A veces se reía tan fuerte que la cara se le ponía roja.
Las cinco de la tarde y nadie sentado. Las siete, y lo mismo. Qué extraño fin de semana fue aquel. Eran de la misma edad, o casi de la misma edad. Meses más arriba o abajo. Y lo cierto era que no le interesaban las chicas sanas y normales, le eran demasiado previsibles.
Ya tenía veintiséis años. Tendrían. Y ni fotografías ni dibujos. Solo pintaban cuando estaban juntos, y lo de las fotos le sería un tumulto para uno solo. Solo de pensarlo su cuerpo se estremecía.
Del mismo modo se les acabó el tenis los domingos por la mañana en la pista pública. Su única esperanza consistiría en un vis a vis, y para eso todavía era pronto. Además, Margaret se expondría más si cabe. Le podría delatar Ferguson, porque nadie podía cambiar los sentimientos a fuerza de voluntad: “le dijo que no disparara”. Y eran como eran, él no podía dejar de sentirse furioso y decepcionado.
El martes salió a correr y a la vuelta, en el buzón, se encontró una carta repartida a mano; sin sello, sin dirección. Apenas su nombre en el anverso.
No sabía mucho sobre esa mujer, casi nada, en realidad. Cierto que le sonaba el nombre.
Qué extraño fin de semana fue aquel.
A los milagros hay que llamarlos.
PEBELTOR
Los días de diario iba con traje y corbata. Le ayudaba a disimular, sin ninguna duda. La muerte de su hermana no le era soportable. Su madre siempre le dijo que para ser feliz su mujer tendría que estar contenta, ser feliz. Le llevó años entenderla.
Cuando corrió por Madrid el rumor de que ese hombre se iba, y que su hermana estuvo a punto de llegar a ser monja, se les olvidó lo otro que llevaban oyendo. Su mujer sí que lo despidió, de la vida en general, lo cual le fue un desahogo de alguna forma al no poder llorarle; no quería seguir oyendo cosas.
Pocas veces la voluntad de un pueblo se mostró con tan desesperado heroísmo.
A cada época y cultura,
le salvaban un puñado de hombres.
Del volante también arrancaron, dejándole adherida la piel de las manos, una forma humana tumescente que aún daba señales de vida.
No mucho después y ya en el hospital, en la penumbra de un pasillo un hombre que estaba esperando se le acercó tímidamente. No a la primero, pero sí a la segunda, se le presentó sin tener que darle muchos detalles. El marido rápidamente cuadró el círculo.
Más lo que no supieron ambos hasta que el doctor salió a dar la noticia, era lo del tercero en discordia.
Nada de eso se lo contaría el padre a sus hijos. Ni por él, ni por ella.
Una sonrisilla delgada le exasperó cuando una enfermera le permitió pasar y ver el cuerpo, entregándole la alianza a solas, bajando el tono más si cabe.
Sobre aquella desolación no cupo más alma que aquel padre, quieto de pie en esa especie de promontorio, con el cadáver caliente de su mujer pensando cómo responder a su hija cuando la tuviera en brazos, ni siquiera alzando la cabeza para mirarla faltándole las palabras, vacilando lágrimas de rabia e impotencia, así como que sufriendo penosos silencios el comandante.
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