Pedro Belmonte Tortosa

24
Oct

Morir un poquito más libre, sin saber

Aceptó el café, tan castaño como sus ojos, que se desenfocaron. Ella le sonrió, sembrándosele las mejillas de los ininterrumpidos hoyuelos, al tiempo que se dividía el perfume. Ella, más la emoción más íntima a quien procuró no turbar.

Cada mañana, o tarde, cuando los turnos se lo permitían, con el mejor humor adelgazaba su estresante ritmo ataviada como aquella vez, o casi, incluso con los pendientes de perlas falsas; hacía eso que para su hija era un sinsentido, o un juego más, por joven. Sujetándose a las ventanas las abría, después, miraba afuera de la habitación; la que permanecía a puerta cerrada salvo en ese albor, en la que algún que otro día sufrió su arrojo restregando las paredes con estropajo.

Era la rutina; como si todavía le besase un lado de la cabeza y luego lo soltase, cosa que jamás hizo ese corcel de bebé tan diferente, y tan igualito a su madre, desde el mismísimo momento en el que la morena empezó a tener barriguita, en un mundo tan desesperanzado y terrible. Nunca admitió el cheque del otro.    

17
Oct

Anhelaban conseguir prosperidad

El interior del asilo no tenía mejor aspecto que el exterior. La discreción truncada fue esa: caballos salvajes corriendo. Picores, quemazones y todo fue desapareciendo. Al principio, mis obligaciones consistían en ir de mesa en mesa.

Caprichoso el destino, caprichoso el calendario. El despertar de los sentidos me pilló desprevenido y sin haberlo intuido ni por asomo; muchos otros lo rezaban, sentados a descansar, con o sin paliativos.

Las losas, pulidas por años de uso, también trotaron; y el banco de piedra, así como los botones que las criadas les cosían hablándoles despacito.

A su término, no pude más que echarlos al pozo. Uno se me quedó olvidado, me lo encontré jugando a las canicas.; el que sufría demencia, quizás estuviera confiado y revoltoso aquel día. Un pobre hombre sin ni gratos recuerdos. Años de televisión, miradas a los tejados, su tapete, las fotos de familia en su sitio, y el lujo terrenal del sofá y el sillón: otra peligrosidad por sí misma, ya sin tradición que seguir. Nada heredaré de él.  

10
Oct

Puso el motor en marcha, creyendo que la echarían de menos

En la universidad le dio igual la liberación de la mujer, enarcó las negras cejas, poco más. Las mordaces opiniones de otros ni las contempló. Observándola, ya no volvería a colocarse las gafas sobre el puente de la nariz con el imbécil del profesor mirándole el bajo de la falda, sibilinamente.

De mayor, tal día, de buenas a primeras se bebió todo el café irlandés y puso la alianza de su boda en el hueco del cenicero, que su coche aún tenía de esas cosas. Le dolía bastante la cabeza y, habiendo bajado la ventanilla y puestas infinidad de canciones, miró el reloj analógico del salpicadero, el que siempre daba la hora. Si bien, ello fue un magro consuelo. Llegaba bastante tarde.

Lo que jamás supo, es que él hizo lo mismo. Incluso levantó más viento que ella. Los invitados también.

3
Oct

La isla y sus torreones

Cuando llegó el otoño, con el amanecer de las mañanas más oscuras y un sol que se crecía imponente hacia el mediodía, quedándose en la trastienda hacia media tarde amablemente, cual mechón de pelo por detrás de la oreja día sí día también, demasiado crecido en ese pasillo de las estaciones, a él se le colmaban todos los instintos de imaginarse habitándola.

No era un muchacho grande, gordo y lampiño, sino uno que rezumaba madera, miel y todo cuanto hubiese de noble en las franjas de suelo que pisase, desde que el mismo empezó a lactar de los senos de su madre, embalado por entre sus rodillas, muslos, vientre y pechos.

Ella había tenido un novio anterior, o varios, la que aprendió a echar una mano desde muy pequeña, y no por ello dejó de tener inquietud y encanto, que escondía de más o bien que los mostraba en arrebatos de inesperada locuacidad para a veces quedarse tan muda como el mejor atardecer.

Insensatos, cada cual afirmaba, que, en sus recuerdos, enarcando las cejas pero agradecidos, una vez poseyeron un lugar que compartir, donde no hubiera más formas que la marea creciente, las carreteras distintas, los conciertos de invierno y la seguridad de creerse delincuentes vertiendo una botellita al mar o a un río cualquiera con la pequeña alegría de llegar a levantarse temprano o acostarse tarde, adorando hasta el olor a frío corriéndoles por las venas, retozando como cachorros y comiendo panecillos en el desgarbo de sus tardías adolescencias.

El ritual era agradable. Los primeros de mes, él; el resto de días, ella. Por infrecuente que ello les fuera, mes tras mes, año tras año, desde los dieciocho no menos hasta sus cuarenta y tantos, en días apocados y otros hasta hablándole a la luz de los ojos que se veían reflejar en la cambiante humedad del espejo, justo antes de salir a esa farmacia de los días, igual que un ratón dejando a un lado la aspereza, los miedos y las malas prisas para recorrer con carácter los alrededores sin malos modales, dispuesto.

“No habría funcionado”, asintió ella, toda vez que se le cuadró el sol invernal, poniéndose un mechón de pelo detrás de la oreja donde una franja de suelo de madera brillaba como la miel. “Cierto. Antes no, ahora sí”, contestó él, acercándose, primero con las yemas de sus dedos, luego, con la boca cerrada. Pero parece que eso ella supo hacerlo.  

26
Sep

Y llovieron pájaros… otra vez: primera sangre

Y llovieron pájaros en una soledad parcialmente compartida, hermosa y triste. El día de lluvia en Nueva York fue así, delator. Otra trinchera infinita privilegiada. Otra vez que le tocó hacer de girasol ciego a la hija del ladrón. Más la lluvia, fina, le hizo sentir una mercenaria despedida. Una negrera negra bien blanca repleta de abusos sin poder decir ni hacer.

Pocas veces, tan claro y con tanta intensidad sufrió lo que amaba, quedándose sin nada, ni el afán de posteridad.

Suerte que lo tenía todo para esa noche, permaneciendo sentada en un escalón durante toda la búsqueda, apartándose obligada de los: dicen que han dicho que dicen.

La policía hizo prácticamente lo mismo. Se pusieron en contacto con el maquinista y detuvieron el tren.

Ahora se hallaba más cerca de la ciudad que de su casa. Sin embargo, nada de eso le importaba al señor Berger. Ni siquiera la lluvia.

El orden era para gente aburrida; arrollar a alguien a semejante velocidad arrastrando sus cuerpos destrozados hasta otra parte de las vías, pavimentando el andén y encenderse un cigarrillo por la pura evolución de las cosas fue el frío inicio. El señor Berger, en su coche patrulla, la condujo directamente a su domicilio. Por descontado que sí, ningún otro pudo hacer eso. Si de algún modo su hija hubiera atropellado a una mujer sin saberlo, todavía.

Los vecinos congregados en la zona empezaron a irse sin poder reprimir una última mirada curiosa al señor Berger. No les costaría encontrar los restos de su mujer. 

19
Sep

El olor y ese todo

Ese algodón de invierno, también hermosa alma de verano, en la noche que conduce al día y el blanco de todos los errores tiene memoria, y olor; un todo, que invade, con genes que aíslan del mundo sin tener que fingir ausencias.

Y todo lo demás se podrá solucionar con recursos económicos.

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