Hoy en día, que la gente sabe el precio de todo y el valor de nada, aún andamos con los espejos de fuga, el juego del tiempo y la invención del viaje… pero soñamos, la misma armadura de siempre, aunque con todo y con esas, siempre vamos a necesitar a alguien que nos cuente algo que no sabemos. Y todo puede ser, extraños o no.
Danzar y danzar, para remover las más dolorosas heridas. Fíjense en la imagen: Ni un viaje de diez metros dio ese. Pareciera que los pecados le seguían. Nauseabundas razones, llegó a pensar. Y de todas ellas, una muy necesaria: jamás la había olido, tocado, besado. ¿Los ricos son siempre ricos?, ¿por qué la madre y el bebé deben estar siempre juntos tras el parto?, anduvo cavilando ella, si bien los horizontes ya dormían en el océano.
Esos ojos redondos de mirada granítica, dura pero rosácea, marmolada y corsaria les procuraban miedo y encanto a partes iguales; también el eco de las lluvias que no terminaban de llegar cuales rayos de nostalgia.
Él ya sabía de los hermanos de su padre, de la hermana de su madre, de las primas de ella, de su tía que no era su tía, de la hermanísima y sus recurrentes veranos e inviernos de juventud, que tenía muchas sandalias para el verano (sin tacón), hasta había visto cómo le quedaban los vestidos de flores o los con y sin rayas (sujetos o no con cinturón), y que había ido a una modista marroquí en un sábado en plena tarde para unos arreglillos. Casi que le llegó a hablar del musgo del tejado. La muchacha tenía recursos a la espera de incipientes o tardíos frutos. Ella que de política ese pasaba, que estaba asqueado con todo y nada, casi sin familia, credo, coche y casa; solo trabajo y más trabajo, a falta de capital, mejor sobrenombre y ciudad más grande o chica.
Tras años sin verse, muchos, sin saber absolutamente nada el uno del otro, unos veinticinco, él había perdido la cuenta de las veces que habían quedado a tomar primero un café, luego un zumo y más tarde a comer y cenar, paseando, incluso. Criticando también tatuajes varios, elecciones de otros, siempre. A su lado tenían una ciudad moviéndose, que los saludaba, la misma que les vio de estudiantes, por cuando si se miraron ni se pararon a verse juntos, y sí, eso ya sucedía. Los dos se preguntaban, cada cual, en su foro interno, si sería ella o él.
Haber escuchado de la misma te daré un masaje, más los viajaré siempre que pueda no eran el peor de los miedos de ese, sino el ¿qué pasaría cuando ya no pudieran parar de mirarse, estando juntos? Porque se lo preguntaba. Llevaba cuatro o cinco, y ninguna tras de sí, salvo la primera vez. Él ni se acordaba de qué fue lo que le hizo saber que su matrimonio fallaría sí o sí, después de tanto tiempo. Y aún era joven, estaba en la edad de oro, y dentro de la fábrica, haciéndose, como toda persona con presente y futuro, capaz.
Ella también tuvo sus deslices, algo le contó en las sesiones de gastronomía que se daban, aunque lo más candente no eran esos pasados, sino la angustia del poder elegirlo todo. Aparentemente nada le faltaba a ella salvo su hombre. Hablar de coches, de la venta de todo tipo de modernidades y artículos vintage, de infinidad de viajes hechos y a la vista, de sus amiguísimas repartidas por medio mundo le confundía. A veces ella se le quedaba mirándole fijamente, como si fuera a decirlo todo. Pero no, tampoco se atrevía. En la penúltima cita, porque eran eso, citas de dos y nadie más, incluso al teatro, sufrió un castigo sin venganza. Se atrevió a tocarla. Sí, a tocarla, que no rozarla. Le frotó el brazo izquierdo por encima del codo bajo la excusa de saber si seguía teniendo frío, un calor menor debido a los aires acondicionados. Lo hizo justo al despedirse y cruzar el paso de peatones. Ese nunca miraba atrás, ni al cruzar el semáforo donde últimamente siempre le esperaba, dirigiendo el tráfico a la par de una fuente iluminada y crecida, mientras ella terminaba de pintarse.
La coquetería no la había perdido con los años, ni ese color tan característico. Un moreno rosetón tan cercano que él lo haría patrimonio de la humanidad, el cual dejaba a la vista esas arañas tan propias de quienes trabajaban todos los días erigiéndose en ciertas extremidades. Monumentos para él, según días; fortificaciones, en otros. Y había aprendido a no tener flores en la recámara. Otrora época ya se le habría declarado y llevado varios rosales y claveles rojos. No obstante, su bravura, con los años y experiencias se había hecho milimétrica, tanto como su dulzura. Sabía que le gustaba. A su modo, la dormilona le había dicho guapo. Esa, como buena dama, manejaba las lenguas. Y nada se la hacía tan fantástico e insólito como su quehacer diario, por muchos países en los que hubiera estado. Pero él le ofrecía otras mutaciones paisajísticas, de las más notables para su edad. Ambos sabían que era bueno caminar descalzo.
En la última quedada, que tuvo excursión de a pie para bajar la cena, casi que exploró lo oculto, pero no. Solo agua. Ni actividades deportivas compartían, o vuelos desde la ciudad de origen, traslados en tren u otras orgullosas ciudades. Tas el desayuno se intentaban olvidar el uno del otro, y eso que apenas se veían. La ciudad que los unía, por bella no destacaba, funcional quizás. De medieval nada. Callejuelas, bares, terrazas y poco más era el deleite. Un algo libre y poderoso, con multitud de pequeñas y grandes aristocracias. Ella era una de tantas, tenía un rico patrimonio, trabajado por su familia, que medio regentaba. Porque cada día había de reconstruirse.
A su edad, saludar a tantos al cruzarse en los días y los trabajos, tomarse una cervecita, sus pescados y mariscos, los cines, cafés y religiosidades no se los llevaba el tiempo ni los vientos, sino el azar. Sabía que lo tenía delante, a ese alguien. Un hombre medianamente robusto, agradable y con la calidez propia de haber encontrado su propio microclima. Más o menos, un encanto en la puerta del infierno. Pues ahí estaban ambos, en la propia gruta del diablo: soñando con casas viejas sin ni llegar a darse la mano. Un ejemplo de igualdad sin igual, si acaso. Cuando no pagaba él lo hacía ella, y viceversa. Quizás, razón por la cual los dos islotes iban resistiendo a toda esa erosión.
Era lo que ese más detestaba, regresar tarde a su alojamiento casi que peor que el primer día: solo y confundido, consigo mismo y con ella en la más pura esencia interior. Y el comer era la paranoia como combustible para la damisela, pero lista como ella sola nada le caducaba, sabía medirse la tentación.
Una vez a él lo vio con ropa ligera, no tan fino o grueso como ir en bañador, pero casi. Ella no, como mujer podía ir elegante pero informal sin perder su atuendo, siempre. Ahora bien, ese creía que ella hacía trampa. Le miraba por el balcón mientras la esperaba contando los hilos de agua que iban a subir de la fuente, impulsando esa parada y fonda apoyado en una señal de tráfico, normalmente hacia la tarde noche. Y nada de fantásticos aires de la montaña o las brisas marinas. Pero la gracia de todas esas esperas y salidas radicaba en la variedad: siempre había algo nuevo. De momento, sumaban. De momento, porque se ofreció a llevarla al tren para unas de sus muchas salidas por vacaciones, en lugar de que se tuviera que coger un taxi; y eso le descolocó a ella, una galantería que salió de él sin más, aunque a los segundos, de poder retirarla lo hubiera hecho, el caso es que no encontró la forma y manera de seguir siéndole gentil y educado sin ofrecerse a llevarla. Sabedora, y victoriosa, ella de inmediato le ofreció quedar antes, una gustosa esquiva como si fuera otra cita menor, de tantas. Él noto que ella también se había desencajado. Solo que a él no le pareció ni mucho ni poco, sino un mal cálculo suyo: podría interpretarlo como una declaración o un algo más propio de novios, queridos. Esa misma noche pudo haberla besado con todas las ganas habidas y por haber, de hecho, ella lo esperó, ni yéndose ni quedándose hacia la vera de su portal. Y no. Por haber hubo de todo y nada: carga útil (se ansiaban), cansancio específico (no eran sus primeras veces) y por supuesto, los costes de distracción (gentes que pasaron a deshoras). Sí, eran más peones que fugitivos, como toda esa ciudad de provincias de la que él y ella quisieron escapar años antes y no pudieron, formando parte de ese ejército olvidado del mundo: trabajadores sin fanfarria ni panteón, casi que escupiéndose contra el viento. La vida se les estaba yendo.
Alguien con espectro autista (personas de esas que recordaban momentos, no las horas con sus padres) los diferenciarían a la primera, formando parte de esa pobreza: la soledad más inaudita del no atreverse. Todo, porque las más crueles mentiras eran dichas en silencio. Tanto el jardinero almirante como la servicial empresaria, indefectiblemente eran infelices, por trabajos y conocidos que tuvieran. Hasta ese desorden de sus nombres cuadraba, como si Dios no les estuviera mirando. Seres que generaban quietud dentro del movimiento. Quizás los muertos de uno y otra hubieran planeado esas cortesías, pensó ese, o que algún petirrojo hubiera cantado sus abriles, recordando las muchas veces que a punto estuvo de probarla, algunas tan categórico como un mamut lanudo y en otras tan inadvertido y ético que un caracol se le hubiera adelantado, ya fuera por azar o por la propia interacción.
Apenas tres horas faltaban para que ella tomara el tren. Y ese estaba como cuando la vida te da un martillo; ella, cual mujer aplicada y obediente en su jaula de leones: su cama. Un reino siempre demasiado breve.
(CONTINUARÁ, si quieren)
En días en los que uno preferiría ser tragado por un desierto hay mudanzas imposibles. El hecho de perderse no es necesariamente malo. Quizás, ese picor inmediato de la ansiada mujer, las ciudades emblemáticas de naturalezas perdidas, o bien las orgullosas rutas medievales con sus cornisas. Un deleite, que también.
Calles empedradas casi totalmente, zonas reservadas, la gastronomía local. Alimentarse de lo que se tiene, y hasta se pone gafas de sol, sombrero, calcetines finos o más gruesos, subirse a un bote de agua, coger los prismáticos barriendo los horizontes con ligeras brumas azuladas o gélidas estaciones. Un pequeño puerto que recorrer, pubs, terrazas animadas o tradicionales. A veces todo incluso en el mismo día.
Vuelos sin compañías aéreas, paradas para descansar, refrigerios; visitar justo el centro monumental que querías. Bosques, huertas, barracas. Suelos arenosos con su microclima, acumular desniveles. Todo ello resumido en la más pura esencia. Hasta arena fina y calas de granito. Esa farmacia rural, las travesías.
Tiempo atrás llegué a estar en fortificaciones alemanas que fueron históricos y sangrientos escenarios de batallas, con restos de búnkeres y pozos donde pedir deseos avanzando en paralelo. Y la Ruta de la Seda, los viajes de Marco Polo, vestigios budistas, grandiosas carreteras que recorrer con/sin acompañantes de habla hispana. Sí, sentirte extranjero en ninguna parte. Uno de los mayores privilegios.
Artesanías locales, platos típicos, las mezquitas más grandes, antiguas calles y talleres locales. Trámites en aduanas. Deslizamientos de tierra. Caminos hermosos. Aquel glaciar donde la tarde libre para un corto paseo, masaje y seguir recorriendo el mundo. ¿Sí quieres? www.pebeltor.com Puedo escoger la temperatura, actos masculinos, palabras femeninas, abogados, poetas, tropas, médicos, homenajes a reinas y ciudades más o menos pobladas, entre otros.
Descarto de forma categórica los dinosaurios y los parientes cercanos, al igual que los compañeros de trabajo que manipulan los genomas. Una vez intenté clonar fósiles; tal gesta no prosperó, fue algo extravagante. Y se puede discutir, si ustedes quieren: aunque su vida dure apenas unos minutos.
Un trabajador que escribe a su Luna se engancha a todo tipo de degradaciones, que es lo primero que uno observa y relata. Una droga menor, pero droga al fin y al cabo: escribir, venderse. Y como decían en Alejandría: la importancia de disfrutar el camino, cualquier camino, y no sólo añorar el objetivo.
El demoledor retrato de cómo se gestan las literaturas diarias es ese: trabajo, hastío, intereses… casualidades. Y no, no seré el duende de los títeres. Tengo mi big data (ahorrando costes dentro de lo razonable: sostenibilidad). Es lo que pienso, es lo que creo. Así también escribo, en mi desconexión, otra manera de ejercer y de contaminarme en todos los sentidos, purificándome de mayorías, simplezas y hasta de mí mismo. Escribir es repulsa, y familia. La invención de la soledad y la paciencia pudiera ser lo más tradicional, lo más parecido a la tecnología sensorial. Rueda del oro de todas las marcas y empresas, conjuntos de personas. Si bien, no existe un secreto simplificado para rearmar una empresa o relación cuando no funciona, salvo la base, el armazón: los puntos de encuentro. Sí o sí. Los Cíclopes, los Lestrigones y la fiereza del dios Poseidón no aparecerán en tu camino si mantienes un “pensamiento elevado”, aseguraba Cavafis; los peligros sólo surgirán si los llevas dentro, si tu alma los pone frente a ti, decía el poeta griego.
Unos lo llamarán coser rotos, otros, no empezar la casa por el tejado; los menos, quienes no se afanan en demostrar la existencia de ningún Dios, dirán otra estructura. Y en toda estructura, sea de personas o de recorridos y arquitecturas varias, lo que rige es el orden establecido y el criterio a seguir. Yo adopté el mío con ella, no pudiendo vencer ni dejarme batir; en el trabajo, he de manejar el timing; como escritor, qué menos que saber de las sincronizaciones. Antes escribía alocado, quería subirme a un tren que no sabía si estaba pasando o no; desconocía hasta mis propios movimientos: necesitaba darme a esa velocidad, que me asfixiaba… De algún modo voy aprendiendo a controlarme, a saber esquivarme: respiro. No me queda otra, los golpes van y vienen, y se ha de mantener la mente en el tiempo presente.
A los que hacían las Américas les asesoraban con lo de “necesitas un nuevo nombre para tu nueva vida en América. Olvida el apellido”. Pero uno no puede llamarse Rockefeller cuando quiere dar rienda suelta a no se sabe qué, o arreglar una empresa o una relación, ni con diecinueve años o noventa y nueve; nunca. Ciertos logros requieren de recias espaldas y de manos enormes, no así de pies inquietos de los de caminar sin dueño: hay que saber dónde se pisa, y ser lo bastante fuerte como para que te duela. Escribir me ha ayudado a sentir mejor. También a saber discernir cuando la oferta que se me presenta es traicionera, o sencillamente es la que es, y debo analizar ¿qué llevo perdido?, ¿y qué llevo ganado?
Pero sí, una buena suma de dinero no estaría mal; y un beso, mayor o menor; o un abrazo de los de verdad. En algunas sociedades se hace una limpieza a fondo, con pintura incluida por dentro y fuera del domicilio al fin de un ciclo, en otros al comienzo, que es como debo verlo, aunque esté cavando mi tumba porque siendo independiente te tildan sin serlo. Supongo, que limpiar es otro modo de allanar a los vociferantes, con regateos, pues no es posible escapar del miedo, solo contenerlo, pero sí, dicen de uno… No me queda más que dejarles, que te elijan es la primera mitad de toda guerra; la otra, ejercer el puesto. Ítaca brinda tan hermoso viaje.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Presencias que hasta se yerguen en tu alma. Escribir es como soñar lo inexplicable, tocándolo. Una ambición de la vida en modo tenue. Fuera de octubres. Cercano, distante y normalmente desentendido, todo, lo uno y lo otro, siendo un buen gestor de recursos y de sentimientos sin que te afecten más de la cuenta. O sea, como toda relación que se precie o haciendo de buen ejecutivo: aburrido, formal, decidido, prudente y virginal, pero siempre con toques rotundos y tímidos.
Pero ¿qué hacen los gurús de la gestión para aunar y rentabilizar proyectos, vidas? Hoy en día hay hasta cursos de cómo ligar (cómo entrarle a una mujer, leí recientemente), con clases teóricas y prácticas. Yo creía que nada superaba a cuando uno va a dar el pésame a un funeral, y se ríe -como medida de gracia- con el allegado del fallecido, en un duro y feo gesto cruel y animoso, recíproco más bien: de inteligencia excepcional.
El caso es que uno siempre ha de tener un plan. Quieras o no compites, la vida te lleva a emprender caminos diferentes, estés o no en una majestuosa posición; la vida te incauta. Y de manera natural no se aceptan las divinas dádivas: todo tiene un precio. Si eres jefe te revisten de cabrón, lo menos, a poco que hagas o dejes de hacer a las naturalezas, por más que quieras unir el esfuerzo con la rentabilidad, lo tradicional con lo innovador y las emociones con lo sustancial. Y si eres un querido, los primeros días pasan pronto, y la esperanza de alcanzar cierta satisfacción interior también se va con las biografías del silencio. Eso, en caso de tener trabajo o alguien a quien querer. ¡Qué también es lo que me pregunto!, ¿sí tengo trabajo?, ¿sí tengo vida escribiendo? No quiero ser un fotógrafo retratista, tengo mi temperamento, y por supuesto mal genio, sé de lenguajes bruscos e insultantes y de hacer las cosas a regañadientes. Gestionar, escribir, no es un juego de niños. Los escritores hacemos que las cosas sucedan. También sabemos de las cadenas de malas decisiones, o de que nadie quiera escuchar a los trabajadores; toda gramática de gestión se parece al boxeo. Ansiamos dar ejemplo de aquello que exigimos, y aceptamos lo que nos viene… pero para llegar lejos mejor hacerlo con ventajas: conciliamos, aunamos.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
Todo arte y oficio tiene su profesión. Sus códigos. Sus extrañezas. Tiempos. ¿Pero y si te quieren y no estás preparado, si te han pillado a contrapié?, ¿si alguien tiene interés en conocerte? ¿De veras se puede redescubrir que la comida tiene un sabor diferente?, ¿y que la lluvia no cae solo en mi cabeza?… Me han elegido, me han condenado. ¡Qué cabrones!, ni un mal secreto simple… Me han usado como a todo soldado, diciendo sin decir.
Si la memoria no me falla: he pasado por no tener ganas de conocer a nadie; no apetecerme trabajar, en absoluto; no tener ni la intención de extrañarme por las extravagancias, que las sigue habiendo; e incluso a tener los ojos agresivos… Me siento preocupado, por cuando el llorar ya no es de niños pequeños. Es lo que me ajusta estrictamente a la realidad. Inevitablemente hay que trabajar, disfrazado, en la mayor parte (hasta los vagabundos se disfrazan). Y he de ser referencia, ese es mi poder: dar ejemplo. Así como controlarlo todo, sabiendo delegar y hacer. Sí, será un paseo largo, por corto que se nos haga; o viceversa. Llega un punto donde lo que importa es no hacerse daño. No vale con permanecer a la expectativa, y ser uno más de esos retratistas. En todo anuario de la vida terrenal, observar el rostro de otras personas, más rostros cada día, todos distintos y al tiempo iguales, te mantiene los ritmos constantes y te da la seguridad de que los mejores días están por llegar. Así debo entenderlo. Y a los de dientes grandes y brazos flacos, se les ha de urgir con o sin dientes; me tocará a mí, lo llevo reclamando: oficio. Es la alianza global, como al escribir, porque nadie sabe qué va a salir cuando se enfrenta uno a una página en blanco… aunque nos movamos por plazos, objetivos y organizaciones. Y sale: se escribe.
Pero no tiene ya nada que darte.
Dicen que en la entredicha radioactiva ciudad de Chernobyl ha vuelto la naturaleza toda vez que el hombre ha desaparecido y se ha dejado lo salvaje, ¿pero qué naturaleza?, ¿será buena o mala? ¿Qué timing conlleva Chernobyl? Las oportunidades, crecimientos, también pudieran ser incontrolados: nefastos. ¿Acaso es ahora Chernobyl una jaula de oro?, ¿flores que tararean sin problema? ¿Es esa la cara rica del planeta?… No soy lo suficiente mayor como para creerlo. Empiezo a sentir una intensa aversión; empiezo a ser una perra chica. Qué quieto parece todo en ciertos momentos. Pregúntale a tu padre, asesorarían los de las Américas. Y ya no tengo. Pregúntale a tu madre, dirían, de saberlo. Y ni en un acto de desesperación veo solucionar ese punto muerto tan nuestro. Nunca di un paseo tan largo al volver a casa: iba con ella, sin ella; sin duda, algo mejor que nada, quizás lo más preciado para un hijo, e insuficiente a todos los efectos. No fuimos capaces de hablarnos. Andando. Como las leyes de la realidad: ese trayecto será uno de los más recordados, en toda mi vida adulta y de niño máximo. Mi madre jamás ha llorado delante de mí, pero vertía lágrimas a escasa altura de mi cuerpo, con el rictus serio y la vista alzada hacia adelante, seca, a punto de abrir la boca y de decirlo todo y nada… pero sin nada de preguntas: solos, extraños. Patético, tampoco tengo padrino ni madrina. Solo tengo mi rara normalidad, mi respeto. Mi desprecio y exigencia… mi naturaleza: el deber.
¡Ojalá pudiera cerrar los ojos y despertarme delante de un nuevo escaparate!, ¡qué pasen sencillamente esas cosas que no pasan y todos queremos tener!, ¡qué las cosas rotas se arreglen!
Y no, no hay ni silencio. Es un ser y estar conmovido. Todos los semáforos están en ámbar, espejos de almas simples. Hasta querría ser mudo y que me operasen sin anestesia para ver mi propio estallar… para que todo cambie súbitamente, para que nada sea igual… Como hijo, como escritor, eso debo hacer: cambiar las dinámicas. Las actitudes. Pero que todo siempre esté listo. Que nada falte. Siempre con las perfectas educaciones, que no somos ni seremos marionetas. Que los secretos de quienes se hablan y no creen ser vistos no hagan más daño si cabe. Una sintaxis aparentemente desordenada, del medievo; bajo una misma lengua: palabra, orden y mando, con la espada en alto e historias que contarnos. Trabajos de una misma luna: existir, pues lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido o esperar que la historia devane los relojes y nos devuelva intactos al tiempo en que quisiéramos que todo comenzase; que llega el momento de ejercer más y mejor.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.
Por eso, es importante leer las señales que da una persona desmotivada. Nada le parece suficientemente bueno y se queja. Evade su responsabilidad y da excusas para no cumplir sus metas. No siente entusiasmo por su labor ni busca aprender de otros. Evita el trabajo en equipo y no tiene iniciativa. Destruye la moral de la empresa al difundir rumores o malos comentarios. No apoya la misión y la cultura empresarial. ¿Por qué sucede esto? Si bien hay empleados, personas, que simplemente no se ajustan al perfil de una empresa/relación, y otras veces son las compañías las que fomentan este tipo de actitudes en su fuerza de ventas/Servicio. Es vital reconocer el mantenimiento del negocio. Satisfacer sus necesidades ayuda a que tengan mejores resultados. Si dentro de tu relación/organización se presentan situaciones de esta naturaleza, pero no sabes las razones, hay que preguntarse puerilmente: ¿Qué tienen en común una estrella, una interrogante, una vaca y un perro? Es una pregunta curiosa o más bien completamente extraña y confusa. No he enloquecido aún. Estos cuatro elementos representan gráfica y metafóricamente algo llamado Matriz BCG. Aliados que ayudan a analizar tu cartera de negocios de manera estratégica para que puedas decidir en qué empresas, personas o productos vale la pena invertir y en cuáles no. La matriz de Crecimiento-Participación, en primera instancia lo reduce todo a una vaca, un perro, una estrella o un interrogante. Nada de princesas de mármol o de cristal.
No toda inversión es efectiva: están los mercados, los ciclos de vida, etc. Hay que categorizar. Enfocar inversión/beneficio para averiguar la rentabilidad. Como escritor, hace tiempo que decidí escribir para mí: analicé los años de vida que tenía, ¿cuánto invertiría?, evalué posibles ventas, mi participación y estrategia. Como jefe, sin serlo, analicé con qué equipo trabajaría, las normas a cumplir y el factor tiempo, además de la oportunidad, pues debía reconocer y aceptar mi propia sombra. Y decidí, que somos lo que somos. Igualito que cuando incrédulo, comencé un diario, medio esquivo medio decidido. Necesitaba coser mis rotos. Ahora, debo manejar las prosas y los versos, algunos torcidos, con docilidad, rigor e ilusión, bajo la misma lengua que se nos va yendo cuando no somos, canalizándolo todo. Paseando en corto o en largo, pero estando, cuidando: los perros no hablan pero oyen muy bien.
Actualmente, si preguntase por un nuevo nombre, ya estaría perdiendo el tiempo. La prioridad es la que es: cumplir y hacer cumplir; sí, cercano, racional. Plural. Y lo demás son historias. ¡Qué pase lo que tenga que pasar en todas las lunas de lobos! Estamos condenados. En muchas ocasiones son nuestros propios demonios los que nos estorban… hasta el paladar.
Todos queremos volver a casa, a Ítaca,
avistar desde el mar la isla en la que crecimos,
volver a ver a la mujer que amamos y que nos espera hace tantos años.
Para poder ver la newsletter pinche en el siguiente enlace: Newsletter Julio 2019
Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.