Atrás quedaba la clamorosa ovación. Aplausos, felicitaciones, saludos, abrazos…
Sucumbió sintiendo llorar a ambos lados de su cama a dos pobres mujeres. A una le faltaba la cabeza y los brazos, la otra fue llevada al hospital.
De aquel incendio del palacio no se salvaría nada. Nada que no tuviera que salvarse. El oficial, fuera de sí, desesperado gritando como un energúmeno a sus brigadas, al que cogía le abofeteaba rabiosamente.
Su hijo tendría que contarle lo sucedido, el mismo que esperaba impaciente las noticias de la enfermera sobre el estado de su hermana pequeña. De la mayor y la madre que le informase el doctor, o el del seguro. ¡Tantas guardias y tan poca vida! ¿Acaso había algo valioso que se pudiera ya salvar?, pensaba el sargento… en el instante mismo en el que vislumbró a una auxiliar correr desolada, su prima, otra que estaba ardiendo por dentro.
No estrenó ropa hasta que se casó, siempre heredó de sus hermanos.
El parte oficial consignaba al día siguiente que a consecuencia del bombardeo aéreo habían muerto doscientas veintidós personas. Figuraban en el parte los nombres y apellidos de un centenar de víctimas y al final decía textualmente: “Los ciento veinticinco cadáveres restantes no han sido identificados”.
Las personas mediocres se desmoronarían. Su mujer no. Todos tenían verdades y mentiras. De alguna forma tuvo olfato, le ocurría con muchas cosas en la vida. Una mujer que tenía una habilidad especial, quizás por eso aquella mañana le hizo el amor.
No tardó en descubrirse a lo lejos el brillo intermitente de otra lucecita que aguardaba anhelante. Una mujercita leyendo, pese a que su entereza se abatió súbitamente. Y eso que había todavía un rato de absoluta oscuridad.
Aún flotaba en el ambiente cuando apoyaron el cañón de la pistola y dispararon por entre los ojos, cayendo de bruces como un guiñapo. O que luego echaran en un montacargas al muñeco de trapo, cayéndole un hilillo de sangre que le recorría la mejilla fruto del tiro que finalmente le descerrajó el padre.
No obstante, ella le seguía leyendo; de hecho, nunca paró ni pararía de leerle a su mejor amigo, con quien creció, y quien siempre supo sobrellevarle su ceguera verbal por grande que fuera el muñeco de trapo.
La cuadra la limpió la madre.
Las balas fustigaron el aire y la tierra en torno suyo, pero el hombre no se movió. El dolor le había hecho invulnerable e invencible. Casi como la luz sin gravedad, como cuando uno se muere.
En casa, días después, sintió llorar a ambos lados de su cama a dos pobres mujeres: madre e hija. Para quienes la guerra seguía. No en vano, seguía siendo un soldado… y le volverían a llamar a filas.
Y aún tuvo alma para levantar la cabeza y seguir adelante.
A quienes tienen el horizonte,
Tenía una belleza insoportable. Ni resentida ni traidora la madre recién nacida, quien sonriendo estaba más guapa.
Las tardes le eran un laberinto, noches de puro dolor, sola en silencio. Ahora bien, cuando podía, practicaba el yoga sensible al trauma.
Puro susurro del fuego, devolviéndole al aire al tenerle, tenerse, cuidándose mucho la nueva mamá, papá, frente al ruido: hermanos.
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