Pedro Belmonte Tortosa

11
Mar

Violencia desbocada

Cada vez que pintaba se alejaba de ese asombro que le precipitaba. Signos, garabatos, líneas, colores o lo que fuera que ejecutaba sin vacilación como si inventara un idioma nuevo. Ya fuera de pie, en la cama, desayunando (su única comida) o mientras la lavaban. Esa sensación de plenitud daba calma al resto de la casa, y vecindario.

Chillar, chillaba mucho. Los vecinos, queridos o no, le regalaban lápices de colores a la familia, pinceles, rotuladores, cuadernos y lienzos. Verla sin ellos era bochornoso. Le gustaba ir siempre cargada de bolsas con esos enseres, dentro y fuera del hogar. De no tenerlos expulsaba una bochornosa espuma por su boca, sonrosada de más, que irradiaba lo peor. Daba escalofríos tenerla cerca. A cualquier niño su repentina fragilidad le podía, y a casi todos los mayores, de no ser expertos.

Mirar al horizonte no es que le aportase nada, simplemente lo hacía estuviera donde estuviera, hasta pintarrajeando en el pupitre de su casa, que era suya.

Tan graciosa, tan normal y tan imprevisible a la vez era su hermana. Para ella la vida siempre había sido otra cosa. El único y verdadero contacto con el exterior para la violenta artista. La incondicional hospitalidad de esa doctora era la desesperación de otras tantas personas, ahora bien, la madre lo dejó muy claro en su testamento.

Y no había tratamiento o alternativa. Debía pintar, pintar y pintar. Si se le intentaba dar la cena, la vomitaba. Y para cuando recuperaba la suficiente serenidad por sí sola (que no se dejaba tocar ni querer), nada de intentar apaciguarla hablándole. Su hermana también debía pintarrajear como ella. Era la única y cierta manera de comunicarse. El último novio que tuvo la doctora, al menos le dejó unas líneas de hospitalidad justo antes de abandonar esa casa con el sigilo de un ladrón, estando las dos bordeando colores y direcciones sin norte en plena madrugada sobre un lienzo amarillo pálido en sus inicios.

Los últimos seis meses habían sido una constante. Si bien, ya quedaba menos para que a esa casa y despacho regresara el senador, a punto de jubilarse. Un tipo rodeado de un súbito paréntesis de silencio desde la muerte de su esposa. Y todo un extraño para la hija pequeña, la más dócil y obediente de las dos, porque la doctora se la tenía jurada a su padre; todavía quedaba cicuta, polonio y arsénico de cuando madre, retrato que siempre les salía a las hermanitas, pintarrajeando a las tantas.

4
Mar

La persona perfecta

Sabía de esas normas que no caducaban ni mitigaban con la distancia. Y su voz callaría hasta cuando todos hubieran muerto. Hasta para entrar en el portal de su casa se quitaba los zapatos y se descalzaba como la mejor diplomática.

Solo trasnochaba con señoritos. La mujer de la limpieza era tan invisible para ellos como para los que madrugaban.

Su cuaderno era su cabeza, donde llevaba anotadas más de una historia de amor. Los definía con una sola palabra y un ademán, fruto de su simple y espontánea naturaleza.

Esa vagabunda de las estrellas no dejaba de fabricarse historias fantásticas cada noche, justo después de acostar a sus cuatro hijos y de retratarse en la cama con su marido sin repentina frialdad ni mayores cálculos. Le salía solo, sin número de registro y con abundante munición.

Para lo pequeñita que era parecía casi llena.

2
Mar

¿Cuántas veces se debería leer un libro?

Los peces no pueden dar conferencias sobre natación, ni los escritores sobre lectura. Hay escritores que narran sobre la vejez, sobre su falta de pudor, su incorrección y hasta se atreven con el humor negro. Pudiendo hacerlo con una visión sutil, insólita y divertida, caracterizando los personajes y todo ese coro de voces, dentro o fuera de los estereotipos mundanos. Pero, ¿y si no se entiende?, ¿o no gusta?

Pasa como con los finales. ¿Por qué esa dispersión absoluta de algunos?, ¿o porqué ir directamente a lo más recurrente? Mezclar las ocultas intenciones y las efusiones emocionales, además de -algunos- ideologías y políticas, dificultan la asimilación, por buenas que sean las sintaxis y adjetivaciones. Todo matiz que no consigue su objetivo es añadir ambigüedad a una obra que quizás no la precisa. Si bien, al narrar se escribe o al escribir se narra y, por tanto, se relata, siendo lo bueno, bueno, y lo malo, malo.

Decir que alguien ha leído el Quijote más de cuarenta veces se hace como ofensa no como halago, en plan “está chalado, casi peor que el Hidalgo Caballero”. Pero ¿a que nadie se atrevería a propinar un pistoletazo en medio de un concierto? ¿Ni nadie critica escuchar una canción muchas veces?

¿Por qué es una aberración leer algo mucho?, ¿o nada? ¿Acaso un pez nada mucho o poco?, ¿acaso es mejor o peor pez por nadar mucho o poco?, ¿gusta más?

¿Puede un libro no dejar de tener profundidad y originalidad, sin resultar cargante?, ¿o tocar varios temas en uno?

Habiendo terminado la novela Gay y Discapacitado, y dándole un tiempo para estar en la nevera, reposando (algo que hago por primera vez como autor), me pregunto si ¿será fácil o difícil su lectura por el público? Muchos, por el propio título, ya pensarán en protagonistas varios; otros lo conducirán a la crítica despiadada. El caso es que esa melodía de asonancias y rimas no ha ensombrecido mi locura ni mi pensamiento, creo. He aprendido cosas que no sabía y que viví de pequeño, como la Guerra de los Balcanes. La primera guerra que pude ver por televisión, y que sigue, como tantas otras. En Isla Cristinita, lugar donde la obra transcurre, hay libros y peces, personas y guerras, bicicletas, dinero, turismo, buena comida, etc.

 

25
Feb

El vecino olvidado

Pasaron muchos años hasta que supo de su nombre, una vez, en la que aceptó recogerle un paquete. Fue sin querer, por descuido. No llegó a firmar nada, de esas veces en las que el repartidor tenía autorización para dejarlo en la entrada evitando todo contacto físico directo; y prisa, algo muy usual.

Tan cerca de la vida, como que no, sus apellidos coincidieron. Y fue el silencio, la gravitación de los gestos y las muchas facetas de la misma vida quienes lo redujeron todo a esa infinita capacidad de que ni el uno ni la otra fueran inocentes.

El repartidor, en su entrega, apuntó que el paquete lo entregaba al vecino de portal. La soledad a la que hubieron de enfrentarse fue singular y vergonzosa. Ni ella ni él habían pedido paquete alguno. Quizás fue su puta madre, palabra que tenían borrada del diccionario.

Preguntada la hija pequeña de ella, nada de nada. El chucho con el que jugaba la nena, por lo menos dejó de aullar de una puta vez.

18
Feb

El puto árbol

Quería el surgir de la vida, que también fuese sucia, ruidosa, fea. La Humanidad eran ellos: ni más ni menos. Y eso que la primera bala que se metió no tuvo ni agujero de salida.

Con una mirada cargada a partes iguales de emoción, preocupación y orgullo, más la felicidad de no tener que hablar en ningún idioma que no fuera el suyo, escuchando su propio eco le gritó al puto árbol que uno tras otro había ido enterrando a abuelos, padres, tíos, hermanos, esposa, sobrinos e hijos; y por supuesto a los amigos y sus allegados; desconocidos y animales, también.

Ya no sabía qué hacer ni adónde mirar. Ese árbol que de niño le refugió le había confinado hasta la extenuación. “Arbolito, arbolito; tú y yo, tú y yo; solos” era todo lo que quería dejar de olvidar. Un pensamiento de lo más audible. Solo. Con su rabia, y la omnipresente salud y alegría de ese árbol.

11
Feb

Y que la prisa no fuera pecado

En esa casa se podía tener un bebé en cada cuarto, y eso que los hombres como él llamaban a la palabra, más, en el fluir del tiempo y, como si fuera un ejercicio de futilidad, se acababan encontrando. No había telas de araña. A una caricia de distancia, ese farmacéutico sin licencia tocaba y tocaba. Era un orden del lenguaje totalmente desconocido. Hacían lo que sabían hacer, dejando todo lo demás en algo sencillo y feo.

En los días en los que el aire pasaba de largo, y en los restantes también.

Ella sentía la estrechez y el peso de su cuerpo con tenacidad, paciencia y desvelo salvo cuando la risa mataba al miedo y sin miedo no podía haber fe, porque se querían el cura y su prima. La catequista siempre necesitó un lugar donde perderse, donde imaginar, donde jugar, ser y estar. Las feas también podían pasar droga y disfrutar. No todo era ser menos y darse a la sacristía, acarrear cubos de pis caliente, o pasar el cestillo.

Cambiar de residencia cada tres años les mantenía impetuosos. Y que la prisa no fuera pecado, también ayudaba. Además, en cada diócesis siempre había un órgano que tocar, engañar y codiciar: un hotel de esos, de economía de guerra, con todos los genes humanos.

Y cuando la tierra se acababa y los turbulentos albores, la rama aún verde de la infancia les protegía. Dar clase de Teología Aplicada a los nuevos seminaristas sí que era un ascensor al cielo. Los había con orgullo, estúpidos, creídos, evangelistas, salidos, cultos e incultos. Les trataban como a ídolos, sobre todo los que eran víctima del uso inadecuado de los medios virtuales, esos que jamás habían tocado o visto de cerca a una mujer desnuda. Una de las torturas más terribles jamás concebidas, que ese cura y alquimista sabía manejar: “siempre hay tiempo para querer, para buscar y para olvidar todo lo que se pudo ser”. Un tío con instinto animal que al igual que la monja, era bueno en la vergüenza y en la culpa, pero que no quería ir al infierno, y donde un día bueno le era un día que no era malo, reinando los tiempos, que no los reyes ni los dioses.

Sí, el cielo estaba en la tierra.

 

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