Extraños (Blog)

2
May

El ratón de mirada larga

El ratón quería que le operasen la vista, pero su madre apenas lo dejaba saltar en los charcos. Como madre y rata influía de manera directa en sus decisiones. Probó mirando a las luces de los casinos, y también con metanfetaminas; ver, veía mal de lejos. Abnegado a su madre seguía ceremonioso lo que decía ella, pero a ratos era ultramoderno, subiéndose a los tejados poniendo la imaginación en fuga.

Para los demás, el cielo no era una fiesta de claraboyas. Jamás entró al trapo de esos malentendidos universales. Los sótanos y cloacas le eran una fiesta de la irrelevancia: le aburrían.

Si bien, su madre era peor que el juez de la horca, que conocía todos los delitos por haberlos cometido previamente. Y de sueño infantil nada de nada. Es que disfrutaba en ese lugar, oteando el horizonte extrañamente.

¿Quién quiere ser princesa?, le desoyeron desde pequeño, chinchándole. O por si se iba a dar a la alta costura, provocándole. Pero mirar, para ese ratón, era una evolución más allá de encajes, tules y pedrería. Las siluetas arquitectónicas de cada barrio se las conocía: las tenía memorizadas. Y hasta había ahorrado. Su problema versaba en encontrar a alguien que le operase, y luego él seguiría disimulando, porque a su madre no pensaba faltarle el respeto, que había ratitas con más valor que cerebro.

Solo y desarmado, asustado y sin experiencia, se iba a dejar acompañar de ese viejo profesor de Derecho, el de la mirada que escuchaba. Otro que se negaba a aceptar su caso, el tipo más ciego y con más amaneceres a la par. La mujer, una marioneta o terriblemente manipuladora. El ratón no terminaba de dar con la profundidad psicológica de la misma, tan pronto quería despeñar a ese negro por el tejado que los veía desfilar por las calles, cogiditos de la mano.

Y ese era el juicio de los juicios, creer en lo que no veían, porque que la verdad nunca les era pura, y rara vez todo se reducía a lo simple y perseverante. Conocían en la medida que amaban. Del heavy metal mejor no decir nada.

25
Abr

¿Sistema quebrado?

Cuando el que se va no deja a nadie que le llore, otros sentimientos intervienen. Atrevimientos, y servidumbres.

Así se quedaron un buen rato los profesionales, maniobrando por la carretera infinita, para luego dejar atrás la lluvia sobre las tejas, llenándose de trozos, cascotes y el polvo frío, sin importarles el peligro, pasando del monte al lago, aniquilándolo todo con una mirada entre divertida y desdeñosa, obedientes, además de las fiebres repentinas.

El helicóptero pronto dio la vuelta y refrendó su adiós. Algunos pidieron algo, rabinos, pastores o curas. Ese gorgoteó y miró en derredor. Un familiar, el que se acarició la punta de la nariz, quien recogió lo poco que dejaron en el hangar.

Todos esperaron la cabeza, esperando que el sonido se alejara, refugiados tras él. Un rugir de un fuerte vendaval. Ella necesitó darle el pecho a la niña, solo que no tenía ni para desperdicios. Nadie reprochó, ni la silueta que se quedó afuera, a la intemperie: su padre estaba todavía allí.

Como no decía palabra, y seguía allí, los músicos se pusieron en pie y aplaudieron. La música liberó al pueblo de la soledad. No obstante, su madre agitó las manos para pedir silencio. El mar de caras expectantes, gentes de otros países, incluso, por el sombrío pesar les fueron sepulcrales.

-Me parece que sé más cosas de tu mujer que de mi propia hermana- comentó aliviada y enfadada una que quiso salvaguardar sus intereses. Algo impensable para la abuela, en silla de ruedas, que a su modo se mantenía erguida.

Pero la vanidad pronto dio paso a la razón:

-Ojalá se hubiera despedido de sus cuatro hijos, siguen perplejos- hizo resonar con aire de culpabilidad su primera esposa.

Y también una madeja de cables quisieron unirse, cortocircuitando esos reparos. -Tenemos un medio de transporte para ustedes- reseñó el alcalde, diligente, quien recibió aquel chasco cruel con voz cálida; aunque no del todo.  

Ante lo cual fueron tan ricos como pudieron haber soñado. La condición humana los transportó, luego ellos murmuraron extraños, sin más perspectiva que irse cada cual a lo suyo; incluso el de la bata blanca y el estetoscopio.

El día que llovió hacia arriba fue ese.

18
Abr

Esas otras ventanas, a horas que no son horas

Ella, que no era una más de la fraternidad de las diosas, soñaba con un caballero de chocolate. Él, de los de la tribu que por no tener no tenía ni palabras, jamás hubiera soñado con alguien que oliera como la hierbabuena.

Ambos eran la flor marchita de la vida, víctimas de su propia superioridad, por el miedo que les daba decirse la verdad. Uno, que bien podría haber sido Al Capone, más cuando uno no puede ni andar en calzoncillos en su propia casa, gritar en silencio los triunfos ni le salía; y la otra, por fatalista ni besos de sirena.

El top de las cinco mejores ciudades para vivir lo conocían: Zúrich, Vancouver, Múnich y Auckland. Estaban en una de la otras Vienas, extrañados y ausentes, con todo lo que quedaba de ellos y la ventana reuniéndolos.

Ella se casó tiempo atrás con un rico, él aún lloraba por todo aquello que nunca pudo contar a nadie, ni forzadamente en un hospedaje. Al otro lado la institutriz, con esa carta para entregar desde hacía treinta años más sus sonrisas forzadas. El cuarto pasajero ya podría ser un malhumorado dragón o no; ni con los ojos verdes.

11
Abr

De friegasuelos en un matadero a cirujana plástica

Las primaveras y las repentinas vueltas al invierno tienen eso, escasas propuestas económicas en los broncos cruces de reproches; pero sí, el amor es estadísticamente imposible.

Con quince hermanos, vincularse a ese mirador de los ruidos blancos, necesidad o no, la hizo descendiente sin culpa. Fueron ellas, todas las mujeres, las que en su imperialismo le obligaron a usar tirantes para corregir su postura, de los más contundentes y extraños; ni la dominación cultural más flexible, más eficaz y menos costosa.

Se enamoró de su hermano, gemelo, incesto que confesó al no tener otro perfume de amor. Fue expulsada, no de una, sino de varias casas y escuelas, incluso las que tenían formación religiosa.

Aprendió a tocar la guitarra, y a falta de gracia, virtud o engaño la vendió, con la anuencia y el beneplácito de habérsela robado a su profesor, otro galán, de los más guapos y varoniles, como todos, que la dejó preñada en una de las casas de huéspedes donde estuvo trabajando de interna.

Sonámbula, jamás nadie le puso una bandeja de agua a los pies de la cama. Sí, no hay nada más engañoso que un hecho evidente.

No obstante, en la dura vida moderna, mirando sin terminar de verlo todo y conteniendo sus propias carnes, dio solución a los problemas de su ayer, su hoy. ¡Ni los tonos pastel para estrenar la primavera, mimetizándose, o los instantes del universo cuales oportunidades, salvándole de aquellas mujeres y hombres imposibles que nunca le escucharon sus sueños! Vio la justicia secuestrada, y no, no fue un exceso de autocomplacencia. La encarecida petición se hizo realidad, ya no olería más a carne podrida. Pobre entre los pobres, creyó ver cómo unos pacientes se relajaban tocando prótesis mamarias.

 

3
Abr

Lo que nos hace ser lo que somos

Alguien tuvo la delicadeza de tomarnos por más listos de lo que somos, ¿o no?

Con tantas cosas conocidas y extrañas, resulta que para la vida a ratos tenemos la fragilidad de los justos, estanterías compartidas, intimidades improvisadas, la automatización de tareas sencillas y hasta la casa del preso, en fin, un mutismo que encierra pánicos, donde ni la alegría de la esperanza.

Sí, el mundo se olvidó de llorar; es lo que nos hace ser lo que somos. Sigo sin entender ¿qué la hace la madre de su hijo pariendo a su nieto?, más bien que lo publicite, pues una cosa es la ciencia y otra la intimidad de las personas, sobre todo de los niños y los más indefensos, o ¿por qué se manipulan objetos inanimados habiendo personas como si todo lo demás no fuera disfrute y eso sí?, ¡y no!, no soy un conservador radical, en absoluto. Pero me siento raro, desubicado; hoy, nuevamente, he tenido que esquivar una ganga financiera: me han llamado del banco ofreciéndome ser rico adquiriendo un producto de los suyos, ¡cuánta fortuna! La dificultad de ahogarse le he deseado prudentemente a la comercial de la entidad mientras la misma ni se extrañaba con su gracia salvadora: “Sí, debe decidir entre el decidido y el moderado”.

28
Mar

Ahora que somos jóvenes

Nada hay peor que la impaciencia, que la mirada cobarde, aunque parezca mentira y sea difícil de explicar. Lo que sorprende es que eso sea suficiente cuando somos jóvenes, extraños, o nos toman/tomamos por ello.

Sí, hubo uno, alguien, que se mató volando, por oír y no escuchar; por volar sin alas, al suelo. Se arrojó cargado de interés y convicción, con una voz nueva; todavía lo miran las farolas. En la sala de espera quedó la madre impaciente, su camino propio, la identidad compartida. Buscaba amparo, complicidad, calidad: miró abajo, sí. En los tiempos de prisa quedó su certidumbre, una tiza; su nido, lo más sagaz, ese sentimiento de final de pulso, un recuadro, su nota: luminosa y ligera, incierta, más la tiza que no recorrió su cuerpo, la que comenzó a sentir cosas extrañas; la sensación de hormigueo por hora y media, su mal carácter, un perdón de intenso dolor, viejo, independiente y soberano, marginado, pobre: cordial y rencoroso.

Al puntito de provocación, hubo una sobre respuesta, planes de futuro, el toque más irónico: la sirena. Supervivencia, quizás; prisa y orgullo, o la infancia sin infancia, lo cual demuestra que no todo lo sabemos. Perplejo, incómodo, instalado en su grácil desasosiego, el doctor de abogados no tiró de la muletilla judicial: visto para sentencia. Albergó suficiente vida palpitando, pero desde muy, muy lejos, contenido en el dato, en la edad, halagüeño… Ni la curiosidad desatada, apenas anécdota. Pero miraba y mirada. “Las niñas siempre dicen la verdad”, pensó, con el mal gusto pasándosele. Trenzó toda una serie de historias, situación en la que la mantuvieron, aparentemente deshumanizada: hasta sus sádicos talones y la ligazón. Exacerbar los recovecos oscuros de una sola tacada no fue. Las llaves continuaron encalladas en el mismo punto. El teniente coronel dijo la palabra insurrección. Pero ya éramos nosotros mismos, meros intermediarios en esas relaciones. Lo perfectamente posible. Cámaras en lugar de ojos. El jaque de rigor.

Tiene la cara plana, de aspecto borroso, y una mirada inexpresiva” empezó a decir uno del equipo médico, haciéndose cinco preguntas muy directas, enseguida.

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