Pedro Belmonte Tortosa

3
Ene

No todo es el dinero mamá

La primera relación es la de madre-hijo, y todas cuantas conozco nacen doliendo y se viven sufriendo. Todos los cuentos hablan de poner un pie en el paraíso cuando tratan a las madres y los hijos. Nadie los considera reclusos, falsificadores, ladrones. Bajo los vientos de Neptuno ya se dedicaban azotes, si bien con un fondo azul, fluyendo, para que no hubiera tiempos de hielo. “Queridos fanáticos”, es lo más duro que he leído al respecto, con el deseo de borrar las huellas del tiempo y del dolor con un toque mágico, siempre cariñosamente, nunca en repudio, como tapando los ojos con la palma de la mano para no contradecir.

Ni con los ojos del amor se aproximan a tratar esa clandestinidad de otro modo. La experiencia… ¿sirve de algo?

Yo no soporto los efervescentes cambios de humor, ni permanecer demasiado tiempo sin usar la magia. Pago a un mago para que nos haga llevarnos bien. Nos fluye tanto la sangre en las venas que no congeniamos. Nunca lo hicimos, ni antaño ni en los tiempos nuevos.

A su favor, que siempre fue así. La mía, que no provengo de una sociedad patriarcal, y que debo contextualizarlo todo debidamente, hasta su raro amor. El efecto, que soy un tipo de la peor calaña según me caracteriza. Por ello, además del mago tengo un hada, de refinadas maneras y bondadosas virtudes. Esa es para mí solo. Hace de contrapeso a ese aquelarre maléfico de no ser lo suficientemente candoroso con ella, ni saber purgarle los momentos malos. En su orden de madre todo me es desconcierto. Si algo sé, es que no me dio caprichos, ni que destacó por sus dotes de empatía y entretenimiento conmigo, siempre fue alguien de cercanías para afuera, habiendo otro más permisivo. Ella echa la culpa a cualquiera que esté por debajo de Dios.

Sin embargo, no veo nada negativo en todo ello. Hago de hijo. Preferí el mago y el hada antes que el bosque de secretos de la residencia de la tercera edad. Su arquitectura racionalista daba pavor. Una vez la visitamos juntos, de día. Por lo menos el mago la ha hecho rubia, un problema menos para la sociedad. Ahora canta villancicos, cuando no da dinero a los timadores. Resulta frívolo, sí, pero es la vida; la vida en general, nuestra. Todo con su nobleza y dignidad. Ella cree hacer lo mejor, y estar por encima de las circunstancias, independientemente de si son buenas o malas. No le cabe el perdón ni el indulto. Es uno quien ha de ponerse de acuerdo con ella, sus ideales y con la cara de arrugas que no le había visto antes ni con las gafas de leer. Ese torrente inexorable de su tiempo la hace así; y la piel del mentón flácida. Se mueve por inercias o por los impulsos más ramplones, viscerales, físicos y primarios. Uno siempre es infinitamente peor que ella. Se lo noto con el miserable rictus de las comisuras de sus labios. Es su verdad, su encanto, su placer y conocimiento.

Lo de que tenga sentimientos encontrados, supongo que no será por la medicación, esa que lleva tomando siempre, desde que tengo uso de razón, aunque me tilde de insensato; su mano derecha. La humanidad entera está medicada. Es parte del negocio integrado verticalmente. Los que no, son esos de la isla de los inmortales, de donde saqué al mago y la hada. Dichoso momento aquel. Hube de hacerlo cuando se negó a abrir el regalo de Navidad. Era su casa, y prometió no volver nunca, estando adentro.

Cada año, para no perder las esperanzas de un reencuentro, coloco el paquete. Sin abrir. Empujado por la curiosidad. No es por reconciliarnos, sino por ese particular sentimiento suyo: siempre ha de llevar razón, como madre. Y finjo que cierro los ojos, por si de veras vienen los Reyes Magos de Oriente.  

La mayoría de las casas pequeñas son el resultado de una optimización infinita, como los cuentos, llevados a una eficiencia al extremo. Pero este no es uno de esos. Hay lujo y hay pérdidas. Además de una mirada única sobre algunos de los momentos más relevantes, tan seductores como insufribles… Cualquiera se lo dice. Y mira que echo de menos recoger las hojas con ella, ¡menos mal que está el mago en el porche!, extravagante, brillante y audaz: atento. Él sí que la aguantaba, notaba el extraño sabor a sangre de la herida de su lengua.

Y esa hada algún día llegará, con sus firmes mejillas, la nariz recta y los labios frescos: yo ya le di la bienvenida hace mucho, no tenía más remedio, uno debe aguantar y espolearse en la dificultad de ahogarse: es un dolor agradable. Un imposible, besando esas manos que tapan las caras, cual náufrago se abraza a un madero, destacando sobre el gris plata del mar encenizado y el azul intenso del cielo.

2
Ene

Ser escritor y la «carta» a sus Majestades

No sé si debo creerme aquello del “te cuidaré más que a mis ojos” o tomármelo como una patraña más de todos los días. El simple gesto de guiñar un ojo es en sí mismo un tremendo dilema, así como las camas bien hechas, con su dobladillo y casi que el juego de toallas a los pies, con todo recogidito.

Suena anticuado, pero no. Al igual que eso de “sus majestades”. Son maestrías, pasiones, deferencias. Algo soez, barroco y exquisito, una delicadeza formal, que de por sí supone una reflexión sobre la complejidad de las relaciones, por no decir ruinas afectivas. Ruinas porque son avances tanto como retrocesos, dependencias emocionales a fin de poder sobrevivir generándonos ilusiones los unos a los otros; y afectivas, porque representan todo aquello que uno no se puede dar a sí mismo.

Si bien, la edad como tal no me impide escribir mis deseos, mis anhelos: mi carta. Uno puede ser niño, joven o adulto y seguir por esos destellos de las ilusiones varias. Es, quizás, toda esa memoria colectiva que uno va sumando lo que hace que la carta nunca sea igual, aunque se pida lo mismo recurrentemente. Ahí, sí que influye la edad, o más bien la experiencia. Supongo, que debe ser miedo.

Fíjense cuando los mayores llevan a los peques a entregar la Carta a Santa Claus o a los Reyes Magos. Se puede adorar la expresión de sus rostros, imprudentemente, con las lágrimas súbitas de unos y esas sonrisas picaronas, de otros muchos. Hay madres que sostienen que ´no quieren que sus hijos crezcan y se hagan mayores´. Que los prefieren animalitos.

Animalitos siempre, de esos que la memoria no olvida. Del amor más puro, sucio y delicioso. Los mismos a los que pondrías en el fondo de un vaso. Un miedo infinito para los adultos, siempre. Tréboles… porque la historia lo requiere así, salen como salen y se llevan como mejor se puede, al igual que estas fechas de los buenos deseos: salud, dinero, alegría y felicidad. Y grima, dulce, pero grima, cual gran cóctel porque los días van dejando sus relatos… que también han de ir creciendo y haciéndose hueco: otro deseo, otra ilusión. Miedo, porque uno va de uno a otro apenas sin pasar por las estaciones. Ni da tiempo a pararse a pensar que todo trébol ha de enraizar para luego brotar y ser bello por especialmente frágil y duro para volver a caer hasta la nueva vida, tal que se deseasen apretujados la muerte violentando a la vida, pretenciosos y potentes, armas y flores que extrapolan todas sus heridas… como los niños que crecen y crecen desde la primera oscuridad.

Dar con un modesto trébol de cuatro hojas ya es casi un imposible. Y no me lo termino de creer. Suena a realismo mágico, historias varias de esas que escribo. Además, aunque se tuviera todo el dinero o el poder del mundo, ninguna madre podría evitar que sus hijos siguieran creciendo ¿no? ¿Qué pedir entonces?

He dudado sobre muchas cosas, muchas veces. Lo de la salud no me lo termino de creer, sigue siendo una lotería. Todos somos pobres en excedencia a ese respecto, ¿o de verdad con dinero se está más protegido de los avatares del destino? Y sé que es un sentimiento colectivo muy fuerte, también de un profundo desprecio. ¿Cuánta gente buena hay que conocemos y enferma o fallece?… Mucha, demasiada. Y no todo será por culpa de la globalización: dejemos de mentirnos

Con toda grandeza y sin remilgos. ¿Qué deseo pedir para que se cumpla?… ¿No tener miedo al miedo ese que escondemos al dar con la verdad?, ¿tirar de la central de sueños?… No sé, vengo de conocer reinos que he inventado, de probar con salmos que tientan todas las carnes habidas y por haber, de trazar medias lunas por doquier y hasta de saltar de un tranvía… para quedarme quieto, con la luz oblicua y el cuerpo contrariado…

¿Pongo el zapato?, ¿les dejo comida?, ¿entrarán los Reyes, sus Majestades?, ¿con esas memorias colectivas suyas y mías que ya se saben de años y años? ¿Trae cuenta?

 

29
Dic

Un gran baile de disfraces

Los muertos están vivos, pensaba alguien. Era Nochevieja, un mar de reojos. Corría el aire por los molinillos de las azoteas. En las calles aguardaba la gente, poca, si bien la suficiente y necesaria como para encubrir el ruido de esos camiones de residuos sólidos urbanos que retiraban la basura de los bien repletos contenedores. Era una recogida más temprana que en otros días, para todos.

De repente se oyeron unos disparos, luego unas ráfagas más directas, así como un estruendo brutal, demoledor. El edificio había saltado por los aires. Un sofá apareció en la mismísima calle, a pie de asfalto, repleto de polvo, escombros y un alarmismo que hacía que la gente corriese inusitadamente. Gritos y voces que unían y disociaban todo.

Por haber, hasta había novias. Tres de ellas en busca de sus esposados, y niños mayores vestiditos de bebés con zambomba y almirez, además de chupetes.

Un segundo estallido también se sucedió repentinamente. El helicóptero que sobrevolaba esas transferencias, colmó bien abajo. Los semáforos parecían serpentinas entre la brumosa niebla y los nubarrones de polvo, con esos destellos de sus leds, tan modernos y luminosos como molestos y señalados por inapropiados. Todo era un ámbar, un colapso. Algunos encorbatados seguían en su espectro, cantarines, como si todo fuese parte del espectáculo por ebrios que estaban. Ellas no. Los jirones de sus vestidos desdecían toda diversión. Había zapatos por doquier, vidrios, telas de servilletas, manteles, piezas de vehículos, el aparataje del helicóptero y una enormidad de elementos urbanísticos hechos añicos en pocos metros.

El local había saltado por los aires en pleno carnaval de invierno. Alguien o cientos morían, el resto sufrían combustiones, alarmas e intranquilidades.

-No sé lo que te traes entre manos, pero sea lo que sea déjalo ya- dijo Garbo a su hijo, remangado de más.

El aire pesaba de más.

James, un criminal de tres al cuarto, apenas pestañeó. -Yo me voy a mi casa- consideró.

-No te comprendo. Solo tenías que hacer entrega del paquete. ¿No confiaste? Si por poco voy a tu entierro- comentó ese padre, al que ni la muerte le iba a impedir hacer su trabajo, de mariachi.

-En Méjico salió bien- se entrometió el topo, limpiándose la solapa de trazas.

-Tú calla. El chico debe sacar su instinto- le reprobó el padre al otro narco.

-¡Pobrecitos!, pendiente de demolición- bromeó el niñito, muy seguro.

Un empleado miró al jefe, solicitando su nuevo orden, manteniendo el torrente sanguíneo en su sitio.

-Pasamos una mala época. Dejemos que se vaya. Sacadlo. Una lástima- digamos que apeló a los genes el intendente para que nadie apretase el gatillo.

-¿Sirve para algo?- puntualizó picajoso el hijo de papá mirando al matón, comprobando la cobertura de su móvil. Y dio las gracias a su suerte -Papá, algún día un nuevo rey llegará.

-Mándale una postal a esa furcia- le regañó el padre. -Fuera. ¡Sacadlo ya!- ordenó a sus secuaces, bien pagados.

-¡Mierda!- protestó el caprichoso niño, obedeciendo.

Un vehículo llegó a custodiarlo, y ella, esa de negro, la madrina, se adelantó cortándole el paso. -Un poco tarde ¿no crees?- para de inmediato desdecirse -Ni los chinos.

-Gracias- contestó educado el señor, no así el hijo, quien fue metido en el coche, de donde salía una ópera de lo más sugerente.

Bonita vista– se permitió decir ella. -Excelente. Da para una copa- añadió poniéndose a la altura del mandamás en sí misma.

-Era un asesino. No me lo tomo como algo personal- le dijo a la dama, confiando en su silencio.

-Se me ocurren muertes peores- esgrimió ella, la madrina. -Si supieras de lo que soy capaz- observó al poderoso.

-Muy listo no es el niño. Necesita algo más que unos azotes- subrayó el padre, tendiéndole la mano a su decimoséptima esposa.

De entre tanta inmundicia, su elegancia fue la mejor de las esclusas. Dos lugartenientes fueron apartando los obstáculos a los que debieron enfrentarse hasta llegar a uno de esos que expiaba, atrapado por una viga.

Ya no tengo que cortarte las piernas para que no salgas corriendo y poder abrirte la cabeza– expresó Garbo. -Por fin te has dignado a comparecer de mejor modo, apreciado colega- lo empalideció más si cabe.

-Sí, cobarde- murmuró como pudo el aturdido.

Uno de los suyos presentó sus credenciales. -¿Lo mato señor?

-No. Estamos de fiesta- comentó sin gracia ni emoción, por entre los muchos repentes, sollozos y sirenas que se iban sumando a ese destrozo.

Ella, de las pocas por no decir la única que conservaba los dos tacones, asintió.

Se llama vida, deberías probarlo. ¿Sigues ahí escarabajo?- le pisó el cuello Garbo, diabólico en todos los sentidos

La súbita apertura de la mano agradó al señor, y a la madrina, quien con regocijo se aferró más a su marido pidiéndole -dame algo a mí cariño.

-En casa- le obvió los azotes de cariño en plena calle a esa dama juvenil.

Nueve ojos de ese, su servicio de seguridad, entendieron el favor, del todo.

-¡Gracias caballeros!- nos vamos. -Se levanta la sesión- pareció ordenar Garbo sin perderla de vista, a la par que pisoteó más si cabe a ese su enemigo como si apagase una colilla concienzudamente.

Ni gemidos pudo emitir el del suelo, esa mano no admitió más espasmos.

Un enorme camión de esos reculó lo más cerca que pudo en un santiamén, dando paso a un sobrevenido eco fragmentado:

-¿Sube señor?, ¿o sigue disfrutando de la velada?

-Va a resultar que la vigilancia total no es mala idea hija- ironizó. -Sí, los muertos están vivos querida esposa, ¿entiendes?

Nazaniel, la madrina, se defendió. -Puede incluso que merezca la pena cariño. Busco jueces entre vosotros y solo encuentro fiscales.

Representando la burguesía más pudiente, él le ayudó a subir:

Perro no come carne de perro princesa.

-Sí, llegarán más campanadas. Tengamos la fiesta en paz querido Garbo- exigió un poquito más la damisela, sin moral alguna.  

El alma oculta de esa ciudad hirviente cedió nuevamente al puro vicio, tiránico. Un gran baile de disfraces.

PEBELTOR

27
Dic

Cuando mi cuerpo faltó

A esos peces de colores no los mandé yo, pero resguardaban más que las venas, distintos pero semejantes.

Tenía el argumento de un judío húngaro en pleno holocausto. La cara abotargada, los ojos grises y la tez pálida con ese crucigrama de los pecados que condenan, siendo en una rara libertad.

-Vamos a casarnos y a tener hijos. Tres- me dijo con su voz fosca, aterciopelada y mágica. Importante.

El tañido de las campanas redoblando sus acertijos enloquecieron más su devenir, y mi duda:

-¿Es lo mejor?- me hice sentir.

-Nos queremos cuando nadie nos ve, ¿te parece poco?- adujo ella.

-¿Y me preguntas a mí?- solté sin serle despectivo, tocándola.

-Yo sueño contigo- me dijeron sus ojos negros.

Vigilé mi destierro, mudo.

-Pues eso. Cásate. Te quiero conmigo- insistió marimandona.

-¿Acaso no te basto así?- pregunté iluso.

-Miénteme y di que sí. Solo un poco- apuró apretándome la mano.

Su cuerpo en mí y esas campanas me dejaron como el hielo seco.

-¡Parece mentira!- insistió. -No iré tras de ti.

La miré. Me miró.

Lo que nunca sabré es si valoré más la comodidad o la verdad, suficiente, mía.  Otro ejemplo más de la versión extrema de lo que se ve a diario y da derecho. Gestos, complicidades, confianzas extrañas; realidades y muros apostados, aires que se toman y palabras que se dicen por lo bajito al hombro en las tempestades, mirándose sin decirse nada y rondándose en mil alertas, desengaños incluso. Hechos y sonidos puros como las campanas que tercian, solteras, afinadas, parciales y armónicas, de las que avisan de los fuegos.

Al despertar me escocían los ojos. Ya no me pude detener en esa carita de princesa aria, ni pude ver más esas acuarelas de los peces coloreados. Como que me castigó el cielo, madrugando con el reloj-despertador con su nota. Y sí, nadie en su familia formaba parte de esos grupos, recuerdo que soñé; hasta podría llegar a saber cómo sabía su garganta y esa luz que nos encendía todo. Pero no sé si mi diccionario y sus caricias dieron cabida a que ella era neonazi. ¿Qué impulsos me condujeron a eso?, ¿a robarme el futuro? ¿a cambiar mi suerte?, ¿con la esperanza de qué?…

¿No sé si dejarlo todo al azar y echarme a dormir de nuevo en sus poros? Napoléon decía, que, si ponías a un perro al frente de una manada de leones, los mismos morirían creyendo ser perros.

¿Tan imprudente y canalla soy que quiero perderme tanto en otro amor, cualquiera?… ¿O es un consejo de vidas para que no me pase lo mismo?, ¿qué son los sueños?, ¿importan?

¿Vendrá otro amor? ¿tanto quema esa lluvia fría?… ¿dónde buscar sin faltar? Intentar la locura, quizás.

 

20
Dic

Llamar al timbre, si hoy fuera el último día

Si hoy fuese el último día, y lo supiésemos, ¿te atreverías a llamar al timbre con un regalito a ese extraño vecino/amigo/querido que tanto da por c…? ¿Superarías las ganas?, ¿lo irrefrenable?…

No se necesita mucho: un poco de cartón, unos garabatos, el cielo prometido. 

Felicidades si tienes la chispa. A veces sobran milagros

17
Dic

¿Demasiado servicial? Y no

El derecho no está para discutir, es la suma de todo, decía yo antes, y ahora.

Verán, me he duchado, cenado, cepillado los dientes y remirado un poco. Y sí, saltan esas alarmas que todo lo relacionan. Resulta que llevo meses documentándome y escribiendo un libro que se titula La frágil moral; aún le queda, si bien, ya he cruzado el horizonte como quien dice.

El protagonista es un tipo de esos que se dedican a las políticas de los años ligeros, como ser mercenario y trabajarse todo tipo de almas perdidas. Forma parte de un hábitat disperso que me surgió. Como me ha surgido ese nombre de la mujer encontrada muerta en la provincia de Huelva. Una tal Laura, como mi hermana. Pero pienso más en su madre, por si la tuviera, que, condenada, deberá aguantar aún timos, cuando menos en los tiempos de espera. Supongo, que ya sabrá que es mejor ignorar que odiar.

Es la historia interminable… uno que estuvo en tal sitio, y que luego… pero al final no pudo… y… en fin. Que no son incongruencia ni erratas, sino otra muerta que nos espera paciente a que los vivos nos dejemos de realidades ocultas. ¿Qué paso?… Ni lo sé ni me importa. ¿Qué sé? Que mi personaje, ese de La frágil moral se haría otra muesca y diría “17025” sin más. Él no se haría más preguntas por la princesa prometida o lo que fuera esa maestra interina. Y estoy seguro que si nos ponemos a mirar estadísticas de muertes violentas, la cifra no es significativa a nivel mundial. Es más, dentro de un semestre ni nos acordaremos. Seguiremos con los sueños de Europa, los templos de parada y fonda de los famosos, y tantos negocios integrados verticalmente. ¡Hasta abriremos algún regalo de Navidad, quizás!

Eso para quienes vivan con alguien y se den a alguien. Yo podría ser hoy como mi personaje, y quién sabe si haberme construido una casa sobre un camión del ejército. No obstante, uno vive en sociedad, y hay reglas. Sin ellas entramos peor que salimos de las consecuencias notorias de las migraciones. Digo entramos, porque el malo perfecto no existe, todos somos malos. Si nos fijamos, esa joven Laura de malvada tenía poco en su cara, más bien lo contrario. Y por aburrida que fuese, o como si se llamase Isabel, estoy seguro que en algún momento pensaría: igual lo dejo por mi madre.

Fue un antes y un después. Y no creo que en las ciudades del desierto, sino en ese pueblo u otro cercano, o en la capital, hasta en su clase, siendo la maestra más aburrida del mundo para ese alumno que no le atendía debidamente. Posiblemente se quedaría inconsciente tras una sacudida. Si fuera mi hermana, ahora, fríamente pensaría eso, querría pensarlo y acertar. Lo otro sería replantearse si merece la pena pagar tantos impuestos. Hasta me pensaría aquello de ir a coger la mayor ola del mundo. ¡Todo sería una puta mierda! Un antes y un después… De recuperarme prácticamente no saldría, como que viviría en un hotel incluso en mi propia casa, de la cama al baño y poco más, sin ni hacerme la misma, y como único trato un colchón.

Pero no, en unas horas me pondré un jersey llamativo, que me suba el tono; trabajaré como el que más y salvaré mi vida, porque lo que no se puede es ser tan servicial con quienes no cumplen. Son ellos quienes han de hacer las maletas y empezar una nueva vida; siempre habrá una segunda oportunidad. Me gustaría que mi hermano mayor me dijera eso… tampoco hablo mucho con él. Eso también debiera, dentro del no saber qué es Europa. Y con mi hermana. Y con mi madre. Pero ahora solo tengo un amigo: una figura incomprensible, quisiera.

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