El diablo también fue un ángel aquella vez, no obstante:
-La función más noble es dormir cuando toca dormir -porque Friedman era un hombre de mundo, por vecino de la aniquilación que fuera-. Y arrópate, porque el hombre muere de frío, no de oscuridad -le precisó-, y tú has hecho lo que hacen los hombres: apostar y perder.
Todos tenemos dentro el bien y el mal; el dinero como denominador común. Caer siete veces y levantarte ocho.
Lo tenía todo, y no tenía nada
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No podían comprar el futuro, no podían comprar el tipo de vida que querían. La nostalgia les era como otras enfermedades, les hacían sentirse fatal hasta que pasaba a otras personas.
No obstante, tan pronto se creían el emperador de París bajo el disfraz de un comerciante, que se veían pequeños para trabajar y hasta para poder mendigar.
¿De qué valían las líneas rojas? El mundo les era dispar hasta en los cuentos infantiles. Niñas y niños. Todos. El purgatorio del insomnio no les llevaba a contar ovejas irremediablemente. Todo en un mundo enmarañado, en el que se creaban cosméticos a partir de las cenizas de bosques quemados con la excusa de devolverles la vida.
Y con esas, deseo era la palabra. Lo que sentían las personas. Ese ardor que los años no apagaban. Todavía deseaban, y todavía sufrían la sensación de conocer a alguien que no quisieran que se fuera nunca. Vivían en un sinvivir, pero vivían, o lo intentaban, acorralados. Porque cada palabra destruía o edificaba, hería o curaba, maldecía o bendecía.
Todavía había casas y personas de esas, y casi que barrios aguantando la presión, retenidos, empequeñecidos y engrandecidos. Según se mirase había demasiada gente, en unos y en otros. Sencillos, aparentes.
Con perspectiva, es como si hubiera llovido y todo reflejase una vida limpia y tranquila, pero no había lluvia. Toda una bella ceremonia de ensayo de la muerte, homogeneizando a las personas, como si fueran robots y así evitar definir rasgos. La evolución esquinada. El negror de la claridad meridiana. Lo que fue la vida y seguiría siendo.
La abadía de Westminster, donde descansaban un buen número de monarcas de tiempos pasados, fue el lugar donde se reunió toda la familia real británica dominando la agenda pública. Y como un activo miembro de la familia real apareció el padre de Cynthia. Fue el auténtico protagonista, junto con la Reina Madre.
Los demás hijos y nietos de esta última pasaron a ser poco menos que sucedáneos, si es que alguna vez pintaron realmente algo, más allá de sus dislates.
Adolescente, princesa, reina. Ciento ocho años de la Reina Isabel II. En un mundo perfecto nunca se hubieran conocido, ella y su sucesora: Cynthia A. Denson (Isabel III).
Al tiempo, en los Estados Unidos, el tercer país más poblado del mundo, la densidad de población moderada se mantuvo. Los americanos supieron darle justo término a la máquina de hacer billetes, conteniendo esas peregrinaciones de sus vecinos del sur. Les financiaron inversiones según su naturaleza, según su elemento, según el sujeto que invertiría, según su riesgo, su gestión. No todas las deudas les eran malas.
Menos en Argentina y Brasil, crecieron sustancial y enormemente los estadounidenses. Fue otro de los imprevistos, o soluciones varias. Otros países buscaron su colchón financiero y fracasaron, eran los lugares donde las guerrillas urbanas tardaban en desaparecer; mayoritariamente fueron países de la extinta Unión Europea, que no aguantó el tipo años antes y se desintegró, no sirviendo ni para ser una buena idea con todas sus palabras.
Los veintisiete estados miembros (veintiocho cuando formó parte el Reino Unido) con realidades tan diferentes, clásicas y contradictorias, y cuya absoluta diversidad apenas supieron gestionar y subrayar su poder específico en el mundo, pasaron a ser meros actores de reparto, cosa que ya se veía venir de mucho antes con tantísimos juramentos de constancia, como con hambre atrasada, mucho ruido y pocas nueces.
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Sin una cohorte de escoltas ni llamativos vehículos que hicieran de parapeto, Friedman volvía a tener al alcance de su mira a otro. Sin entrar en detalles, para él, todo viandante era malo. Una persona normal y a la vez extraordinaria. Y ya no se detendría ante las pataletas de nadie. Decidía él. Cada uno de los tres empleados era dueño y señor de sus decisiones, por jerarquías que hubiera, dándole franqueza y realidad a esa burbuja de denostada riqueza y locura creativa. Había mucho dinero de por medio, y lo sabían. Una idea no pasaba de un idioma a otro sin cambios. Le habían puesto precio a la niña rica.
-Nos la han jugado. Vienen a por nosotros otra vez.
-Nadie dijo que esto fuera a ser fácil, segurata. El hambre hace salir al lobo. ¿Es ese?
-Sí, capullo. Cuando termine con él te reventaré los sesos, negrito. Aparta tu aliento.
La patria les era esa a los empleados, allí donde resonaban sus lenguas. Cynthia aún no podía pensar del todo. Lo emocional, lo intelectual, se le cruzaba. Ni creía en Dios, ni anhelaba demás existencias. Esther Doña le había curado la aflicción de esa fuga con un buen calmante de los suyos a mano abierta, y todavía estaba bajo sus efectos (demasiado hielo en la mandíbula y un pómulo). Los únicos reaccionarios eran ellos, los hombres, que por suerte no gritaban ni gimoteaban para evitar escucharse el uno al otro.
Friedman era un cementerio de ideas muertas. Matar siempre era la solución. Hubiera matado a la niña de no ser por los otros dos, y al matón de los Connolly. Texas, en cambio, lo quería coger vivo. Los paraísos, los aviones privados, no entraban en la ecuación. Se habían dado cuenta de que les habían tendido una trampa, quizás su propio jefe, el señor Denson.
Había que decidir en corto.
-La verdad es que la razón es el enemigo de la vida -sugirió Esther Doña serenamente-. Matadlo.
Extracto del libro Lo tenía todo, y no tenía nada
Demasiado actual, por suerte y desgracia:
reflejos que esperan impacientes.
Y recuerda, la primera vez se dirigen como Majestad, después como Señora: así lo hacen con ella y así lo harán contigo sin la menor vacilación; deja que se acerquen, pero que no te conozcan.
Con los poderosos sea usted directa señorita o si no te joderán viva, Cynthia, la mayoría tienen por espíritu el trozo de tela de una bandera… y lo que sabemos. ¿Sabes cuánta gente me dijo que te dejara ir?
Pero no, yo les dije, y les digo, que, así como cien conejos no hacen un caballo, cien presunciones no constituyen una prueba. Serás una buena chica y una buena reina. Mi Reina.
Una de las ventajas de envejecer es que entiendes por qué la gente hace las cosas que hace. Nos hacemos mayores, pero no nos hacemos mejores. La vida cambia cuando los mensajes de amor no son para ti. Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, eso es lo que somos… No soy un falso modesto, sé lo que he hecho.
El último grado de perversidad es hacer servir las leyes para la injusticia; pero cuando sabes lo que quieres, y lo quieres lo suficiente, encontrarás una forma de conseguirlo.
Extracto del libro Lo tenía todo, y no tenía nada
Decían que era macho. Y que se le veía algo triste. Nadie lo había conseguido. Las notas decían que se escabullía tras una bruma sobrenatural, y que miraba. Sucedió hacía treinta años, el caso es que decían que había vuelto.
El cuerpo sin vida de una niña le acusó, más bien la tiza del crimen, o lo que quedaba de la misma por el chisporroteo y el estampido de la lluvia y los llantos. Había crecido, o el descendiente sería más grande. Quizás, cruel.
El de antaño una vez fue visto, tumbado, a las afueras de lo que fue un parque. Nadie era recordado por las cosas que no hizo. El paquete de cigarrillos y el encendedor era lo que no les cuadraba a los agentes, lo mismito que una y otra vez, según los archivos y registros policiales. Aunque eso no se había llegado a publicar; más bien nada, menos aún los intestinos desparramados.
Vacilaron por unos instantes si pedir la colaboración ciudadana. La experiencia les dijo que no. Era día de mercado, como otros tantos. Y los turistas pronto abarrotarían las aceras, turistas que detestaban la crueldad contra los animales casi más que el reverendo.
Ni por asomo, el hombre y la mujer policías encargados del caso, se recostaron en la silla o se encorvaron ensimismados; con las cejas juntas y el entrecejo arrugado eran los mejores. El pulso ya se les había acelerado. No era solo un procedimiento de rutina. Sabían que algo más ocurriría. Todo ello entre la medianoche y la una.
El cuerpo despedía un olor idéntico. Solo llevaba el pijama, deportivas y una sudadera con capucha. Dos días más y unas lombrices marrones se retorcerían sobre la carne reblandecida, agujereada a trozos con dentelladas varias, arrastrándose por la piel suave de las cuencas. Y los dedos torcidos. Dedos pequeños, de chica, doblados, dentro de esa tiza azulada, horrible.
Los tenues chirridos del viejo columpio también tenían su tiza. El aire de primera hora de la mañana advirtió de ese trozo de brazo y el resto de una pierna hacia el bosquejo, donde los paseos con las bicis.
Tenía las uñas cortas, pintadas de un rosa infantil. Para bien, o para mal, malamente pintadas. La mujer al cargo exhalaba bocanadas de humo. Lo del error de identificación ya sucedió antaño, la segunda y cuarta vez… La bruja mala y su casita de caramelo le había leído a su hijita.
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