Usted y sus hijos tienen la oportunidad de leer a Shakespeare, Kipling, Keynes, Calderón de la Barca, Rimbaud, Paracelso y PEBELTOR en un mismo libro, hecho para todas las edades.
-Siete mil quinientos cincuenta millones de personas- respondió- y no confunda el mundo de aquí afuera con el de ahí adentro.
–Eva no tiene paraíso, es el título- aterrizó.
-¿Y de qué va?- preguntó la mayor.
-De eso, ya se sabe. Es una novela de una sola frase.
Lo dejó sin palabras cuando le preguntó ¿qué soy yo para ti? La gente eran los otros, pensó él. Y quizás debería tener miedo al miedo, pero ni eso. Tampoco es que el objetivo es que estuvieran tan ocupados en el trabajo como para que así no se preocupasen por sí mismos; eso hubiera sido malvado, por elegante, y temible.
Aquella mujer insólita, áspera hasta que supo de su forma de demostrar cariño y empezaron a existir, no perdió rasgo distintivo alguno. Tal y como le soltó la frasecita –¿qué soy yo para ti?– continuó imaginándolo en ese pañuelo, enfundado o desenfundado, inolvidable y complejo. Y por más que ese alimentó la imaginación no supo de mejor astucia que callar toda esa percepción. Su masculinidad no pasaba por pintarse las uñas ni por mentir. Eran gente normal.
Pero ella provocó el surgimiento. Insinuó algo, o lo dejó caer todo, enmascarada tras ese nimio y apabullante pañuelo bajo el arte de no hacer nada y de vivir de nada. Costaba creer cómo unas palabras tan suaves golpearon tan rudamente a su chico. El ¿qué soy yo para ti?, pasó a ser algo indescriptible; aislamiento y aridez, tenerse sin estar, marcialidad: también un teatro de la sensación donde la belleza no era nada, donde la belleza no permanecía.
Ni tiempo habían tenido como para ponerse a ver las veinte mejores películas de todos los tiempos. Lo dejó como a un caballero sin espada, cautivo del deseo. ¿Quién era ella?, la extraña del pañuelo. Esa mujer marcada que resignificaba los símbolos. Al desnudo, bien que le hacía, porque una misma almohada les valía. Pero sí, eran más que el tiempo; una misma tibieza: juntos, riendo, despeinados. Un tiempo que no se movía, ni parpadeaba. El sonido abstracto de los pensamientos les podía. Los objetos habían dejado de tener significado.
Y ella con su mirada retadora, un tanto petulante, con ese lenguaje conciso, ágil y sencillo del pañuelo y las confidencias de la pasión del alma. Los pájaros se asombraron de que no volase, pudiendo; un niño la apuntó con un dedo, todavía porque ignoraba; nacieron extrañas plantas a su alrededor, laberínticas. Ella y él fueron la Viena de entreguerras con un parpadeo lento. Una guerra que les borró todas las palabras con mayúsculas aquel día de cólera en el que amueblamiento de los ochocientos mil besos detuvo todas las balas.
Un poquito más mayor se sintió ese, y joven ella: magnífica derrota coral, sangrienta deriva. Lo tenían todo, más la guerra sacó lo mejor y lo peor. Había despedidas que eran necesarias: obedecieron a la voz que salió de la radio, queriéndose poner ella delante de los golpes, tanques o lo que fuera, no obstante, ello no fue óbice para que ése, deslavazado y a trompicones desordenara más las cosas, escuchando no muy de lejos el ruido de la puerta y hasta los pasos en el pasillo, mascullando la esperanza y la verdad con las vísceras ya inflamadas.
El hijo, que nunca había matado a nadie antes, con la boca manchada de chocolate, cumplió escrupulosamente las instrucciones.
No paraba de sangrar, sangraba de vida, de apuro, por rabia. Ardía, se retorcía. Lo sabía ella y solo ella. La sensación de encaje, la sensación de que a medida que iba creciendo estaba siendo más absorbida por sí misma, la hacía hasta perdonar y condenar sus orígenes y creerse dos mujeres en una bordeando los sueños bajo el mismo patrón.
Mujeres que decidían con contundencia respecto a los hombres, a quienes unían sus vidas, ya fuera con curiosidad o morbo o con la mejor de las decisiones privadas.
Sangraban y la raza parecía no tener nombre ni el más mínimo atisbo de crueldad que la propia piel, despojada de lo superfluo, intensa y memorable, también breve. Sangre que se recreaba en ciertos sabores dejando una profunda marca a según quiénes.
Sangrar, sangraban hasta las cantantes calvas, las profesoras más inteligentes, las del porvenir y las víctimas del deber. Todas sangraban, incluso las jóvenes casaderas en un delirio a dúo. Sed y hambre de un juego burlesco y dramático, de ídolos vacíos. Nunca cuentos para niños menores de tres años.
Con todo, simplemente sangre; de las que algunas no tenían ni idea, sí que lo sentían mucho. Y lucha encarnizada por ocultar, en realidad, ser mayor como momento cardinal. Fórmula para hacer hincapié en la propia estupidez o en la suma del entendimiento. La lengua más pobre, el extrañamiento.
Y el respiro más profundo de los aires vivificantes, toda una vida.
Hacia la mañana, el primero de los cantos ya se atasca de buenaventura y se señalan las manchas, el primer lugar de pecado, y sin otra alternativa, luce el sol sobre el mundo de siempre. (Para los ingleses lo mismo, que no hay periodo intermedio).
Los días felices se viven con un mundo de color, otros, con acusado humor negro, casi que, sin afinidad, donde nada es más divertido que la desdicha, pero siempre la misma cosa: esa oscuridad que amenaza invadirlo todo.
Para cuando la última cinta, el monólogo interior es más de asedio. Pronto, a pesar de todo. Sin próximo mes, quizás. Más se vive en la transfiguración, y en las fiestas que no se celebran; permaneciendo en las viejas costumbres, esencialmente pesimistas en la voluntad del vivir. “Seré yo, será el silencio, no sé, allí donde estoy, hay que seguir, voy a seguir, en el silencio no se sabe” denotan algunas como mera existencia, obligación, sin meta, sin esperanza.
Ruinas y refugio, el fin, no más falsedad. Un ruido que no se mueve. Rostro gris azul claro, cuerpo pequeño, apagado y abierto. Cuatro lados a contracorriente, sin salida. “Debió de llorar cuando niña”, dirían algunas. Solo el grito del nacer lo supera, cerrados los ojos y cambiada, otra vez: boca arriba, en la oscuridad. No siendo ni dueña, decrépita, pero imperturbable y constante. Sin sentimiento ni deseos o competencia para juzgar. “Todos nacemos locos” continuarían diciendo algunos, no existiendo pasión más poderosa que esas palabras -tan innecesarias- manchando el silencio y en la nada de las vueltas quietas; deseos de un teatro reunido en la capital de las ruinas.
Un fin donde la ordinariez y el egoísmo quedan justificados en la gente que se acerca, que se conoce y la que se llega a tener por amistad. Ese vago espejo, mirando algunos a todas partes desesperados, de manos al aire y niños con la nariz blanca aplastada contra el cristal, mirando serios por la ventanilla abierta del coche hacia las persianas bajadas y contando rincones y cuchicheos, otros chancleteando pantuflas a la espera más amortajada con la puerta bien apretada, sentados en el sitio vacío. La sensación de encaje, la sensación de que a medida que se va creciendo uno va siendo más absorbido por sí mismo, hasta perdonando y condenando sus orígenes, creyéndose dos en uno, bordeando los sueños bajo el mismo patrón.
Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información
Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.