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14
May

Newsletter de Mayo de 2019

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10
May

Obras que son cerrojos sueltos (La frágil moral)

Uno suele contar con el factor esclavo para no rendirse, siéndose obediente: congelándose. A veces es la única forma de superar la escritura, cuando se corta a sí misma, piel con piel.

Me ha sucedido varias veces, que, estando a medias de un libro, o más bien hacia el final, como que mi cabeza pasaba directamente a la siguiente obra. Es algo incontrolable, a priori. Y, entonces uno ha de hacer de cirujano, poniendo las cosas en su sitio, aunque la cabeza planee otras cosas. Es una especie de democracia dirigida o democracia soberana.

Al ir terminando la novela La frágil moral sentí esa cúspide, un reposo y un agobio en mi pecho. Esa novela me ha hecho rectificar. Es la primera vez que destruyo un libro, hecho por mí, porque no pude superar su vértigo. Cuando lo terminé por primera vez no lo sentí como un libro, sí como una serie o una película. Y uno intenta ser lo que es, no fingir otros ADN; luego me quedé con las tres palabras más interesantes (el título) y volví a empezar. Inquieto, fértil, con un vacío que tenía que llenar.

Cambié todo: personajes, lugares, tramas, horarios. Y en tres meses ya pude mirarme a la cara. Ese acento ya lo sentí más familiar, era yo, alguien que escribía. Le puse armas al libro, ceñidos silencios, nombres invencibles y besos al filo de las agujas. Me alejé de aquella tribu tan aislada. Y no siento pena alguna, es trabajo: un apetito es inagotable donde nada es irrelevante.

Lo publicaré, no sé con quién ni en qué formato de inicio, pero espero que pronto. Por un tiempo concurrí a concursos literarios, más o menos por probarme, conocer la disciplina y acumular experiencias. Los otros guarismos no me interesaban nada, que los hay, sí. Pero en el momento en el que consideré que debí rehacer toda La frágil moral supe que precisaba otro salto base. La obra lleva su estilete, sus episodios determinantes y la profunda certeza de esa familia Peterson. 

La extrema cercanía del libro terminado me lleva a vislumbrar, estando el hoy abierto al mañana. Tengo el siguiente libro en la mirada. Es algo brutal, impresionante. Un atropello. Los actos, las palabras, las secuencias son cerrojos sueltos. Lo noto. Cada poco hay una sensación límite, del ir más allá, por todo lo que pueda dar la armonía, la melodía y el ritmo de ese mensaje que iría en el nuevo libro. No obstante, uno ha de contenerse y mantener una regla de orquestación: terminando ese en el que se está. Ese deber y honor lo acabo de gestar, aún tengo el aliento de Chicago y determinadas oraciones y cirugías reconstructivas de esa novela contemporánea, cargadas de toda la musicalidad de esa ciudad emblemática; también sus armas de manipulación.

Y paso página. Sí. Lo mismo me estoy perdiendo algo, pero somos personas que buscamos el sentido de la vida. Un poder, una cumbre. Y hay momentos donde uno coge y pierde altura. Quizás habrá alguien a quien le parezca un contrasentido. Sé que uno de los grandes libros (Lo que el viento se llevó), premiado, se hizo a lo largo de diez años lo menos. Y que, dicen, el mercado no puede asumir todos los riesgos. Pero también hay un momento justo, y un mañana al infinito. 

Eso lo visualicé en esta última novela, y el deseo de posesión. Supe que no era mía cuando la terminé por primera vez, la cancelé, y semanas después ya sentía la necesidad de su muerte, y su destronamiento, para pasar a otra obra. Mi cabeza soñaba, pensaba y visualizaba ese vacío de la caída, dejándola ir sin anquilosarme porque un escritor, escribe.

Lo peor de todo es que pierdes amigos. Ese libro que hacía, que seguía mi mismo camino, se fue. Todo ello. Y el factor esclavo te puede, abriendo otro, cortándote a ti mismo las manos. Pero al mismo tiempo te sientes incapaz, y debes poner una frontera: una relativa pausa. Una postura de miedo, de egoísmo (democracias sostenidas). Después vienen los cálculos, los fastidios, el negar lo que no vale. Dimes y diretes. Para los lectores. Dado que el libro terminado ya contesta por sí mismo, y uno, quien lo escribió, solo es cómplice: respetándolo. Poco más se puede hacer, ni llorar. Que vuele, sea merecedor o no, si acaso un engañoso intento… No creo que haya algo más cercano que estar escribiéndolo y sentir cómo se va, para que florezca… El ocio más querido, tal que viajar, amar, naturalezas; oficios también. Y lo demás son historias, que a buen juez mejor testigo. 

 

 

9
May

Economía verde y circular, dicen

Ese día pensó en cambiar la madre, abogando por tirar las flores, tan extraña y normal, como si tal cosa. Se iba a reciclar y le estorbaba todo, por descontado, primando el interés del momento. Pero claro él llegaría y preguntaría, indudablemente.

Lo que ni su hija sabía era que se había borrado la cara. Su propia madre ya no lo era tanto. Para cuando le preguntase la joven, estando guardando las fotos, debía estar segura, manejándola sin pesar y tratándola como adulta, con la certeza de que no habría pasado nada. Era una voluntariedad aceptada.

Un buen amigo siempre estaría libre. Una cosa era el vino y otra el amor. La frontera de la edad volvería a ser básica.

2
May

El ratón de mirada larga

El ratón quería que le operasen la vista, pero su madre apenas lo dejaba saltar en los charcos. Como madre y rata influía de manera directa en sus decisiones. Probó mirando a las luces de los casinos, y también con metanfetaminas; ver, veía mal de lejos. Abnegado a su madre seguía ceremonioso lo que decía ella, pero a ratos era ultramoderno, subiéndose a los tejados poniendo la imaginación en fuga.

Para los demás, el cielo no era una fiesta de claraboyas. Jamás entró al trapo de esos malentendidos universales. Los sótanos y cloacas le eran una fiesta de la irrelevancia: le aburrían.

Si bien, su madre era peor que el juez de la horca, que conocía todos los delitos por haberlos cometido previamente. Y de sueño infantil nada de nada. Es que disfrutaba en ese lugar, oteando el horizonte extrañamente.

¿Quién quiere ser princesa?, le desoyeron desde pequeño, chinchándole. O por si se iba a dar a la alta costura, provocándole. Pero mirar, para ese ratón, era una evolución más allá de encajes, tules y pedrería. Las siluetas arquitectónicas de cada barrio se las conocía: las tenía memorizadas. Y hasta había ahorrado. Su problema versaba en encontrar a alguien que le operase, y luego él seguiría disimulando, porque a su madre no pensaba faltarle el respeto, que había ratitas con más valor que cerebro.

Solo y desarmado, asustado y sin experiencia, se iba a dejar acompañar de ese viejo profesor de Derecho, el de la mirada que escuchaba. Otro que se negaba a aceptar su caso, el tipo más ciego y con más amaneceres a la par. La mujer, una marioneta o terriblemente manipuladora. El ratón no terminaba de dar con la profundidad psicológica de la misma, tan pronto quería despeñar a ese negro por el tejado que los veía desfilar por las calles, cogiditos de la mano.

Y ese era el juicio de los juicios, creer en lo que no veían, porque que la verdad nunca les era pura, y rara vez todo se reducía a lo simple y perseverante. Conocían en la medida que amaban. Del heavy metal mejor no decir nada.

25
Abr

¿Sistema quebrado?

Cuando el que se va no deja a nadie que le llore, otros sentimientos intervienen. Atrevimientos, y servidumbres.

Así se quedaron un buen rato los profesionales, maniobrando por la carretera infinita, para luego dejar atrás la lluvia sobre las tejas, llenándose de trozos, cascotes y el polvo frío, sin importarles el peligro, pasando del monte al lago, aniquilándolo todo con una mirada entre divertida y desdeñosa, obedientes, además de las fiebres repentinas.

El helicóptero pronto dio la vuelta y refrendó su adiós. Algunos pidieron algo, rabinos, pastores o curas. Ese gorgoteó y miró en derredor. Un familiar, el que se acarició la punta de la nariz, quien recogió lo poco que dejaron en el hangar.

Todos esperaron la cabeza, esperando que el sonido se alejara, refugiados tras él. Un rugir de un fuerte vendaval. Ella necesitó darle el pecho a la niña, solo que no tenía ni para desperdicios. Nadie reprochó, ni la silueta que se quedó afuera, a la intemperie: su padre estaba todavía allí.

Como no decía palabra, y seguía allí, los músicos se pusieron en pie y aplaudieron. La música liberó al pueblo de la soledad. No obstante, su madre agitó las manos para pedir silencio. El mar de caras expectantes, gentes de otros países, incluso, por el sombrío pesar les fueron sepulcrales.

-Me parece que sé más cosas de tu mujer que de mi propia hermana- comentó aliviada y enfadada una que quiso salvaguardar sus intereses. Algo impensable para la abuela, en silla de ruedas, que a su modo se mantenía erguida.

Pero la vanidad pronto dio paso a la razón:

-Ojalá se hubiera despedido de sus cuatro hijos, siguen perplejos- hizo resonar con aire de culpabilidad su primera esposa.

Y también una madeja de cables quisieron unirse, cortocircuitando esos reparos. -Tenemos un medio de transporte para ustedes- reseñó el alcalde, diligente, quien recibió aquel chasco cruel con voz cálida; aunque no del todo.  

Ante lo cual fueron tan ricos como pudieron haber soñado. La condición humana los transportó, luego ellos murmuraron extraños, sin más perspectiva que irse cada cual a lo suyo; incluso el de la bata blanca y el estetoscopio.

El día que llovió hacia arriba fue ese.

18
Abr

Esas otras ventanas, a horas que no son horas

Ella, que no era una más de la fraternidad de las diosas, soñaba con un caballero de chocolate. Él, de los de la tribu que por no tener no tenía ni palabras, jamás hubiera soñado con alguien que oliera como la hierbabuena.

Ambos eran la flor marchita de la vida, víctimas de su propia superioridad, por el miedo que les daba decirse la verdad. Uno, que bien podría haber sido Al Capone, más cuando uno no puede ni andar en calzoncillos en su propia casa, gritar en silencio los triunfos ni le salía; y la otra, por fatalista ni besos de sirena.

El top de las cinco mejores ciudades para vivir lo conocían: Zúrich, Vancouver, Múnich y Auckland. Estaban en una de la otras Vienas, extrañados y ausentes, con todo lo que quedaba de ellos y la ventana reuniéndolos.

Ella se casó tiempo atrás con un rico, él aún lloraba por todo aquello que nunca pudo contar a nadie, ni forzadamente en un hospedaje. Al otro lado la institutriz, con esa carta para entregar desde hacía treinta años más sus sonrisas forzadas. El cuarto pasajero ya podría ser un malhumorado dragón o no; ni con los ojos verdes.

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