Pedro Belmonte Tortosa

12
Sep

El hambre era la misma hambre

Cada día se ponían una máscara. Ella lo llamaba maquillaje, ponerse guapa; él, haciendo de cómplice, no le arrebataba esa libertad y también se arreglaba. Hacia la noche ya tenían otras permanencias de pasión, anhelo y peligro.

Pero sí, pudiera entenderse que él solo cumplía con su deber y ella ansiaba escapar. Solo que los inocentes no salen corriendo y las esclavas paren esclavas.

Cuando salieron de la cárcel y entraron en la misma, ninguno supo qué elegir, separados. Y hasta el mismísimo día del juicio final dudó ese hombre condenado.

5
Sep

Los 05 de septiembre

El banco apenas ha cambiado. Mismo lugar, mismo entorno, y una ligera evolución arquitectónica. La farola sí que no la han sustituido, sigue a ras de vida. Como yo, es de las que creen que otro fin del mundo es posible. Yo llegué a soñar que el corazón se le hacía añicos para no tener que volver a verla, más la postergación de hacer lo que realmente se quiere en la vida es dolorosa. Nunca falla, todos los 05 de septiembre vuelve y se sienta.

Es, el puro retrato de la precariedad y reivindicaciones de toda una generación. No le queda otra que darse a sí misma la flor, igualita que la primera vez, aquella que dejó estar por unos minutos (que se nos hicieron eternos). A punto estuve de ir a por ella; mi torpe marido no me dejó. También disfrutó viéndola. Hasta le pusimos nombre. Los años dieron para mucho.

Si fuera argentina decidimos llamarla Eva, nuestra Evita; si fuera Ucraniana, que algo tiene también, sería Tatiana. Él se inclinó por esa zona, de hecho, hasta fuimos de vacaciones hacia el río Irpín por si la veíamos también allí. Dos años antes a Buenos Aires. Todas las calles las paseamos. Perdí once kilos. ¡Quién los perdiera ahora! Han pasado muchos. Mi hija me dice que soy tonta, que ¿por qué no le pregunto?, ¿qué me viene bien expresarme?, hablar, reír. Pero para una cocinera jubilada como yo qué otra cosa podría hacer sino mirar la vida de los demás. Y algo le tendré que contar a mi nieto. Otro hombretón. Su abuelo falleció también con la intriga. Mucho Alzheimer pero bien que se acordaba de cuándo era el día, dejándonos tan poco espacio en la ventana, menos mal que mi hijo el grandullón lo bajaba bien cerca de ella, porque fueron los únicos que han estado a menos de dos metros de esa belleza nuestra. Ni el perro Tomason Olivier; otro que se nos murió, ¡pobre mío!

En el centro de salud lo vengo comentando desde hace unos años, por si alguien la ha visto. Y no, aunque Marie, la enfermera, me dijo una vez que hay mujeres que hacen eso: que aparecen y que desaparecen, con o sin flor. Ninguno de la familia nos lo creemos, cierto es que habría que ir sospechando, mal que nos pese, porque sigue tan joven como el primer día nuestra princesita, por años que pasen.

Yo, al día siguiente, me subía a la barandilla, imitándola florida. ¡Qué recuerdos! ¡Quién pudiera! Y él contemplaba mi dolor y desamparo en un universo poético de lo más hermoso. Hasta le hacía ojitos mientras la música huía noche abajo.

29
Ago

Las horas como dedos amputados

El tiempo nunca te espera, ni la sensación de caminar entre la niebla, el efecto de la luz en la nieve, los aguaceros que lo pueden todo o los olores de las brasas de un fuego. También los institutos, los desconocidos, esos trabajos pendientes y los billetes de ferrocarril para ir de un sitio a otro con otras prisas. Verbos, y sustantivos, que cambian. Aunque siempre nos servirá alguno… de esos días en los que todo fue una viñeta, ya fuera para aclararse, para ser un trotamundos o para ni atreverse a caminar siquiera.

En general todo pasa y todo tiene su desvelo e insatisfacción, más la impresión de desaparecer de sí mismo es algo mágico. Así está la mar hoy, insufrible, diría con pena uno que se queda; muy distinto a quien se va y no termina de irse Menudo día de baño. Ambos perturbados, desorientados. Porque inevitablemente nos centramos en los giros radicales, en las primeras tentativas, y hasta venderíamos sangre para comer. Bravuconadas, dado que no hemos aprendido a estar, ni en los trabajos y los días ni en las vacaciones.

Todo, por los imperativos morales, de los más aciagos, hasta que los mismos cobran un aspecto diferente: de desobediencia civil, de prenderles fuego. Perdería la facultad del habla, acabaría dejando ciego a todo el mundo, dirían esos dos de antes, indistintamente, si hubieran aprendido a vivir. Algo extraño, antinatural, o no del todo apropiado. Significativo trastorno en las condiciones fundamentales de vida que se precisan de cuando en cuando.

Hasta tanto, con no infringir la intimidad de los demás, me vale. -¡No he visto nada!- diré. Y convendría también saber decir: -Eso ni es asunto mío. Lo siento-. Así, las horas, serán eso, horas; y los trabajos y los días constituirán un pequeño paso adelante, los mismos que nos dan las naturalezas, yendo y viniendo a su son, con la intensidad añadida del volver para todo o nada en un cara a cara sinigual una y otra vez, y no esos movimientos sinuosos de los animales encerrados en los zoos que miran con miedo por entre los barrotes, de dentro afuera y viceversa.

22
Ago

La dama de oro

Y sus senos de duro estaño en un blancor almidonado se quedaron, como en una fragua al aire, no solo al aire. Ni un enjambre vacío de vida pudo enhebrar tantos raíles, por angostas mis manos y pequeñas las cuencas de sus ojos.

Si queremos saber lo que es la paz no podemos llamar a la guerra con el mismo nombre, me dijo, cual Madre Teresa, como si fuera un asesino, un saqueador o un salvaje. Fue sumamente despiadada.

Para ella, la lealtad lo era todo. Ignoras totalmente la diferencia entre el bien y el mal. Halló respuestas en mi infancia. No creciste rodeado de carpas, intentando atrapar una nube. Te ensañas con ojos chispeantes.

Verla salir fue como comer carne cruda, huyendo despavorida. No titubeó, ni sangró por la nariz; me ahogó en mi propia sangre sin creatividad alguna. Los raíles fueron cuerdas perfectamente orquestadas cuales lazos, veleidosos con su silencio, dejándome nauseabundo y pestilente. Ella estoica, humilde, también iracunda más sin huir despavorida.

En oleadas cresta arriba, por entonces, supo repelerme, disuadirme sin rebanarme la cabeza, obcecada conmigo, cual títere. Serás feliz, me dijo, pero primero te haré fuerte, tan fuerte que el que te haga daño se arrepentirá. Un gran marinero puede navegar aunque sus velas sean de alquiler.

El viejo y conocido olor ahora es lo más versátil, habiéndome dejado el umbral del dolor, su dolor, más bien bajo, consciente de cosas muy sutiles en el entorno. Tacho las banderas de pavor, de mortaja. De nómadas analfabetos. De puertas de acero y muros de cemento. Deformar el cráneo de los niños con vendajes era común, aún duele, ella no. Todavía le hago círculos al cielo en sus trayectorias, fantoche, mojigato, soldado y gente infinita.

¿El hechizo de un café?, recuerdo; que planteó. Ya terrorífica, diferente, salvaje. Cuidado, el hombre no tiene nada que perder, porque no tiene nada que proteger, avistó. Y voy. A su fotografía; a eso. A ella. Sin aires.

16
Ago

Un libro a medias, nadie mejor para una canción lenta

En la película Toro Salvaje, creo que decían: “una mujer en el lugar apropiado, en un momento apropiado, en las circunstancias apropiadas puede hacer lo que sea”. Eso también influye, porque soy un hombre. El título, que me costó dar con él: Nadie mejor para una canción lenta hasta he pensado usarlo para el siguiente libro y no me parece justo; la ceniza sagrada de otros cuerpos acumulada en la voz de viejos cantos no tendría que dar ramas verdes. Es la cara amarga de la soledad, donde sobran las manecillas del reloj y faltan otras maneras de estar solo, acabándose ahí el silencio. Dulce piel que no prolonga afanes.

Siempre lo he visto así, lo que se empieza se termina. Pero no. La firme aceptación de estar conforme con lo que se está escribiendo genera duda. Conforme me pongo con el libro en curso, mi gesto, mi tiempo, me hace patinar. El actual no es como otros, no sale con esa costumbre de andar sobreseguro, me veo más como un manojo de huesos y de palabras; ni prolongo afanes ni adivino astros.

Todo es una espesa corteza, hasta ha habido días que he tenido que evitar para no escribir malhumorado, porque todo influye. Cuando el entorno no es el adecuado, y los trabajos (funcionariales en mi caso) se convierten en patéticos y odiosos, eso de resguardarse en la escritura como tal paz dorada, seguridad, pan y mejor metal, es un andar cuestionable.

Dudo si seguir y darle un mejor desarrollo y fin, correlacionando lo que ya llevo hecho, que es bastante; o bien dejarlo estar. Me daría igual deshacerme del mismo, como ya hice una vez (hecha la excepción todo vale dicen algunos), o apartarlo al sueño de los justos, dejándolo inacabado en una caja sin nombre. Más el futuro de lo que hay no es la duda, sino habitar esa tierra de culpas, porque este libro iba a ser un pequeño y sucio secreto con deterioros de ADN. Versaba sobre un pueblo de china, junto a la Gran Muralla. Se trataba de poner en duda la verdad absoluta y eterna que existe sobre la misma. Y, sin embargo, como que necesito lo menos cien letras para vehicular lo que antes salía en una, por días inerte, cabizbajo, sumido en la incoherencia de la empresa para la que trabajo (la que ni escucha el terco movimiento de los corazones insomnes).

En fin, la realidad tiene la última palabra para validar o refutar. No todo vale. Negar un libro lo mismo es trucar las leyes de la naturaleza. Si no es lo suficientemente bueno, como me parece a mí -por lo sentido hasta la fecha- lo mismo debo simplemente seguir por eso del método y lenguaje, aunque esté disconforme. Dejarlo todo en presencias que nunca se acabaron ni se fueron podría pasarme factura, ¿y si me acostumbro y sucediera con otro más, y más? Creo que tocará habitar la tierra de culpa, ¿no sé si entregarme sin tristeza a ese rumor amargo?

 

 

15
Ago

Hacia un pequeño pueblo perdido…

Todo es caos, todo es azar. Sombras, afán y paz dorada. Primera vez. 

Sonidos de tropiezos, de estar solo y bien acompañado, ecos de los días.

Ritmos e impulsos. Sueños, anhelos y presencias, que no vértigos. 

Relámpagos que se adivinan, que buscan lo que esconden.

 Peligros menos hondos, de los de poco a poco.

Fiebres inocentes, rumor y vagar de miradas.

Otro dolor de heridas; otros silencios neutros. 

Dulce piel que así se mueve;

dulce desdén de ojos, soles y caminos;

dulce habitar la tierra de culpas

Todo es caos, todo es azar. Más todo es relativo. 

Ni el doble fondo de un niño cogiéndose a la mano de su madre.

Ni la espesa corteza de los días. 

Firme aceptación,

firme gesto del tiempo.

Las cosas como son.

 

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