Extraños (Blog)

1
Nov

Opinión de los jefes

«Es normal tener miedo si antes no te supieron cuidar, pero ya te digo, la idea preconcebida y la realidad coinciden: hay que respetarse mutuamente. Yo no tengo en quién pensar. Los grandes momentos no vienen de grandes oportunidades; alguien consciente de lo que es se deja de súplicas. Sé tanto de ti que has perdido mi interés. Dan ganas de quemarte cabrón, ¿no sé cómo no lo hago?”

Todo eso hube de escuchar, porque no cuadraban los presupuestos y no íbamos al día. -La caldera no tira bien por tu culpa- decía con superioridad -¡ni los balances!- apuntaba en su no parar, -¡me ocupas mucho tiempo!- anunciaba. Me costó asimilarlo, tenía muy metido eso tan suyo del -no podemos llorar por alguien que no quiso estar aquí-; hasta hice bueno el cuento de Alicia en el País de las Maravillas y como que caí intencionadamente madriguera abajo a cierta parte, donde las leyes de la lógica no tenían aplicación. Por un tiempo me valió, por así decirlo. Muchas caras conocidas.

Pero no, no todo lo que siempre quise estaba al otro lado del miedo. Con ojos lastimeros recordé su último aviso -no querrás estar cerca de mí cuando pierda la paciencia- y pensé que solo una persona de la más tosca ignorancia podría formar parte de esa empresa. Me fui. Acostumbrarme hubiera sido otra forma de morir. ¡Y hacía calor joder!

Hoy día, a pesar de que haya gente que diga que ´el respeto se gana, no se impone´ hay que dejarse de precisiones sobre la incerteza y arremangarse, fundamentalmente para dominar tu propia sensibilidad. Con ello puedes llegar donde quieras. Ahora solo trabajo unos pocos días al año. Halloween es uno. Más bien, el de las postrimerías, esa mañana, sobre todo, cuando todo se arregla sobre la marcha.

Cuando la adicción a lo instantáneo y tantas tendencias matan lo más cercano, por bromista que seas sorprendiendo, la gente sufre, y ese jolgorio de la noche de los muertos pasa factura. Los insultos, en general son difíciles de traducir. Con eso del ¿truco o trato?, la gente se lo toma todo muy a pecho.

-¡Cretino!, ¡Hijo de puta!, ¡Idiota!- de todo se oye. Nada es extraño, nada. No quiero confirmar más términos, pero… ufff lo que sobrevuela. Las calabazas repeladas esas bien que lo saben. Lo aseguro.

Así que yo me como ese otro hueso de todos los santos, el de poner paz en la discordia, escucho esas partidas de ajedrez sin reyes, y los rezos también, porque bien temprano muchas personas aún tiemblan de miedo, o sufren de remordimientos. El primer año debí pescar los clientes con caña, dejándome ver; ya no. Costó aprender a dominar el espacio y el tiempo con el mayor respaldo y consenso de los factores ambientales y todos esos estímulos que nos hacen estar más despiertos, hasta en los pensamientos profundos. Ahora vienen, vienen solos. Algunas parece que tosen con sosiego, ellos se excusan: ´no me culpe de lo que no he hecho´ haciendo especial hincapié a que era todo broma. En cualquier caso, Dios no pega con bastón. Yo siempre trato a todos de usted, y por igual, en este universo de la comunicación. Nunca me gustó que mi jefe me tutease y me demonizase a todas, me costaba que discerniese entre tomarnos un café juntos y conseguir los objetivos que a todos nos marcan. Así que trato por igual a los vivos y a los muertos. Esto último Hacienda no lo entiende, pero ¿quién entiende a Hacienda?, me han vuelto a cambiar el formulario de la declaración trimestral, ¡hijos de puta!, ¡no hay Dios que los entienda!

25
Oct

El rey modificó su agenda

Para una vez que salían juntos no tenía prisa por llegar a casa, o las suyas.

Alguien se los dejó olvidados, o lo mismo estaba en la cuneta con los ojos llenos de lágrimas sin poder tenerlo todo, no obstante, lejos de servirse un trago, visitar más hospitales, escuchar canciones lejanas o de consultar más condiciones por la ventana, tras las pertinentes observaciones de los responsables de seguridad, no se quejó de aburrimiento el jefecito. Bajó. Allá que fue, a por ellos: los patines. 

Es más, causó obligada desbandada a sus escoltas entre miradas destelladas, para quedarse con lo justo procurando alejarse y decirles. -Tranquilos, no son la moto.

La princesita, que andaba a lo suyo, pensó que el pánico se debía a que habían descubierto otras de sus operaciones estéticas, champuses y demás cataduras morales que no gustaban. Porque todo le era pavor desde que ascendió al reino. Y se quedó achantada, o al menos lo intentó, cual número primo murmurando el azar de su vida, enervada.

Vendedores, compradores, curiosos y seguridad le hicieron un pasillo al jefecito, que se empeñó en patinar cual chiquito ya grande barbudo entrecano. Hasta la estupefacción se le pintó en la cara al dueño de un café cercano que se persignó, en nada impávido ante los malos disimulos de los trajeados.  

Pero ni con esas su dama dejó el cargo, ella se le anticipó descalzándolo si acaso al monárquico regio. -Voy a tener que enseñároslo todo- barruntó malhumorada. –No es lo mismo llamar que ir a abrir la puerta– quiso demostrar, y se lanzó a la calle.

Él no tiró de ferocidad, sino de incredulidad: -¿De veras?, ¿hablas en serio?, ¿crees que son de tu talla los patines Cenicienta?

¿Y de qué iba a servirle?, se preguntó esa niñera, reconociéndolos. En fin, suspiró ese mismo segurata, deseoso de cambiar de guardia.

-¿Quieres decirme cuál es tu último deseo princesita, para que podamos largarnos de aquí antes de que nos echen a todos?, tenemos hijas, no una, dos- la asistió el jefecito, no extraño, pero sí intermitente.

-No es lo mismo ver que mirar, aparta cariño, soy buena- se echó adelante ella, viniéndose arriba, grande por sí misma.

Y ya se sabe… naturalezas varias y la fuerza del destino.

Fue entonces cuando el abrigo de las palabras abogó con todo. -¿Estás bien?- dijo muy a su pesar. -¿Estás bien princesa?- insistió contrapuesto.

-Sé considerado- le recriminó ella. -¡Levántame!- ordenó, aún tropezada por la odisea.

Todo el planeta les sobró a los cónyuges, quietos, ni el trabajo les fue su premio, como si la vida les fuera el patio de su cárcel.

Un crío, en nada militar, como que, de fin de semana, no esperó mucho a lo suyo: -¡Vaya manera de dejarse caer!- adujo graciosete sin pelos en la lengua. 

A lo que el viejo que lo cuidaba, comentó de inmediato tirando del niño, educado para restarle suertes al crío -Todos tuvimos nuestra ración, todos.

Los de las sonrisas fingidas ni se animaron ni se descompusieron, vacilantes, sí. Sí. Ni movieron ni los labios, gigantes entroncados, haciéndose a todo.

–No pasa nada, agua. Agua– sí que dijo el tipo de seguridad más cercano, asegurando la presencia, hiperconectado a la soledad.

-Juegos y juguetes en familia- expresó ella con la sombra postrera del guión, volviendo en sí, áspera y desasosegante, pero saliendo o pretendiéndolo de las vidas cruzadas, con ese raro desorden del mal recuerdo y todo: risas, amor, paz y la lucha de gigantes prometiendo rota -bien, estoy bien, bien- murmullando su -¿es posible un futuro mejor?- tirando a despreciable.   

Saludos nada cordiales temió entonces su marido y el agente de seguridad. Casi obligados a retirarle un poco la mirada.

Un perro en circunstancias complicadas se puso a correr, desenganchado.  

La población de la isla, gente aterrada, que contenía todos los trucos y tratos, ni se atrevió a preguntar o difundir la treta, acechando carentes de liderazgo, al tiempo que los otros presentes sucumbieron a un tenebroso deseo, escuchando por sus pinganillos gritos a diestro y siniestro de la emisora.

Con la patilla ligeramente torcida, se atrasó un poco ella; fue su único recelo.

Con aire aliviado, su esposo saludó conteniendo los ´madres mías´, terrible, engrandecido, y ocultando la historia de un triple enfado en muy alta estima.

-¿De verdad no nota el dolor?- tomó protagonismo uno de su séquito, inquieto por el contratiempo.

-Imposible, ella es muy lista- respondió el marido, que no ella, a la primera. Refinado.

Ya sí, ella se dejó de minucias, cruces inevitables y de exculparse a sí misma, tras varias onomatopeyas: -EEEEE Era inevitable…no sé ni qué hueso me duele más. Lo siento mi amor. EEEE.

Los hijos pueden heredar el sufrimiento de los padres, aplicó alguien en notas. ¡Maldita sea!, esperaban oír otros muchos. No obstante, vivieron de las migajas, perros hambrientos peleándose por los huesos, la mierda y la sangre.

El raro ya fue él, que no supo cómo guardar un secreto así, real. Otros se los imaginaron detrás del flequillo y con ideas retorcidas. Más fue por poco, ella, vivaz, como si su aventura nunca hubiera ocurrido, pidió con una miradita de reojo, ni mucho menos tirando cohetes: -Yo debí casarme con tu madre. ¿No?

´Qué cartero repartirá jamás las cartas no escritas´, pensó él sin empezar nada, en la isla del silencio, donde había resucitado el viento que azotaba todos los rostros.

La sola idea de la puntualidad hizo el resto, meditabunda y perpleja, saltona.

“Que los niños sean niños” escribió alguien mayor por dentro de una ventana, bastante orgulloso, aconteciendo, que no era poco.

Y ya se sabe… cincuenta variedades de veneno, los que hacían lo que hacían, las buscadoras de setas, etc. Sentidos en posición firme; besos celestiales; innombrables.

“Es todo lo que somos, y es todo lo que serás” empezó a correr por las redes sobre toda esa genealogía, más allá de todo. Y fotos a toda prisa que decían lo suyo, con y sin dolor y cariño, tiaras regias e imperios playeros: el verdadero sentido de la existencia.

18
Oct

Le llaman Judas… ¡qué silencioso!

Hizo su trabajo, pero no gustó a algunos. Concretamente a dos, que, además, creía que eran de los buenos amigos, pero se lo llevaron muy por lo personal, o eso pareciera, dadas sus conductas y su frágil moral. Gran parte de lo que no hizo le concedió el privilegio de ser acreedor del elogio o de la censura.  

Lo que él no quiere es que la intranquilidad le haga perder la perspectiva. No. Él mismo se ha preguntado varias veces si ha sido un hipócrita o no, como acusado que parece, tanto en lo personal como en lo laboral. Mira su propia suerte, y hasta se pregunta ¿cómo pudo ser tan imbécil?, ¿o si se dejó engañar por ese mar de hierba? ese inmenso reino de la amistad.

Pero ya nada es igual, porque el teatro es la fotografía del alma, y aquí no hay teatro, por eso todo duele más… les viene a ser un traidor, un hombre de paja. Ni mirarle a los ojos ha podido su amigo en tal extrañeza, pero le acusan; y eso que ha sido el único que les defendió. Con ella un apenas –buenos días– que resonó a sucio, del peor tabaco.

Ya todo serán vísperas, juicio. Así es la condición humana y sus artimañas, que quema, falsea, cuando no nos gusta, faltando a todas las glorias.

¡San Judas será y es ya!, el que traicionó su sanedrín… jamás lo hubiera pensado de ellos dos, para estar otra vez donde empezaron –extraños-, sonando raro las decencias y obligaciones en tanta jaula.  

De haber sido mujer, como Gilda, esa Rita Hayworth de 1946 (otra Judas), hubiera sacado las uñas, temiendo sufrir de amnesia o algo parecido, haciendo frente a esos arrebatos de la fragilidad del bien, para no vivir en el vacío, porque necesitaría una razón para tantos pecados: “¡Con qué felicidad se echan fuera las emociones y se pone la gente a la defensiva!”. O el Glenn Ford de la misma: “Por amor de Dios cada cosa a su tiempo”.

En fin, que ese Judas tendrá que ser un aventurero, como decía Gilda (Rita), con su amado mío (“yo podría ayudarte a recuperar esa práctica”), porque precisa de alguien verdadero a quien darle las buenas noches y que no haya más máscaras, dado que el odio (es casi odio) es una emoción muy intensa, y África queda lejos, o América, así como que no se pueden suprimir las emociones o cerrar una ventana sin más. ¡Pero basta ya de antifaces!

Sí, todo problema para alguien, es cualquier cosa, menos insólito. Sí, las emociones nublan el cerebro. Amor, toda una pluralidad de bienes y la vulnerabilidad de la vida humana ante la fortuna y la naturaleza de la amistad.

“Qué silencioso es que no haya absolutamente nadie, ni esas buenas noches”.

“Las cosas malas terminan en soledad hija mía”, un proceso natural difícil de detener (de otro grande entre los grandes, que firmaría cualquier idealista). Veredictos que no deciden nada en el día a día, luego Judas, le llaman Judas, como que desconocidos, siendo no más que un hombre solo al que no le gustan las miradas de derrota.  

11
Oct

Como que demasiado

Para vencer la jaqueca, ella emprendió su crucerito paradisíaco en busca de su hermana china lo menos, rebuscando sin que la báscula se le acentuase, hasta sintiéndose más joven y liviana en sus variados aspectos.

Huelga decir, que no encontró nada. Pero al menos, se evadió de las políticas de todos los días en las que los de la ejemplaridad no pueden con su propio hedor; los que buscan servir de remedio y atrezo andan de mal en peor; los de la regeneración moral se visten o desvisten (ni ellos mismos lo saben) de las mismas rutinas que los anteriores, diciendo sin decir; y aquellos que se erigieron como salvadores tomándonos por viejos idiotas, siguen sin tener más que su primera persona como enmienda única, ya ni sonrisas invitadoras. Cierto es, que el hastío es indescriptible, como que demasiado.

¡Y no me extraña!

4
Oct

Se han conjurado

Los hay que se mueven con un paso irregular; quienes no paran de dar atención a sus manos; las del pelo en la cabeza más oscuro y espeso que en ninguna otra parte; los que piensan que es correcto matar a cualquiera que ofenda a sus creencias; y, por supuesto, quienes al llegar del trabajo y saludar su mujer, comprenden que tienen que rejuvenecerla definiéndose con una sola palabra.

Todos… somos una fórmula de compromiso, solo que algunos ya se han conjurado en esa ley inmutable, extrañamente. No obstante, dicen que vale la pena asumir el riesgo por el potencial retorno. Las vidas ya son/están muy acorraladas; pero hay que cambiar mucho más, muchísimo más. 

27
Sep

Y lejos de eso… lugares como Florencia

 Sitios que bien podrían ser el faro del fin del mundo, lugares donde uno se aleja de las reglas del tiempo y atiende a otras lealtades que huelen a sencillez y a humanidad, ante lo insólito de la situación… porque por más sonajeros, encierros, herraduras, alarmas, turistas y candiles que nos pongamos o con los que nos crucemos, el lugar es como para pegarse un tiro.

Ese mundo latente se asoma sin engendros desde la Roma, pasando por el Renacimiento hasta las edades modernas, desde luego con evidentes aciertos. Es, por tanto, una realidad discreta, oculta, lista y desvelada que da que pensar, no solo ver. Ahora, como entonces, no sé si podríamos crear así de bien. ¿Acaso es que no nos impregnan tanto las efusiones carnales?…

Merodeo, visito, engarzo situaciones, me ajetreo en según qué circunstancias y salen esos pulsos profundos, bien logrados y mejor definidos. La fuerza irrefrenable te lleva a querer verlo todo sistemáticamente… Y lo del silencio… lo del silencio es igualmente cierto: en este lugar existe una canción para los vivos y otra para los muertos. Quizás sea lo más propio del lugar, y lo que infunde más respeto, desamparo y abandono.

La próxima vez tengo que venir acompañado, tanto matiz, tanta riqueza, te deja solo y te otorga una personalidad rara, muy marcada: maquiavélica y florentina; supongo que con ese hacer bondadoso del compartir afectos y fraternidad, todos estos cánones que otros idearon calan mejor al alzar los ojos ante la inmensidad, una tras otra, provocando ese vacío que pide a gritos.

Sin duda, seguiré abusando de este lugar privilegiado y dinástico aunque lo vea todo del revés, pues los fantasmas a uno siempre le persiguen por aquello del trágico realismo. De ahí que me sienta un oso y no un niño, pero un oso bueno, al menos… con un pie en el paraíso. ¿Cuántos habrá como este me pregunto? como parte de todo ese extrañamiento, plagado de todo ese sentido del tiempo que atenaza y turba como si fuera contando nubes y más nubes, sumido en laberínticos paseos bajo la realidad, la alucinación y el sueño.

Porque lo de soñar, sigue siendo mi epidemia y mi albor. Quizás ella esté aquí, lo mismo es que un día vino y ya nunca llegó a recuperarse completamente, quedando en tal apogeo… Aún es de día, me creo, y miro de soslayo mi musa. En casa, la sombra del ciprés es alargada, el campanario siempre suena igual. Viento sur hace, el perfecto para un viajero emigrante, las basílicas y galerías. Y hojas rojas veo por esos mundos. ¡Hasta los árboles son refugio! Dan norte, a todos los sueños y cuerpos cincelados.

Ufff… apenas unos días que llevo, y ya lo siento como un año en mis vidas. ¡Qué guerras disputaban nuestros antepasados! Yo querría ser uno de esos príncipes destronados.

«El mundo que agoniza«, dicen los que no tienen madera de héroe como los de antaño, o los banqueros que no saben gestionar todos los parabienes. ¡Anda que no estamos despersonalizados! amorfos y sumisos. ¡Cuánta estrechez, abandono y miseria! Y qué bonito es esto, todavía me siento como un niño, muy lejos aún del nunca o nada, del todo o siempre, amigo de su propio oso. ¡Será Florencia!, ¡será el renacer!

A la metrópolis le sobra toda la masificación para poder abordar de mejor modo los reductos de integridad y autenticidad mágicamente, que los hay, tantos como muertes y resurrecciones, censuras y aquellos sentidos del progreso tan dignos como vapuleados. Tal vez sea el tráfico, las intransigencias o los pensamientos negativos lo que a uno le hace preferir salir escopeteado, que albergar más y más. O que no sé musitar más de lo razonable, expresarme, cambiar mi mente y mi vida, entumecido y necesitado de dosis de fantasías. Los monstruos y los fantasmas son reales: viven dentro de nosotros por aquí, y a veces ellos ganan. Sí, y los creyentes con una mano rezan y con la otra pecan. Primero las sonrisas, luego las mentiras, por último los trompicones. He matado a la mayoría de los malos, también a alguno de los buenos. Estorban. Sabía que iba a ser laborioso.

¿O será el reflejo de lo que uno quiere y no puede? No soy un santo inocente, ni los que aquí perecieron, y crecieron. Hay besos que se dan con la mirada, otros de memoria.

¿Quién sabe si tendré una gripe incontrolable entre tanta belleza y me quede? Florencia es la epidemia de la primavera al albor del otoño: duele todo, gusta todo. Lo mismo hasta lloro de dolor al intentar huir: parece imposible volver atrás. Necesitaría volverme de hielo, imaginar e idealizar la rutina diaria.

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