Me siguen robando los caramelos. Los cogen de la estantería del despacho. ¿Compro más?, ¿dejo de reponerlos? ¿Pongo una cámara y espío quién es? ¿Me disfrazo?, ¿me pongo extraño?
Ya sucede tanto en invierno como en verano, en todas las estaciones.
Olemos el sexo, la sangre, la envidia, quién ha tocado a nuestro hijo y, ¡no somos capaces de averiguar quién coño nos roba los caramelos de la estantería del despacho! Es más, habría que saltarse algunas normas para saberlo con tanta ley de protección de datos, que hablar de pureza y verdad no siempre es bienvenido. Lo mismo es esa madre, no dejo de mirarla, o su propio hijo, que ya crece: cabrón. ¡Un edificio tiene tantas puertas!
Muchos son los llamados y pocos los elegidos. De ser varios, alguno ya habría cantado por su boca; es alguien a quien no le gustan los cambios tecnológicos. En una bandejita del armario de al lado me dejo siempre la memoria (pendrive) con las grandes verdades. Por años que pasen no me acostumbro a meterlo en la caja fuerte, ni a llevarlo siempre en el bolsillo; todavía me pesa saber lo de Kennedy, la Gioconda, los dinosaurios y el 2025.
Una amiga me ha dicho que ya no tiene arreglo. Que no hay solución posible. Por más que he intentado darle ánimos, casi que ella misma ha acabado dándomelos a mí. Y ahora, que han pasado unas horas, aún en el mismo día: uno llora, uno sufre, uno vive.
Y como ella quiere, nadie lo puede saber. Hay que cuadrar las mentiras. Es su deseo, es mi respeto: mi devoción. Devoción, porque hay personas que conoces, y que por motivos que uno no sabe explicar, te caen bien desde el principio, incluso aunque la relación no sea muy fluida, o más bien, cercana. Porque también uno sabe de esa distancia, que la vida obliga.
Su familia, que la tiene, siempre supo tenerla como referencia; y su trabajo. Hoy mismo quería proteger especialmente a su madre; así me lo ha expresado. Supongo, que le será más fácil tratar el tema en su propio hogar que en aquel del que nació.
Mal que bien, le queda un tiempo, que espero le sea alegría en cierto modo, amén de la pena del saber y no poder. ¡Cada día se inventa algo! Intenté decirle. Y a eso me aferro, en la distancia más obligada. No puedo ni ir a verla. La descubriría. Es más, debo permitirle que sea ella quien se organice, en todo. No puedo invadirla: solo estar.
Y ante el resto, ni aparentar. Pero duele que alguien bueno, capaz, afable y cosas que mejor no decir, se vaya; más si cabe, habiendo pasado ya su lodo, cuando en parte la desnaturalizaron. Y jamás perdió la media sonrisa o el buen tono conmigo, cosa que incluso hoy, ha sabido mantener: en la distancia presente, más que nunca… pero ella es así: una buena persona. Lo que la sociedad necesita, lo que la sociedad no reconoce y, olvida; lo que siempre querré para ella, que siga siendo tal y como es, pero sin esa mala salud que la mata y al tiempo le presta a decírmelo, sin ni poder ayudarla: salvo estando, distanciado, extraño y normal. Recordándola, desde antes de que se vaya del todo.
Entre tanto, uno debe lidiar con gilipolleces, y con mil cosas repletas de sin sentidos. Como si todo, como si nada, como si nunca… descansa en paz, Preciosa.
Ese día pensó en cambiar la madre, abogando por tirar las flores, tan extraña y normal, como si tal cosa. Se iba a reciclar y le estorbaba todo, por descontado, primando el interés del momento. Pero claro él llegaría y preguntaría, indudablemente.
Lo que ni su hija sabía era que se había borrado la cara. Su propia madre ya no lo era tanto. Para cuando le preguntase la joven, estando guardando las fotos, debía estar segura, manejándola sin pesar y tratándola como adulta, con la certeza de que no habría pasado nada. Era una voluntariedad aceptada.
Un buen amigo siempre estaría libre. Una cosa era el vino y otra el amor. La frontera de la edad volvería a ser básica.
El ratón quería que le operasen la vista, pero su madre apenas lo dejaba saltar en los charcos. Como madre y rata influía de manera directa en sus decisiones. Probó mirando a las luces de los casinos, y también con metanfetaminas; ver, veía mal de lejos. Abnegado a su madre seguía ceremonioso lo que decía ella, pero a ratos era ultramoderno, subiéndose a los tejados poniendo la imaginación en fuga.
Para los demás, el cielo no era una fiesta de claraboyas. Jamás entró al trapo de esos malentendidos universales. Los sótanos y cloacas le eran una fiesta de la irrelevancia: le aburrían.
Si bien, su madre era peor que el juez de la horca, que conocía todos los delitos por haberlos cometido previamente. Y de sueño infantil nada de nada. Es que disfrutaba en ese lugar, oteando el horizonte extrañamente.
¿Quién quiere ser princesa?, le desoyeron desde pequeño, chinchándole. O por si se iba a dar a la alta costura, provocándole. Pero mirar, para ese ratón, era una evolución más allá de encajes, tules y pedrería. Las siluetas arquitectónicas de cada barrio se las conocía: las tenía memorizadas. Y hasta había ahorrado. Su problema versaba en encontrar a alguien que le operase, y luego él seguiría disimulando, porque a su madre no pensaba faltarle el respeto, que había ratitas con más valor que cerebro.
Solo y desarmado, asustado y sin experiencia, se iba a dejar acompañar de ese viejo profesor de Derecho, el de la mirada que escuchaba. Otro que se negaba a aceptar su caso, el tipo más ciego y con más amaneceres a la par. La mujer, una marioneta o terriblemente manipuladora. El ratón no terminaba de dar con la profundidad psicológica de la misma, tan pronto quería despeñar a ese negro por el tejado que los veía desfilar por las calles, cogiditos de la mano.
Y ese era el juicio de los juicios, creer en lo que no veían, porque que la verdad nunca les era pura, y rara vez todo se reducía a lo simple y perseverante. Conocían en la medida que amaban. Del heavy metal mejor no decir nada.
Cuando el que se va no deja a nadie que le llore, otros sentimientos intervienen. Atrevimientos, y servidumbres.
Así se quedaron un buen rato los profesionales, maniobrando por la carretera infinita, para luego dejar atrás la lluvia sobre las tejas, llenándose de trozos, cascotes y el polvo frío, sin importarles el peligro, pasando del monte al lago, aniquilándolo todo con una mirada entre divertida y desdeñosa, obedientes, además de las fiebres repentinas.
El helicóptero pronto dio la vuelta y refrendó su adiós. Algunos pidieron algo, rabinos, pastores o curas. Ese gorgoteó y miró en derredor. Un familiar, el que se acarició la punta de la nariz, quien recogió lo poco que dejaron en el hangar.
Todos esperaron la cabeza, esperando que el sonido se alejara, refugiados tras él. Un rugir de un fuerte vendaval. Ella necesitó darle el pecho a la niña, solo que no tenía ni para desperdicios. Nadie reprochó, ni la silueta que se quedó afuera, a la intemperie: su padre estaba todavía allí.
Como no decía palabra, y seguía allí, los músicos se pusieron en pie y aplaudieron. La música liberó al pueblo de la soledad. No obstante, su madre agitó las manos para pedir silencio. El mar de caras expectantes, gentes de otros países, incluso, por el sombrío pesar les fueron sepulcrales.
-Me parece que sé más cosas de tu mujer que de mi propia hermana- comentó aliviada y enfadada una que quiso salvaguardar sus intereses. Algo impensable para la abuela, en silla de ruedas, que a su modo se mantenía erguida.
Pero la vanidad pronto dio paso a la razón:
-Ojalá se hubiera despedido de sus cuatro hijos, siguen perplejos- hizo resonar con aire de culpabilidad su primera esposa.
Y también una madeja de cables quisieron unirse, cortocircuitando esos reparos. -Tenemos un medio de transporte para ustedes- reseñó el alcalde, diligente, quien recibió aquel chasco cruel con voz cálida; aunque no del todo.
Ante lo cual fueron tan ricos como pudieron haber soñado. La condición humana los transportó, luego ellos murmuraron extraños, sin más perspectiva que irse cada cual a lo suyo; incluso el de la bata blanca y el estetoscopio.
El día que llovió hacia arriba fue ese.
Ella, que no era una más de la fraternidad de las diosas, soñaba con un caballero de chocolate. Él, de los de la tribu que por no tener no tenía ni palabras, jamás hubiera soñado con alguien que oliera como la hierbabuena.
Ambos eran la flor marchita de la vida, víctimas de su propia superioridad, por el miedo que les daba decirse la verdad. Uno, que bien podría haber sido Al Capone, más cuando uno no puede ni andar en calzoncillos en su propia casa, gritar en silencio los triunfos ni le salía; y la otra, por fatalista ni besos de sirena.
El top de las cinco mejores ciudades para vivir lo conocían: Zúrich, Vancouver, Múnich y Auckland. Estaban en una de la otras Vienas, extrañados y ausentes, con todo lo que quedaba de ellos y la ventana reuniéndolos.
Ella se casó tiempo atrás con un rico, él aún lloraba por todo aquello que nunca pudo contar a nadie, ni forzadamente en un hospedaje. Al otro lado la institutriz, con esa carta para entregar desde hacía treinta años más sus sonrisas forzadas. El cuarto pasajero ya podría ser un malhumorado dragón o no; ni con los ojos verdes.
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