Había cambiado la cartografía de las estructuras de poder. Y como que el tiempo lo hubiese sustraído todo. La ciudad estaba renegada, huidiza. De repente nada era lo mismo.
Los lujos asequibles, no obstante, persistían. Era de lo poco que aún perduraba de aquel renacer radical y de la exposición mediática que lo arrolló todo. Las mujeres, abnegadas y generosas, perdonaron para un bienestar común. Por eso mismo se vivía, por ellas. Gracias a ellas y a sus pintalabios. Ellas eran la cordialidad en un mundo de matones.
Cinco años esquivando el murmullo implacable de la soledad no bastaron. Todo estaba con las vergüenzas al aire. Y la culpa no fue del sexo casual.
Se quedó escondida en su dormitorio hasta pasada la hora de comer.
Había vivido toda su vida en una casa con servicio. Desde la más tierna infancia hasta su matrimonio con el de ojos saltones e hinchados. Hacia el segundo embarazo dejó los cigarrillos y el servicio, yéndose al campo abruptamente.
Pasaron las semanas, y al final todo parecía olvidado. La señora había recuperado la costumbre de sentarse en un taburete hacia la noche, junto a la mecedora.
Jamás echó en falta las estampas religiosas de la nevera, ni los taxis o saludar con la cabeza alardeando de collar.
No obstante, como si posara en un cuadro costumbrista, había días que mejor no seguir haciéndole caso a las vocecillas de su cabeza o no tendría absolutamente a nadie a quien mecer.
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