Pedro Belmonte Tortosa

15
Abr

Las paredes del amor

Hizo de todas las cartas de amor un libro y le puso en la cima de sus besos una pared de ladrillos, para que no hubiera dudas y sí un mañana.

Era alguien tan celoso, que de sus propios sueños no dormía, todo lleno de gozo y del saberse amado.

Ella, en cambio, al ver ese inmenso lecho de distancia de tantísimos ladrillos, se enfureció y cesó de tanta infinitud, sin tiempo ni medida, derribando la pared y malpariendo tantas cartas encuadernadas, que ni pedir auxilio pudieron.

Fue tal la realidad, que el viento hizo que los papeles, hechos añicos, muchos, se forjaran como mariposas ávidamente.

Y por las calles, edificios y campos, pronto hubo afanosas lides, pues cada línea, cada beso, y hasta casi que cada gesto de expresión contenida en los mismos, ensanchaba al mundo, breve, pero mundo que volaba y no paraba de volar, uniendo palabras, ojos, senos, haciendo callar a muchos, y muchas, que desde lejos veían el caer de esos besos que cerraban bocas y abrían pareceres cuales mariposas de ensueño y arrullo.

Simples como un anillo, algunas letras llevaban por silencio, tan lejano y sencillo: Una sonrisa basta. Otras, incluso eran más alegres y directas: Alegre de que no sea cierto y lo contrario, alegre de tenerte. Voces que tocaban, tiritando de azul los astros, en ese ese erial de espinas del besarse tantas veces como ninguna bajo el cielo infinito.

Decir tiene, que también hubo papeles pisoteados, con todas sus letras; más que nada por ahogos varios y por esos impulsos del saberlo todo y el tenerlo todo, por cuando el miedo no te deja vivir ni amar.

Ellos, los autores de las cartas, callados y separados, no gustaban de los días sin trabajo ni de las noches sin sueño, siendo casi nada y casi todo, cada cual, por su lado, cambiando sus destinos con abrupta suavidad como si con ello hicieran el mundo más azul y más terrestre (no debieron estar muy felices cuando el miedo y la risa lo llevaban muy mal).

Más fue tan corto el desamor y tan largo el olvido, que años más tarde, y más allá de todo cuanto habían conocido, un golpe de agua les acercó algunos otros besos desterrados y, con permanencia en el duro orgullo, ella se soltó el pelo, redimida, para leer de la botella parpadeándole los ojos, consustanciales, tan vidriosos como esas notas arrastradas por la espuma y los océanos: A veces, sigo levantando paredes, trozos, entre mis labios y los tuyos…

Con toda solemnidad ella reconoció la letra y el temblar de ese hombre, y hasta la sílaba de plata destrozada con la que firmaba, por confundida que estuviera con las líneas del tiempo. Secreta sed y sangre le recorrió y le restó treinta años, lo menos, creciéndole la primavera. Y quiso rechazarse. Sintió hasta que le tocaba, le respiraba y le sentía. Fue amor, enrollándosele las distancias, la luz y la inmensidad a su cintura. Un amor miserable, pero un amor que cada día siguió amaneciendo a su lado, puro como una ola nocturna; un amor que nació fuera de todas las paredes con las que no supieron vivir.

Y devorados ya de todo, presos de lo vivido y no vivido, hubo de ser uno de esos lectores casuales, de los de las mariposas de ensueño y arrullo, quien los unió para siempre otorgándoles la misma tierra: desnuda, incierta, sola, escondida en la hermosura de tantísima cama. Sobre su lecho encadenado, se podía leer lapidariamente: Alegre de que no sea cierto y lo contrario, alegre de tenerte. Dando otra vez con el castigo del amor y la pesada dureza de sagrada ceniza, ya sí, enladrillados ambos y, diciéndose bajito, pareciendo saber mucho más de la muerte que de la vida, o viceversa: “Que el miedo no te deje vivir, cariño”. 

8
Abr

Celdas abarrotadas de hombres sucios

Después de pasar casi dos años en celdas abarrotadas de hombres sucios, durmiendo con las piernas encogidas, áspera y sin ni poder distinguir límite alguno a la moral de tantos, sumaba meses y restaba semanas tal que una diosa rubia de la abundancia.

Sin sobresalto, cada día, al quedarse sola su repentina condición le pedía echarse al suelo y sin pretender reconocer cara alguna de aquellos dos o veinte años, mimetizarse e ir dejando a un lado aquel tono cetrino asociado a la peor enfermedad.

Pasar de ser mercancía robada a todo un beneficio razonable tenía esas cosas. Convencer al carcelero fue lo más dantesco que se le pasó por la cabeza, y su puerta trasera. Dos años, veinte o doscientos le tocaría vivir junto a él, y luego sería libre de veras.

Su agonía muda era capaz de digerir piedras en ayunas, después de todo, por aquello de ir con todo al aire y la boca tapada. Llorar veinte minutos en un grado supremo de expresión de la más humano, y sentir el sol, el viento, la lluvia y el polvo no era una extraña coincidencia, ni una recompensa, sino los primeros años… los años de las decisiones… los años del conocimiento. Y todo lo hacía por su hija, la que quería ser domadora de dragones, llena de verdad. 

1
Abr

Parecía quererle, más que a sí misma

Parecía quererle, más que a sí misma. Si bien,

en las últimas esquinas de sus pechos dormidos

el valor dejaba paso al miedo de otras oraciones.

Un horizonte de perros ladrando quiso interrumpirlo, pero no,

relumbraba el querer, cuadrada y blanca la noche, en ella.

Siete gritos, siete sangres, y siete dobles quebraderos tenía ese,

el de la casada infiel, en su mar de juramentos almidonados.

En fin, agudo norte que ni de aire rizado. Amor de escalofrío, y alcoba de silencios.

Turbias huellas lejanas, y presentes yemas de soledad esquiva: breves sueños indecisos.

25
Mar

Remaban los suspiros, en ese pueblo de viudos

Pronunciaban sus nombres y se sentían huecos, y eso que las querían como entonces. Se le fueron de sus cabellos, tristes y sin bienes, más con un reposo claro.

Qué largo abrazo se darían en la azotea de sus penumbras. 

Sus niñas estaban en la mar, con el aire sonrojado de orilla a orilla, y el cielo gallardo. Un amor que le dolía hasta al aire, galán, galancillo.

“Ni que vayas, ni que vengas”, se decían, huecos y con la llave del encierro, viéndolas en entredicho; calientes, nada más.

En las casas aún quemaban tomillo. El pueblo, más bien. Todos.

Bajo los inmensas justas de los árboles no querían decirles nada, si acaso, a los zapatitos de lunares, esos con los que las soñaban, morenitas sobre las aguas, secas y de azabache, tal como eran. Ya fuera en la mañana viva, en la tarde madura o en la noche caída, zapateando y jugando a la noria del amor, ese idilio y dolor mismo; delirio.

Más remaban los suspiros, y se tenían, en ese pueblo de florituras pasadas de moda.

Un lugar al que iban los que se quisieron de veras… pero ellos siempre, un poquito más, no habiendo gente buena, ni mala, ni fea, solo desafortunados. Ni pecados, ni virtudes, solo viudos. Aun así, el miedo mantenía el orden de las cosas. Y eso que eran personas con el calendario en contra, actuando como abuelas, no cansándose de recordarlas en voz alta para que no murieran dos veces.

Un pueblo en el que había un hueco para cada persona, y donde cuando tocaba reír, lo hacían como si nunca hubieran sufrido: y bien que bailaban, ellas, con los tacones verdes de lunares, morenas, todas, en ese afán morboso de enfrentarse al fin del mundo, secas pero mojadas, sobre las aguas y de azabache, todas, tal como eran, ni yendo ni viniendo.

 

20
Mar

Newsletter de Marzo de 2021

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18
Mar

El silencio obligado

Aquella vez era verdad. El gesto del coronel, el tono de su discurso y la gravedad de las palabras habían cesado, aunque fuera en un torpe intento.

Por momentos se oficializó el descanso. Las enormes vigas y todo ese mastodóntico entramado se quedó embargado, preciso en su silencio. Las bombas, los flejes y las restantes maquinarias pesadas apenas se quedaron en el bajo techo de la boca de algunos con los cigarrillos rusos que le habían robado al sargento por entre el gigantesco túmulo de piedras y escombros que también cedían al privilegiado descanso, sepultando los instantes.

Había pocos, ningún oficial entre ellos. Pero eso era vida para los que sobrevivieron al bombardeo por pura suerte. Atrás quedaban las diecisiete horas de progreso de todos los días en esos minutos de disidencia e incitación. Un día en el que no le habían tenido que sacar los intestinos a nadie, por entre alguna que otra viga salvadora.

En todo el día no habían comido, y aún les quedaba rapiñar algo en la vuelta, asaltando las ruinas de alguna panadería de mala muerte. Algunos ni sabían parar, por buenos o malos que eran.

Construir en tierra extraña era eso: no poder confesarles a los padres que habían malgastado su vida en vano; y pensar en sus madres, con el delantal muchas, ni provocándose emociones, por honor, gloria.

Pero sí, socavaron del todo al coronel; y eso que el poco amor que les quedaba les detuvo en el ultimísimo instante: enterrarlo vivo, quizás no fue la mejor idea.

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