Extraños (Blog)

24
Feb

Sobrevivir, no obstante

El sol esparcía sus rayos con menos intensidad cuando llegaba la hora. Si bien, estaba decidida. Tendría su casa, su trabajo, su familia, su entorno. Quizás traería hijos al mundo. No había un lugar más hermoso para nacer ni para morir. Era casi una ciudad, y su eco.

Por dibujar, trazaba hasta los restos de una iglesia y la fuente sagrada, y verbalizaba conversaciones a futuro, difuminándolas y anotándolas.

Así sobrevivía a las náuseas, que le desaparecían; y no escuchaba ninguna voz, sospechas o tiranías. La mujer de abajo no le faltaba el respeto en su estudio ni fuera del mismo. La macetita tampoco se le movía sola, y el perro no era un escarabajo gigante, sentado junto a un par de críos mutilados vestidos de negro sobre una alfombra de rocas y arena oscura.

La esposa de su tío pronto le llevaría otro té, no obstante.

17
Feb

Un país de imbéciles

Al fin y al cabo, era domingo, donde había que romper con esa idea de la plena autoridad, por lo tanto, hábilmente resolvió la situación:

-¿Quién recoge la mesa?, es solo el desayuno.

El individuo con capacidad para el regate corto se escapó a su habitación; la menor concretó la comodidad del sofá de un salto, casi gatuna; y ese esposo y padre, como panacea de todo lo invisible se quedó sentado a su lado, acompañándola, refrendando su inocencia… Y eso es lo que pasó, que los niños no ayudaron.

Soterradamente, tanto liberalismo les vino bien, quedaba un buen rato hasta el mediodía, y no era bueno crear un ambiente de represión, preferían recuperar la normalidad. Normalidad de la buena, no de la de un país de imbéciles.

Lea su propia voz y tenga su calma:  El día que llovió hacia arriba

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10
Feb

…pero la vida me cansa

-No es que piense en la muerte, pero la vida me cansa. Será tan solo unos días, horas… Buscaba una vida -se encogió de hombros.

-Sí que tiene sueño, sí -se puso de perfil el de seguridad, entre muebles recios, oscuros y solemnes, apartado igualmente en ese semisótano- debe descansar; extraña.

-Creía que, si lograba entrar, permanecer, la vida cambiaría -se justificó el señor Griffin, siempre señor para esos guardianes.

-Opte por la rutina habitual y por una tetera a fuego lento -le planteó- y todo le será circunstancial. Este dolor, su dolor, también es el dolor de mi hogar. Subamos, el miedo de las cosas al caer nos puede delatar.

En cierto modo, los libros llegaron a tomar un camino alternativo, como si de la piel del cielo se tratase.

-Le debo un par de billetes, y ni usted ni yo guardaremos relación con el incidente señor Berger.

-Que sean tres. A todos nos gusta ganar, señor Griffin. Y nadie sabrá.

Hay momentos en los que uno siente asco por la especie humana, consideró para sí el bibliotecario, aunque lo que para unos era basura para otros era enfermedad, y de la buena.

 

Mary McCarthy

PEBELTOR

 

 

3
Feb

La familia feliz

Aquella mañana hacía fresco y el sol no calentaba, si bien, se afanaron a su viaje desde que abrieron los ojos tal que respirar el aire puro les fuese una necesidad. Trabajadores, cumplidores, limpios y discretos.

La sensación de calma se hizo esperar, pues al poco de ponerse en marcha creyeron que ya nunca podrían sentir nada parecido a la felicidad.

Regresar de inmediato no estaba en los planes, pero resultó obligado. La voz cristalina emanaba tal seguridad que impresionaba. Abuelo y nieto eran insuperables, y ni el uno ni el otro estaban bien.

El padre los trasladó a la enfermería más próxima al tiempo que la madre intentó adivinar qué había sucedido. Una madre embarazadísima y con angustia que bastante había hecho ya. Sobrevivir se había convertido en su principal empeño.

Todos tenían razones para hacer lo que hacían. Los unos viajar, los otros no querer hacerlo. La madre no dejaba de hacer carantoñas a la hijita cada vez que entraba y salía de la estancia, la cual estaba en su derecho de reclamar a su propio padre, gritando cada vez con más ahínco, nerviosa perdida. Varios cuadros se habían descolgado de la pared (teniéndole a uno mucho aprecio, retrato de su tía abuela) entre carreras, condenas y desganas.

El perro también aguardaba y tenía una notable irritación. Prefería no ladrar y quedarse con la dueña como si pudiera hablar a golpe de estómago y sorpresa. La gata y su feroz mirada feminista hacía lo imposible para seguir siendo ella. El canario había volado.

-Sí, no ha habido otro hombre como nuestro padre -atendió por teléfono a su hermana, que en parte se enteró de lo sucedido, amable y sin pavonearse o ponerse trágica, esperándose lo peor.

Eran más de las nueve y muchos ya iban tarde a trabajar. ¡Cuánto dolor en los cuerpos y en las almas de los que habían trasnochado de más! Atenazados en la garganta hasta hacer llorar de desesperación a sus queridas.

Los periódicos habían tomado buena nota. Demasiados sucesos y muy concentrados, sabían ya los editores con reservas y satisfacción. Pero era ley, dado que la realidad y los ideales no perdonaban, estando algunas en bata de seda mirando por la ventana fumándose un cigarrillo, esperando que el timbre les sobresaltase con las cartas para volver a subirse a la habitación.

No obstante, la inquietud se antojaba como vida en ese paraíso. Confundir un lunes con un sábado fue el pecado, y que el crío se diera cuenta y nadie más, hasta que abrió la boca, casi que les quita la vida. Y casualidad que el abuelo no se tomase las pastillas, refugiado en volver al pueblo para quedarse para siempre, cosa que barajó con sufrimiento, piedad y compasión, de riguroso negro.

-¡Tú no matarás hijo! ¡Tú no matarás! Yo sí -pensaba para sí la madre sobresaltada, esperando su vuelta yendo del lavabo al excusado sin apoyarse en ninguno.

Y el padre, un hombre dedicado al comercio textil, que vivía con discreción, no sabiendo dónde meterse. Solo el mero hecho de volver a casa le producía nauseas. Quizás optaría por la gentileza de una de esas de nombres prestados al notar una punzada en el pecho y tener ganas de llorar y lo que no era llorar, necesitando un gesto deferente que no miedo ni asco, o imponer disciplina.

-Ninguna chica decente habría bebido como ella, y mucho menos coquetear con todos -se calló la hermanísima (la niña de pueblo que decidió ir contra corriente), solo que ese padre la oyó como si la estuviera viendo, sin saber qué más podía decir y mucho menos hacer. Criticona, además de dominar el francés.

Pero era el padre de su otra hija, y también merecía una explicación.

En los planes de la educación infantil se decía que se priorizaba el fomento de la autoestima, la igualdad y la diversidad. 

Suerte que el abuelo se murió, aunque tardó en hacerse oficial. El turno de su amigo el médico terminó hacia las ocho de la mañana y a esa hora regresaba a su casa caminando, luego se pudieron cruzar, uno y otro, a pesar de que no hacía calor. Unos meses atrás no sabían el uno de la existencia del otro. Gentes capaces de resistir esas corrientes de resistencias agazapadas, y ello tenía un efecto benéfico en sus ánimos deprimidos.

La gata Catalina en ningún caso podía ni quería asumir responsabilidad alguna.

 

27
Ene

El secreto del pescador

La sabía preocupada, pendiente de que un día el cartero le entregara una carta suya. Era un hombre que no aparentaba enfrascarse en la lectura de ningún periódico, y de aspecto sombrío que no quería preocupar a ninguna de sus dos mujeres.

El tipo hacía pocos ademanes para que lo reconocieran, pero lo hacían.

Una vez llegó a viajar en barco hasta Marsella, y desde allí, primero en tren y luego en coche se dirigió a París. Ese fue todo su mundo, y la piedad se su equipaje de mano.

En tiempos llegó a ser socio de una fábrica de confección. Y jamás se dejó ver por algún que otro cabaret.

Su barca, solo su barca, y su barca, era lo que le mantenía ocupado. El médico debió de acercársele una vez y al levantarle la mano lo ruborizó. La caña, incluso esa vez, siguió echada y él mirando el trasfondo, como si nada, como si todo, como si nadie.

Parecía un hombre simple, sencillo, de pocos recovecos, de esos de irse a pescar hasta las sombras de la noche, represaliado y en nada absorbente, de los que sentían paz por haber conocido a su abuela.

Otra que en los cielos estaría recolocando las piezas de su identidad, porque no terminaba de cuadrarle a nadie la última noticia, no cabiendo más palabras entre los lugareños, que intentaban no perder la calma y averiguarlo en menos de cuatro días.  

20
Ene

El descanso divino

El chaval no entendía qué era eso del descanso divino. Los mayores se lo explicaban mal o no se lo explicaban. Y su abuelo, que era el que de veras le interesaba al crío, ya no podía hacerlo.

Enfurruñado y medio triste, porque le prometió que no se pondría triste, aunque le echaría un poco de menos, solito pensaba en eso del descanso divino.

Morirse y que le enterrasen a dos cientos metros de donde tenía su rebaño de cabras y su casa no terminaba de cuadrarle, porque no sabía si le oiría, si se enfadaría con él por pisarle los pastos o las siembras, o si descansaría del todo después de toda una vida dedicado precisamente a eso, a cuidar del campo y de sus animales. Lo mismo se lo tendrían que llevar a la ciudad, y que conociese otras cosas y desconectase, pensaba el jovencito.

Las cosas se precipitaron tan de repente que en esos pocos días no pudieron concretar, porque meriendas solo había una cada día, así que sobre sus hombros siempre llovían las mismas palabras: siempre seré un niño, un niño indefenso en un mundo hostil.

El abuelo, a pesar de haber recibido tanto sol en vida, leía a Pessoa porque su mundo no le bastaba, siéndole la literatura un refugio en nada triste y pesaroso, sino un descanso en tantísimas idas y venidas, o desalentadoras vicisitudes, pues los animales eran vida, y la vida conocimiento.

Cuando por la mañana los sábados se levantaba y terminaba de arreglarse, habiendo hecho cuidadosamente la limpieza de su habitación, desayunaba y corría a ayudar al abuelo en los corrales, una servidumbre que echaba en falta, tanto, como que se lió centímetro a centímetro a revolver el mobiliario urbano y algunos de esos libros. Ciento setenta y siete, que los contó.

Gisele, una joven estudiante suiza que por decidida había tenido días antes su primera experiencia sexual, tampoco es que supiera mucho qué decirle al niño. Para los dos habían perdido nombre los objetos, su significado, y en aquel silencio tan absoluto, aun con esas, era delicioso el sonido abstracto de los pensamientos, tal que animales moviéndose con lentitud, y casi que con miedo a pisar el campo sin que su amo les dijese con la mirada dónde, cómo y hasta cuándo.

Alegre y serio, él no se atrevía a guiarlos, autor de tantísimas melodías inolvidables pero complejas, silbándolo todo, porque así le enseñó su abuelo, que todo tenía sonido, y vida.

Estimularlo en el intercambio de información y conocimientos los demás tampoco es que pudieran hacer mucho. Solo hubo uno que le alimentó la imaginación, la astucia, la percepción, la concentración y la empatía, y eso que solo se dedicaba al campo, como decían del mismo, y sin apenas estudios. Junto al mismo aprendió a ver una película, una serie, leer un libro, un periódico o una revista; y el tiempo, que no a saber del mismo. Una cosa era conocer el tiempo y otra reconocerlo, que de imponderables también estudiaron. No solo ellos, sino que también los perros, esos perros trufados, que mordían con desesperación la agridulce sensación cuidando del rebaño, mirándolo de reojo, pisando, eso también, sin demasiada frecuencia la raya de esos destinos insospechados, esperándolo que dejara de transitar por sus historias, como bien les dijo.

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