Era una mujer que había vivido la mitad de su vida fuera de México. Y que ya, fuera de lo maternal, todo se le volvía de azul cielo látex.
Tenía a un hombrecillo en su cabeza, en nada de esos del sudor añejo y sardina. Ella y todas las argentinas de su calle. Vivían en la costa granadina, en un pueblecito junto a un peñón y su salobre. Y aunque parecía tímido, formaba parte del reino animal.
Tiempo atrás le hizo el amor desaforadamente, colmándola de momentos lúcidos y a la par desconcertantes, de cuando frecuentaron un bar arrumbado en una carretera vecinal.
Aquellos días fueron frenéticos, lo poco que les quedó por hacer fue pasarse horas y más horas viendo el televisor en la frescura del aire acondicionado, pero como no tenían retornaron a Viena, que fue donde en verdad se conocieron.
Él como falsificador, un tipo capaz de hacerse pasar por tartamudo y que la pulsión de la repetición fuera animosa. Ella, historiadora a sueldo, viviendo con la despreocupación de una aristócrata y la preocupación de una paria. Allí, no tomaron forma ni consistencia alguna. Con las piernas ligeramente separadas ella le despidió, tras haber sido mordidos sus pechos y ese bronceado veraniego que paseó al disparo de otro inocente.
Tan violento y simple su nuevo amigo podría llegar a serlo, bien distinto es que quisiera. La quería toda para él, no en cabeza ajena. Que descubriera verdades luminosas en la destrucción de su propia vida. Que regresase al redil… El asombro de ella era consecuencia de la pura ignorancia, que también de la decisión de cada cual de comenzar una y otra vez.
Una triste poesía oscura iluminaba esos sus últimos días, la mar estando salpicada de policías, y ella de una soledad que la condenada debido a su profesión y circunstancias.
Pronto llegaría la hora de moverse a otra ciudad en la que le sucederían más o menos las mismas cosas o Dios la perseguiría. Su hija prefería opositar a maestra más que apresar el tiempo presente, queriendo ganar una pelea que perdió hacía mucho.
Tras dos años y medio sin acudir a ese gimnasio volvió a ver las mismas caras sin que apenas hubieran cambiado las personas. Los gestos seguían siendo los mismos, sí. Y habían encanecido algunos. Ellas, con más o menos anillos. Algunas idénticas.
Había pasado el tiempo y no había pasado. Había quien había viajado, sido madre, padre, abuelo, hasta amanecido nuevamente tras enfermar y superarlo.
Lo que no cambiaba eran las miradas de quienes se gustaban y no atrevían a decírselo. No eran saludos al uso, a veces ni eso. Cruces de miradas con las mejores intenciones; deseos varios.
Lo que no estaba en su sitio era la mujer que se sentaba en un banco, y a quien se cruzaba a la vuelta. Una mujer que tras ejercitarse y asearse se iba la mayoría de las tardes noches a pasar un rato en el banco del parque, el cuarto por la izquierda si se subía por la calle de la iglesia, siempre el mismo, y en la misma parte de la bancada. Portaba un libro y su teléfono, amén del vestido de fondo de armario o ropa deportiva cómoda, más holgada que cuando se ejercitaba.
La cadencia no terminaba de pillarla. La mayoría de los días estaba sentada, quieta, sola. Una vez la vio con su hija, aquel día no se acercó a saludarla. Otras veces sí, no todas. Tampoco sabía si hacía bien en acercarse o no, y mejor pasar de largo. Él tenía que desviarse un poco para llegar a donde estaba ella, quien nunca giraba la cabeza de forma vehemente para ver si él llegaba o seguía su camino y pasaba de largo.
El caso es que cuando se paraba y se hacían los encontradizos algo sucedía. Ya no estaba tan metida en la lectura, ni en los crucigramas o en el telefonito. Se le abría, se preguntaban por los días y los trabajos, por la familia. Y eso que él solo llegó a sentarse una vez, solo una. Y que desde que ella hacía uso del banco nunca se habían tocado, ni dos besos cordiales o estrecharse la mano.
Unas veces él llegaba andando y otras en su bicicleta negra. Y los pocos días que no se la encontraba, bien porque se le hacía tarde y ella ya se había ido o porque en verdad esa tarde no había recurrido a lo del banco, la echaba mucho de menos, preguntándose qué le habría sucedido, sintiendo como que le faltaba algo.
El principal problema es que no sabían pedir ayuda, no que fueran endiabladamente retorcidos. Cierto es que alguna vez había llegado a pensar que si le daba un bofetón a lo mejor le gustaba a la mujer, a esa que como actriz tenía buena memoria, porque se conocía a los ganadores y a los perdedores en la línea de salida. Ella, la mujer que se acostaba pronto, que es lo que había venido haciendo toda su vida. Solo que la cárcel cambiaba a la gente.
Tres años en silla de ruedas y aún le parecía bonita.
¿Acaso existía un anhelo más triste que desear una nueva oportunidad?
Cuando aquel día estuvieron paseando juntos, él era su último amigo soltero. Después, pasó lo que pasó. Y fuera ya de los tribunales, siempre tendría algo para acordarse de ella, tal que tuviera su corazón en una caja más allá de las responsabilidades jurídicas.
En las horas centrales miraba por entre los barrotes y seguían allí.
Quizás, la libertad tan deseada por él ya no le pertenecía. Ya no existiendo para la justicia ni la piel que alguna vez acarició.
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