Los días de diario iba con traje y corbata. Le ayudaba a disimular, sin ninguna duda. La muerte de su hermana no le era soportable. Su madre siempre le dijo que para ser feliz su mujer tendría que estar contenta, ser feliz. Le llevó años entenderla.
Cuando corrió por Madrid el rumor de que ese hombre se iba, y que su hermana estuvo a punto de llegar a ser monja, se les olvidó lo otro que llevaban oyendo. Su mujer sí que lo despidió, de la vida en general, lo cual le fue un desahogo de alguna forma al no poder llorarle; no quería seguir oyendo cosas.
Pocas veces la voluntad de un pueblo se mostró con tan desesperado heroísmo.
A cada época y cultura,
le salvaban un puñado de hombres.

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