormigueo por hora y media, su mal carácter, un perdón de intenso dolor, viejo, independiente y soberano, marginado, pobre: cordial y rencoroso.
Al puntito de provocación, hubo una sobre respuesta, planes de futuro, el toque más irónico: la sirena. Supervivencia, quizás; prisa y orgullo, o la infancia sin infancia, lo cual demuestra que no todo lo sabemos. Perplejo, incómodo, instalado en su grácil desasosiego, el doctor de abogados no tiró de la muletilla judicial: visto para sentencia. Albergó suficiente vida palpitando, pero desde muy, muy lejos, contenido en el dato, en la edad, halagüeño… Ni la curiosidad desatada, apenas anécdota. Pero miraba y mirada. “Las niñas siempre dicen la verdad”, pensó, con el mal gusto pasándosele. Trenzó toda una serie de historias, situación en la que la mantuvieron, aparentemente deshumanizada: hasta sus sádicos talones y la ligazón. Exacerbar los recovecos oscuros de una sola tacada no fue. Las llaves continuaron encalladas en el mismo punto. El teniente coronel dijo la palabra insurrección. Pero ya éramos nosotros mismos, meros intermediarios en esas relaciones. Lo perfectamente posible. Cámaras en lugar de ojos. El jaque de rigor.
“Tiene la cara plana, de aspecto borroso, y una mirada inexpresiva” empezó a decir uno del equipo médico, haciéndose cinco preguntas muy directas, enseguida.
Esos silencios que reclaman sus espacios, o los espacios que no se llenaron, nos llevan a lo mismo: al afán compulsivo de etiquetar. Todas las palabras no pronunciadas pasaron, y las vergüenzas no arrojadas, jamás tendrán sus indescriptibles sensaciones. Ausencias, sombras… espacios desnudos y silencios de transición: estraperlos. Pacifismos mediocres. Desidias donde la estupidez insiste siempre. Idearios.
Ahora bien, la naturaleza tiene su libre albedrío con ese afán compulsivo de etiquetar, también; naturalezas que cubren las ruinas haciéndolas bellas, con nuestros tiempos, nuestros silencios y nuestros espacios. Abrazos rotos.
Con las políticas de hoy y ese absurdo no parar, si acaso, se corta, se quema y se envenena un tumor, la persona; en un tiempo, lo mismo con ponerse uno recto se tiene la inmunidad, curándonos los desórdenes y el esperpento… En fin, silencios, espacios, tiempos: afanes que todavía están muy verdes.
Cara de niño querría tener siempre, y no saber; dejando a los zorzales el alba, y los llantos para una despedida: una. ¡Menos mal que cuando un hombre muere!, y se extraña, siempre llega la lluvia, llenando las ausencias, las sombras y los espacios desnudos; silencios de transición en sí mismos. Indescriptibles sensaciones: naturalezas de la naturaleza, verdes buenos, con nuestros tiempos, nuestros silencios y nuestros espacios. Abrazos rotos.
Cuando todo lo que has querido ver lo tienes delante y se te tuercen los caminos, en esa frontera donde te quieres a ratos odiando lo de aquí y lo de allá, todavía eres capaz de sostener los aspavientos y esos ciegos argumentos, ante la estimulación de la ceguera que te hiere los ojos y te saca las fiebres, para convivir en un mismo sino, más o menos azul, compartiendo aires y sol más los distintos colores que nos llegan a tiempo, humanizándonos, sí.
Los otros son arlequines de plástico, políticos y sus políticas, cicateros de bruscos cielos, graciosos, bufones, innombrables; más bien un intento, confrontación… estraperlos.
Más, donde la música no es solo una excusa, se mira un poco más lejos y se apadrina ese metro cuadrado, sosteniendo cualquier forma pero no de cualquier forma, como verdad, como educación, como cultura. Y se prefieren las mentiras, lo vintage y el lujo ese, convirtiéndolo en una experiencia aún más conmovedora. ¿Quién no se ha parado ante una pintura negra o un paisaje imposible, humanizándose?
El arte de detectar un nicho, revitalizarlo y expandirse sin moverse: eso también lo quiero, y que no haya corrupción y todas esas mierdas… La primera vez fue como si todas las luces se apagaran a mi alrededor; me preocupé, ya no, ahora me escapo, lo extraño… casi que le anuncio al cielo mi destino, de alguna manera, aúno, ejecutando esas músicas negras siendo un actor blanco en su conjunto. ¿Aires de superioridad? Unos días miro desenfocando, en otros, soy yo el último eslabón de esa cadena… con ese afán compulsivo de etiquetar: dolor de clavo, mierda de arlequín.
Corremos, ponemos puertas, creemos tenerlo todo o ser capaces de ello, olemos, miramos, nos mesamos los cabellos como si no supiéramos o más bien lo contrario, pero ya lo dijo el Principito “los hombres de tu tierra cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan”, o dicho de otro modo: solo en contadísimas ocasiones encontramos a alguien a quien podamos transmitir nuestro estado de ánimo con todas las inexactitudes, alguien con quien poder comunicarse sin que nos sangren los ojos, alguien, para quien nuestros silencios les sean los mayores titulares.
Y sí, cuando dos trenes circulan por la misma vía pueden llegar a chocar. Pero… son cosas de las personas. Viví mis mejores y peores años con ellos, sin tener que preguntarnos si estábamos bien, extrañándonos… como ahora, y no eran arlequines de plástico.
Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.