A esos peces de colores no los mandé yo, pero resguardaban más que las venas, distintos pero semejantes.
Tenía el argumento de un judío húngaro en pleno holocausto. La cara abotargada, los ojos grises y la tez pálida con ese crucigrama de los pecados que condenan, siendo en una rara libertad.
-Vamos a casarnos y a tener hijos. Tres- me dijo con su voz fosca, aterciopelada y mágica. Importante.
El tañido de las campanas redoblando sus acertijos enloquecieron más su devenir, y mi duda:
-¿Es lo mejor?- me hice sentir.
-Nos queremos cuando nadie nos ve, ¿te parece poco?- adujo ella.
-¿Y me preguntas a mí?- solté sin serle despectivo, tocándola.
-Yo sueño contigo- me dijeron sus ojos negros.
Vigilé mi destierro, mudo.
-Pues eso. Cásate. Te quiero conmigo- insistió marimandona.
-¿Acaso no te basto así?- pregunté iluso.
-Miénteme y di que sí. Solo un poco- apuró apretándome la mano.
Su cuerpo en mí y esas campanas me dejaron como el hielo seco.
-¡Parece mentira!- insistió. -No iré tras de ti.
La miré. Me miró.
Lo que nunca sabré es si valoré más la comodidad o la verdad, suficiente, mía. Otro ejemplo más de la versión extrema de lo que se ve a diario y da derecho. Gestos, complicidades, confianzas extrañas; realidades y muros apostados, aires que se toman y palabras que se dicen por lo bajito al hombro en las tempestades, mirándose sin decirse nada y rondándose en mil alertas, desengaños incluso. Hechos y sonidos puros como las campanas que tercian, solteras, afinadas, parciales y armónicas, de las que avisan de los fuegos.
Al despertar me escocían los ojos. Ya no me pude detener en esa carita de princesa aria, ni pude ver más esas acuarelas de los peces coloreados. Como que me castigó el cielo, madrugando con el reloj-despertador con su nota. Y sí, nadie en su familia formaba parte de esos grupos, recuerdo que soñé; hasta podría llegar a saber cómo sabía su garganta y esa luz que nos encendía todo. Pero no sé si mi diccionario y sus caricias dieron cabida a que ella era neonazi. ¿Qué impulsos me condujeron a eso?, ¿a robarme el futuro? ¿a cambiar mi suerte?, ¿con la esperanza de qué?…
¿No sé si dejarlo todo al azar y echarme a dormir de nuevo en sus poros? Napoléon decía, que, si ponías a un perro al frente de una manada de leones, los mismos morirían creyendo ser perros.
¿Tan imprudente y canalla soy que quiero perderme tanto en otro amor, cualquiera?… ¿O es un consejo de vidas para que no me pase lo mismo?, ¿qué son los sueños?, ¿importan?
¿Vendrá otro amor? ¿tanto quema esa lluvia fría?… ¿dónde buscar sin faltar? Intentar la locura, quizás.
Si hoy fuese el último día, y lo supiésemos, ¿te atreverías a llamar al timbre con un regalito a ese extraño vecino/amigo/querido que tanto da por c…? ¿Superarías las ganas?, ¿lo irrefrenable?…
No se necesita mucho: un poco de cartón, unos garabatos, el cielo prometido.
Felicidades si tienes la chispa. A veces sobran milagros.
El derecho no está para discutir, es la suma de todo, decía yo antes, y ahora.
Verán, me he duchado, cenado, cepillado los dientes y remirado un poco. Y sí, saltan esas alarmas que todo lo relacionan. Resulta que llevo meses documentándome y escribiendo un libro que se titula La frágil moral; aún le queda, si bien, ya he cruzado el horizonte como quien dice.
El protagonista es un tipo de esos que se dedican a las políticas de los años ligeros, como ser mercenario y trabajarse todo tipo de almas perdidas. Forma parte de un hábitat disperso que me surgió. Como me ha surgido ese nombre de la mujer encontrada muerta en la provincia de Huelva. Una tal Laura, como mi hermana. Pero pienso más en su madre, por si la tuviera, que, condenada, deberá aguantar aún timos, cuando menos en los tiempos de espera. Supongo, que ya sabrá que es mejor ignorar que odiar.
Es la historia interminable… uno que estuvo en tal sitio, y que luego… pero al final no pudo… y… en fin. Que no son incongruencia ni erratas, sino otra muerta que nos espera paciente a que los vivos nos dejemos de realidades ocultas. ¿Qué paso?… Ni lo sé ni me importa. ¿Qué sé? Que mi personaje, ese de La frágil moral se haría otra muesca y diría “17025” sin más. Él no se haría más preguntas por la princesa prometida o lo que fuera esa maestra interina. Y estoy seguro que si nos ponemos a mirar estadísticas de muertes violentas, la cifra no es significativa a nivel mundial. Es más, dentro de un semestre ni nos acordaremos. Seguiremos con los sueños de Europa, los templos de parada y fonda de los famosos, y tantos negocios integrados verticalmente. ¡Hasta abriremos algún regalo de Navidad, quizás!
Eso para quienes vivan con alguien y se den a alguien. Yo podría ser hoy como mi personaje, y quién sabe si haberme construido una casa sobre un camión del ejército. No obstante, uno vive en sociedad, y hay reglas. Sin ellas entramos peor que salimos de las consecuencias notorias de las migraciones. Digo entramos, porque el malo perfecto no existe, todos somos malos. Si nos fijamos, esa joven Laura de malvada tenía poco en su cara, más bien lo contrario. Y por aburrida que fuese, o como si se llamase Isabel, estoy seguro que en algún momento pensaría: igual lo dejo por mi madre.
Fue un antes y un después. Y no creo que en las ciudades del desierto, sino en ese pueblo u otro cercano, o en la capital, hasta en su clase, siendo la maestra más aburrida del mundo para ese alumno que no le atendía debidamente. Posiblemente se quedaría inconsciente tras una sacudida. Si fuera mi hermana, ahora, fríamente pensaría eso, querría pensarlo y acertar. Lo otro sería replantearse si merece la pena pagar tantos impuestos. Hasta me pensaría aquello de ir a coger la mayor ola del mundo. ¡Todo sería una puta mierda! Un antes y un después… De recuperarme prácticamente no saldría, como que viviría en un hotel incluso en mi propia casa, de la cama al baño y poco más, sin ni hacerme la misma, y como único trato un colchón.
Pero no, en unas horas me pondré un jersey llamativo, que me suba el tono; trabajaré como el que más y salvaré mi vida, porque lo que no se puede es ser tan servicial con quienes no cumplen. Son ellos quienes han de hacer las maletas y empezar una nueva vida; siempre habrá una segunda oportunidad. Me gustaría que mi hermano mayor me dijera eso… tampoco hablo mucho con él. Eso también debiera, dentro del no saber qué es Europa. Y con mi hermana. Y con mi madre. Pero ahora solo tengo un amigo: una figura incomprensible, quisiera.
El derecho no está para discutir, es la suma de todo. Pase lo que pase. Lo pienso y escribo al preguntarme si ¿de veras vivimos en Un mundo no tan distinto?, o si ¿somos demasiado serviciales?
Regreso de hacer deporte, dinámico y complejo por ese lunes de diario bien largo, y me enfrento a la radio como compañía mientras hago otras cosas. Pero no. Me viene la libertad de poder elegir, el “sí”, el “no”; y todos esos mirar hacia otro lado. Lo expreso sin ser populista. En absoluto lo pretendo. Esos discursos solo sirven para forzar decisiones, no para ser diligentes conforme a derecho.
Porque mi pensamiento trabaja inconscientemente sobre el camino recorrido, y el camino por recorrer de esa mujer, profesora, que han hallado muerta; y pareciera que hay una intención detrás de su cadáver. Algo, que, por prudencia, omito. No obstante, qué fea se habrá quedado la clase, y qué bella la viuda. Como hombre, como funcionario, como deportista, como persona, sur y norte… la cubro con un velo de respeto y diálogo, con esa transparencia negra de un encuentro como este al regresar a mi casa e informarme de lo acontecido en otros lugares del planeta más allá del despacho donde uno ha de mirarlo todo con las gafas de los que nos mandan.
Sin duda, cuando pueda, creceré en mis mundos imposibles, escribiendo. Es aliento, es normalidad. Si de algo pecaré esta noche será de esa realidad… como que, de lejos, sentado en un precipicio, el suyo, con mis pies colgando… Y en unos días tocará felicitar la Navidad. Imaginemos que es eso, un respeto, a la suma de todas las tradiciones, se crea o no. Y viceversa, una reclamación, una reivindicación, porque hay que seguir creciendo, viviendo, siendo, estando. Esa gesticulación la hemos de hacer pensando que una hora menos es una hora más. ¿Se imaginan qué sería si evitásemos los minutos irresponsables?, ¿los de la desesperación?, ¿los que nos muestran como figuras diferentes?, ¿los de la violencia y el no echarse atrás?
¡Y joder! ¡Qué poco me gustan los tatuajes!, pero ha servido el de su costado para marcarla. Sí. Vio al coco la profesora, según parece: otra ecuación imposible de las que quitan oxígeno. Al mismo tiempo le han sido pétalos de ser y reconocer, de celebrar y de enmarcar.
Es lenguaje del pasado en su totalidad, ya. En Un mundo no tan distinto, ¿demasiado servicial? el cual uso para tapar esas hemorragias y liderar humildemente mi cambio, el de nuevas lecturas, el de nuevas ondas, sumando, porque mañana saldré a correr, escribiré, trabajaré y dejaré cuáles son mis exigencias irrenunciables, con mi día a día, mi ser, mis pasos y muchas gafas: “el derecho no está para discutir, es la suma de todo”.
Estoy, siendo, extrañando.
PEBELTOR
¿No les ha ocurrido nunca, que eso que sueñan, es un reflejo y está sucediendo en realidad?, hasta con música. Y despiertas y es lo primero que ves. Haces como si nada, te avergüenzas, hasta sudas frío. Te tocas y te dices -¿en serio?- como si el futuro te fuera complejo.
Poco a poco se va diluyendo ese soñar, ese no vivir, viviendo. Ese ir hacia un presente, donde lo que contarías ya es.
Descubres el día para no olvidar desde cada uno de tus rincones, saludas al callejón de todos los huertos. Miras hasta si dejaste la puerta abierta o no. Cuentas todo: ventanas, sillas, alfombra y todo. Intentas hasta comer, esa última carta al viento, y te sigues preguntando mientras degustas, reservado, que lo que ves es lo que es, lo que has soñado.
Aún, todo merece tu atención. Está a tu medida, estés donde estés, ya sea tu casa, un campito, el vagón del metro o el tren donde has dado una cabezadita de las locas, aquel banco del pueblo que te resultaba tan cercano, tu mejor apoyo… Y cuentas, sigues contando, con toda tu pasión, de la básica, en silencio.
Es una lucha para reforzarte. No sabes si te queda mucha vida o si es que ya has ido demasiado lejos. El beneficio varía. A ratos, de ese nadie sabe nada, te pones muy nervioso/a; en otros, cierras los ojos y haces turnos, viendo o no el entorno y tu soledad. Observas chicos malos, habiéndolos o no. Hasta intentas volar, abriendo tus ojos. Te desabrochas el botón del pantalón o los cordones de los zapatos. Todo aprieta, por solitario que te sientas. Hasta que, deduces: somos los más importantes de las cosas menos importantes.
Ya sí, la madurez es un signo en tu piel. Las mejillas se te han entumecido. Te palpas la mano por esa fuerza que te impulsa y te propinas un beso, singular, cortito. Sí, el que no se pone medallas es porque no quiere. Es salud. Moral. Lejos de las físicas teóricas tienes temple. Sonreímos tímidamente. Sí, sabes que hay alternativas a lo turbio. Eres consciente de que respiras lo que escribiste. Caíste en el nunca lo de siempre, con el riesgo latente.
La cara se te queda más real que nunca, es la de los tramposos. Sí, la suerte cumplió su papel, como en cualquier negocio. Y llamas a tu amigo/a, para decirle:
–No necesitas analgésicos para salir de tus adicciones, leer es bueno; me ha vuelto a suceder– mientras ella o él limpia su nombre a golpe de millones.
No esperas que te lo agradezca, le eres un monstruo. El del rudo plomo de los cementos que cada cual lleva. Te ven peor que a una iguana. Arqueas los brazos, y, te miras, girando un poco la cabeza. “Tremebundo viaje”, rezas, o escuchas ese eco semejante, al tiempo que los enjaulados conspiran, naturalmente hostiles a la civilización, como los cocodrilos y sus ojos saltones, henchidos de una paz sofocada hasta nuevos repentes, estando sin estar.
–Dame veneno que quiero morir– dicen.
De pequeña quiso tener un restaurante, pero acabó trabajando en una zapatería. Y no era suya. Como cocinera también hubiera sido muy discreta, quería valer lo que valía, más aún en esos negocios de larga tradición que habían vivido el relevo generacional y estaban siempre de cara al escaparate, bajo los envoltorios.
En un lugar donde necesitaba el reclamo escuchaba de todo, como esas frases tan descomunales del “las mujeres solo son propiedad de los caballeros”, siempre, con el sigilo de un gato que rondaba a un pajarillo dormido.
Ni la sonrisa la delataba, lo más, que de cuando en cuando abría la ventana de la trastienda y respiraba, imaginándose el espacio exterior. Incluso, lo olía a barbacoa en el estío, la pequeñita astronauta. Claro que, eso era cosa de uno de los jubilados, el que extrañaba y le sonreía plácidamente.
Ese le regalaba los oídos llamándola Zapatitos. Y lo decía por todo el arco mediterráneo, porque unos días, pocos, se lo llevaba su familia. -De veraneo- decía él, insatisfecho -dos días-. También la noche de Navidad. No más.
-¿Pero quién te crees que eres?- lo oyó ella quejarse, no sin dificultad.
Más hubo de regirse el abuelillo por ese plazo que le imponía su hija, quien deseaba seguir en ese su piso, con quien había vivido por excelencia. No obstante, el día a día les superaba a todos.
Hacia la noche ya era otra cosa. Era su momento. No se sentaban a la mesa. De alguna forma ese le convidaba a moverse.
-Deja ya de preocuparte por el peso- le dijo el anciano una vez -confía, la tienes- subrayó contundente.
Como en una soleada mañana de marzo desdeñosa, la parca soledad les unía. Eran amigos, el de la gorra y ella, quien le ponía música a su vida.
Todo empezó, porque un día el guardia civil no pudo dominarlo todo, y ella, patrullando por esa ventana no dudó en saltar encarecidamente y ayudarle. Se había tropezado con su mismo bastón. Ese hombre, que de joven se subió a muchos tejados mirilla en mano, no cesó en su empeño hasta que la jovencita aceptó verle luego, al cierre del negocio. Fue entonces cuando aprendieron a valorar lo realmente bueno, con la interrupción de esos dos minutos, cada tres días, en los que él debía atender a su hija por teléfono, distante más de mil kilómetros. La cual, sentía una envidia brutal de la ´niñita tendera´, como la calificaba, quien iluminaba dos hogares en uno y ninguno.
Si bien, la miseria calculada de esos días le hacía ver que distaba poco para separarse, y se le ensombrecían las piernas a Zapatitos, pero giraba y giraba, como podía, liándose y jugando a la confusión. Lo que pasaba, es que no cesaba de rondarle ese colmo de la realidad invisible al que pasaba las noches durmiendo en la misma habitación en la que vivía de no ser por su invitada:
-No me quedaré tranquila mientras sigas viviendo tan lejos. Te traeré cerca. Hay una residencia estupenda. Tienen arneses y líneas de vida.
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