Extraños (Blog)

29
Dic

Un gran baile de disfraces

Los muertos están vivos, pensaba alguien. Era Nochevieja, un mar de reojos. Corría el aire por los molinillos de las azoteas. En las calles aguardaba la gente, poca, si bien la suficiente y necesaria como para encubrir el ruido de esos camiones de residuos sólidos urbanos que retiraban la basura de los bien repletos contenedores. Era una recogida más temprana que en otros días, para todos.

De repente se oyeron unos disparos, luego unas ráfagas más directas, así como un estruendo brutal, demoledor. El edificio había saltado por los aires. Un sofá apareció en la mismísima calle, a pie de asfalto, repleto de polvo, escombros y un alarmismo que hacía que la gente corriese inusitadamente. Gritos y voces que unían y disociaban todo.

Por haber, hasta había novias. Tres de ellas en busca de sus esposados, y niños mayores vestiditos de bebés con zambomba y almirez, además de chupetes.

Un segundo estallido también se sucedió repentinamente. El helicóptero que sobrevolaba esas transferencias, colmó bien abajo. Los semáforos parecían serpentinas entre la brumosa niebla y los nubarrones de polvo, con esos destellos de sus leds, tan modernos y luminosos como molestos y señalados por inapropiados. Todo era un ámbar, un colapso. Algunos encorbatados seguían en su espectro, cantarines, como si todo fuese parte del espectáculo por ebrios que estaban. Ellas no. Los jirones de sus vestidos desdecían toda diversión. Había zapatos por doquier, vidrios, telas de servilletas, manteles, piezas de vehículos, el aparataje del helicóptero y una enormidad de elementos urbanísticos hechos añicos en pocos metros.

El local había saltado por los aires en pleno carnaval de invierno. Alguien o cientos morían, el resto sufrían combustiones, alarmas e intranquilidades.

-No sé lo que te traes entre manos, pero sea lo que sea déjalo ya- dijo Garbo a su hijo, remangado de más.

El aire pesaba de más.

James, un criminal de tres al cuarto, apenas pestañeó. -Yo me voy a mi casa- consideró.

-No te comprendo. Solo tenías que hacer entrega del paquete. ¿No confiaste? Si por poco voy a tu entierro- comentó ese padre, al que ni la muerte le iba a impedir hacer su trabajo, de mariachi.

-En Méjico salió bien- se entrometió el topo, limpiándose la solapa de trazas.

-Tú calla. El chico debe sacar su instinto- le reprobó el padre al otro narco.

-¡Pobrecitos!, pendiente de demolición- bromeó el niñito, muy seguro.

Un empleado miró al jefe, solicitando su nuevo orden, manteniendo el torrente sanguíneo en su sitio.

-Pasamos una mala época. Dejemos que se vaya. Sacadlo. Una lástima- digamos que apeló a los genes el intendente para que nadie apretase el gatillo.

-¿Sirve para algo?- puntualizó picajoso el hijo de papá mirando al matón, comprobando la cobertura de su móvil. Y dio las gracias a su suerte -Papá, algún día un nuevo rey llegará.

-Mándale una postal a esa furcia- le regañó el padre. -Fuera. ¡Sacadlo ya!- ordenó a sus secuaces, bien pagados.

-¡Mierda!- protestó el caprichoso niño, obedeciendo.

Un vehículo llegó a custodiarlo, y ella, esa de negro, la madrina, se adelantó cortándole el paso. -Un poco tarde ¿no crees?- para de inmediato desdecirse -Ni los chinos.

-Gracias- contestó educado el señor, no así el hijo, quien fue metido en el coche, de donde salía una ópera de lo más sugerente.

Bonita vista– se permitió decir ella. -Excelente. Da para una copa- añadió poniéndose a la altura del mandamás en sí misma.

-Era un asesino. No me lo tomo como algo personal- le dijo a la dama, confiando en su silencio.

-Se me ocurren muertes peores- esgrimió ella, la madrina. -Si supieras de lo que soy capaz- observó al poderoso.

-Muy listo no es el niño. Necesita algo más que unos azotes- subrayó el padre, tendiéndole la mano a su decimoséptima esposa.

De entre tanta inmundicia, su elegancia fue la mejor de las esclusas. Dos lugartenientes fueron apartando los obstáculos a los que debieron enfrentarse hasta llegar a uno de esos que expiaba, atrapado por una viga.

Ya no tengo que cortarte las piernas para que no salgas corriendo y poder abrirte la cabeza– expresó Garbo. -Por fin te has dignado a comparecer de mejor modo, apreciado colega- lo empalideció más si cabe.

-Sí, cobarde- murmuró como pudo el aturdido.

Uno de los suyos presentó sus credenciales. -¿Lo mato señor?

-No. Estamos de fiesta- comentó sin gracia ni emoción, por entre los muchos repentes, sollozos y sirenas que se iban sumando a ese destrozo.

Ella, de las pocas por no decir la única que conservaba los dos tacones, asintió.

Se llama vida, deberías probarlo. ¿Sigues ahí escarabajo?- le pisó el cuello Garbo, diabólico en todos los sentidos

La súbita apertura de la mano agradó al señor, y a la madrina, quien con regocijo se aferró más a su marido pidiéndole -dame algo a mí cariño.

-En casa- le obvió los azotes de cariño en plena calle a esa dama juvenil.

Nueve ojos de ese, su servicio de seguridad, entendieron el favor, del todo.

-¡Gracias caballeros!- nos vamos. -Se levanta la sesión- pareció ordenar Garbo sin perderla de vista, a la par que pisoteó más si cabe a ese su enemigo como si apagase una colilla concienzudamente.

Ni gemidos pudo emitir el del suelo, esa mano no admitió más espasmos.

Un enorme camión de esos reculó lo más cerca que pudo en un santiamén, dando paso a un sobrevenido eco fragmentado:

-¿Sube señor?, ¿o sigue disfrutando de la velada?

-Va a resultar que la vigilancia total no es mala idea hija- ironizó. -Sí, los muertos están vivos querida esposa, ¿entiendes?

Nazaniel, la madrina, se defendió. -Puede incluso que merezca la pena cariño. Busco jueces entre vosotros y solo encuentro fiscales.

Representando la burguesía más pudiente, él le ayudó a subir:

Perro no come carne de perro princesa.

-Sí, llegarán más campanadas. Tengamos la fiesta en paz querido Garbo- exigió un poquito más la damisela, sin moral alguna.  

El alma oculta de esa ciudad hirviente cedió nuevamente al puro vicio, tiránico. Un gran baile de disfraces.

PEBELTOR

27
Dic

Cuando mi cuerpo faltó

A esos peces de colores no los mandé yo, pero resguardaban más que las venas, distintos pero semejantes.

Tenía el argumento de un judío húngaro en pleno holocausto. La cara abotargada, los ojos grises y la tez pálida con ese crucigrama de los pecados que condenan, siendo en una rara libertad.

-Vamos a casarnos y a tener hijos. Tres- me dijo con su voz fosca, aterciopelada y mágica. Importante.

El tañido de las campanas redoblando sus acertijos enloquecieron más su devenir, y mi duda:

-¿Es lo mejor?- me hice sentir.

-Nos queremos cuando nadie nos ve, ¿te parece poco?- adujo ella.

-¿Y me preguntas a mí?- solté sin serle despectivo, tocándola.

-Yo sueño contigo- me dijeron sus ojos negros.

Vigilé mi destierro, mudo.

-Pues eso. Cásate. Te quiero conmigo- insistió marimandona.

-¿Acaso no te basto así?- pregunté iluso.

-Miénteme y di que sí. Solo un poco- apuró apretándome la mano.

Su cuerpo en mí y esas campanas me dejaron como el hielo seco.

-¡Parece mentira!- insistió. -No iré tras de ti.

La miré. Me miró.

Lo que nunca sabré es si valoré más la comodidad o la verdad, suficiente, mía.  Otro ejemplo más de la versión extrema de lo que se ve a diario y da derecho. Gestos, complicidades, confianzas extrañas; realidades y muros apostados, aires que se toman y palabras que se dicen por lo bajito al hombro en las tempestades, mirándose sin decirse nada y rondándose en mil alertas, desengaños incluso. Hechos y sonidos puros como las campanas que tercian, solteras, afinadas, parciales y armónicas, de las que avisan de los fuegos.

Al despertar me escocían los ojos. Ya no me pude detener en esa carita de princesa aria, ni pude ver más esas acuarelas de los peces coloreados. Como que me castigó el cielo, madrugando con el reloj-despertador con su nota. Y sí, nadie en su familia formaba parte de esos grupos, recuerdo que soñé; hasta podría llegar a saber cómo sabía su garganta y esa luz que nos encendía todo. Pero no sé si mi diccionario y sus caricias dieron cabida a que ella era neonazi. ¿Qué impulsos me condujeron a eso?, ¿a robarme el futuro? ¿a cambiar mi suerte?, ¿con la esperanza de qué?…

¿No sé si dejarlo todo al azar y echarme a dormir de nuevo en sus poros? Napoléon decía, que, si ponías a un perro al frente de una manada de leones, los mismos morirían creyendo ser perros.

¿Tan imprudente y canalla soy que quiero perderme tanto en otro amor, cualquiera?… ¿O es un consejo de vidas para que no me pase lo mismo?, ¿qué son los sueños?, ¿importan?

¿Vendrá otro amor? ¿tanto quema esa lluvia fría?… ¿dónde buscar sin faltar? Intentar la locura, quizás.

 

20
Dic

Llamar al timbre, si hoy fuera el último día

Si hoy fuese el último día, y lo supiésemos, ¿te atreverías a llamar al timbre con un regalito a ese extraño vecino/amigo/querido que tanto da por c…? ¿Superarías las ganas?, ¿lo irrefrenable?…

No se necesita mucho: un poco de cartón, unos garabatos, el cielo prometido. 

Felicidades si tienes la chispa. A veces sobran milagros

13
Dic

Zapatitos y el bastón roto

De pequeña quiso tener un restaurante, pero acabó trabajando en una zapatería. Y no era suya. Como cocinera también hubiera sido muy discreta, quería valer lo que valía, más aún en esos negocios de larga tradición que habían vivido el relevo generacional y estaban siempre de cara al escaparate, bajo los envoltorios.

En un lugar donde necesitaba el reclamo escuchaba de todo, como esas frases tan descomunales del “las mujeres solo son propiedad de los caballeros”, siempre, con el sigilo de un gato que rondaba a un pajarillo dormido.

Ni la sonrisa la delataba, lo más, que de cuando en cuando abría la ventana de la trastienda y respiraba, imaginándose el espacio exterior. Incluso, lo olía a barbacoa en el estío, la pequeñita astronauta. Claro que, eso era cosa de uno de los jubilados, el que extrañaba y le sonreía plácidamente.

Ese le regalaba los oídos llamándola Zapatitos. Y lo decía por todo el arco mediterráneo, porque unos días, pocos, se lo llevaba su familia. -De veraneo- decía él, insatisfecho -dos días-. También la noche de Navidad. No más.

-¿Pero quién te crees que eres?- lo oyó ella quejarse, no sin dificultad.

Más hubo de regirse el abuelillo por ese plazo que le imponía su hija, quien deseaba seguir en ese su piso, con quien había vivido por excelencia. No obstante, el día a día les superaba a todos.

Hacia la noche ya era otra cosa. Era su momento. No se sentaban a la mesa. De alguna forma ese le convidaba a moverse.

-Deja ya de preocuparte por el peso- le dijo el anciano una vez -confía, la tienes- subrayó contundente.

Como en una soleada mañana de marzo desdeñosa, la parca soledad les unía.  Eran amigos, el de la gorra y ella, quien le ponía música a su vida.

Todo empezó, porque un día el guardia civil no pudo dominarlo todo, y ella, patrullando por esa ventana no dudó en saltar encarecidamente y ayudarle. Se había tropezado con su mismo bastón. Ese hombre, que de joven se subió a muchos tejados mirilla en mano, no cesó en su empeño hasta que la jovencita aceptó verle luego, al cierre del negocio. Fue entonces cuando aprendieron a valorar lo realmente bueno, con la interrupción de esos dos minutos, cada tres días, en los que él debía atender a su hija por teléfono, distante más de mil kilómetros. La cual, sentía una envidia brutal de la ´niñita tendera´, como la calificaba, quien iluminaba dos hogares en uno y ninguno.

Si bien, la miseria calculada de esos días le hacía ver que distaba poco para separarse, y se le ensombrecían las piernas a Zapatitos, pero giraba y giraba, como podía, liándose y jugando a la confusión. Lo que pasaba, es que no cesaba de rondarle ese colmo de la realidad invisible al que pasaba las noches durmiendo en la misma habitación en la que vivía de no ser por su invitada:

-No me quedaré tranquila mientras sigas viviendo tan lejos. Te traeré cerca. Hay una residencia estupenda. Tienen arneses y líneas de vida.

 

6
Dic

Vuelta a empezar

¿Por qué se pierden las confianzas?, ¿por qué las amistades se esfuman? ¿De verdad son los trabajos y los días?

Su rostro estaba tenso, los ojos enrojecidos, malamente vivos. Quien fue mi amiga vino en su sofoco, justo semanas después de que dejase de hablarme. Yo no lo pedí, ni ella; la empresa decidió, tras tantos años incompletos. Era su voz el único refugio cómplice. La que parecía reunir los mejores dones.

Y como que me olvidé de los ojos, su pelo negro actuó. Ella también. Estábamos solos; el otro vértice, su as de corazones quizás también estaría soñando hacia atrás en su zona de confort, con agujetas, ya sin más quinielas ni caminos de ida.

A mí, como a ella, compungida, me tocaba aceptar esa calma del saber perder.

Pude casi que olerle el temor pavoroso del no fiarse. Cuando le fui un ángel me apreciaba, se gustaba de tratar conmigo; ciertamente creía manejarme, como toda mujer que se precie. Y claro, los desempeños son los que son: cada uno con sus responsabilidades.  

Semanas atrás cometí el error de haberle dado explicaciones. Pero estaba solo, me sentía solitario, enojado, molesto por su quehacer y el de la empresa y los muchos entuertos, que también los tengo. No supe de las transparencias de las piedras y del saber desaparecer: esa extraña manía de estar siempre.

Aquella exigencia la hizo más combativa y lo que antes era servicial, olvido del bueno y ternura quedó en nada. Otra suerte de la vida con la que lidiar. Su nadie a quien seguir. 

Y de todo ello, con perspectiva, uno sabe que las diferencias las unen las muchas culturas, los trabajos y los días. Todas, todos y cada uno/a. Sí, en este mundo uno tiene que saber dónde está y lo que hay, además de lo que quiere. 

No obstante, lo que de verdad me duele en el alma es que dudase de mí cuando le pedí ayuda al ver rimar todos los dolores hace unos años y no poder hacer nada, salvo certificarlo y someterme a las grietas del juego de la vida. No acudí a ella por desesperación, sino porque era mujer, madre, amiga, de esas pocas personas que estaban, pero… hay muros de humo, culpas y convicciones.  

Ahora bien, ya aprendí que cuando toca tomar decisiones no se pueden tener amigos, consejeros ni médicos de los días. El premio, entiendo, que siempre será ese banco lejano adonde huir, en mi unidad, pobres ricos, vergüenza de tanto y tan poco; un sitio de perdón, extraño, en el más allá… con su ambiente de humildad, en parte por esa confianza de uno.

Los trabajos y los días nos traicionan a todos con las posibilidades, lo matan todo, hasta la realidad suficiente… Creer, disociar

29
Nov

Utiliza la cabeza, sí

Me preguntó ¿que qué hacía?, ¿que si utilizaba la cabeza?

Que fueron compañeros de instituto, de esos de tantos extraños, y que ahora tenían pendiente un café, que le tocaba a él invitarla. Que notaba que a ella le interesaba, que le vino a decir con la mirada que le sacase de su rutina.

Todo, porque coincidieron, ella con su madre y su tía, y él con un amigo en un callejón, donde se miraron de lejos y cerca, parándose y llenándoseles el alma. Él le dio dos besos. Ahí quedó todo, casi veinticinco años después.

Que le costaba salir de ese callejón, sí, ¿qué si utilizaba la cabeza?

Otro civil atrapado en la guerra.

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