No estaba ni para un esfuerzo de imaginación: exhausta, brillante, famélica. Caminó extraña. Mejor eso que cosas peores. Amores perros tenía la jovencita, desnuda, que, por no saber, no sabía ni su nombre: pura serendipia.
Igual los árboles, muy contentos, redondos, lamentaron si cabe reconocerla en tal día, más desvelos no hubo. Ni de los pequeños burgueses sentimentales, esos trigos, muchas veces imposibles, cada cual, a su diferencia, su zumbido, su espiga. Quien más quien menos anduvo, en cierta manera: presos comunes.
De la cantidad de imágenes que vemos a diario, no dejo de pensar en esa en la que unas mujeres yemeníes estaban siendo tratadas con quimioterapia en una sala conjunta, tapadas conforme a las tradiciones que nadie debe criticar, máxime cuando se desconocen.
De lo bueno, que ellas tienen acceso a la medicina. ¿Por qué no?, aunque supongo que serán parte de la élite, por decirlo de algún modo. De lo malo, que quizás no sea lo más recomendable desde el punto de vista estrictamente sanitario tratar a alguien que no muestra más que las pupilas de los ojos y las manos, cuando precisamente no están bien, cubiertas por sus telas, oscuras.
Es una reflexión respetuosa, bienintencionada. Partiendo de la base de esa otra percepción: sus poses. Por más que estén reclinadas en unos sillones medicalizados al efecto, no son precisamente alentadoras, sobre todo, cuando escrutas a fondo los ojos y la disposición de las manos, con tanto cableado y ese contraste del azul de las sábanas con sus negrores, protagonistas.
Igual, los credos, sean los que sean, tendrían un hueco de piedad, sanando; o las personas, hombres si acaso y mujeres, que a veces son más malas con ellas mismas que todas las creaciones posibles.
En su defecto, querría ver un tango como poco, por ejemplo; manejado por ella, de piernas naturales, marcando el paso. Sueros de esos también se echan en falta, así como los milagros, pues extrañamente todos estamos enfermos, y hay que escapar de todos los interiores.
No quiero ni pensar qué música tenían las mismas, intervenidas y ataviadas hasta la extenuación. Aunque sí, todo es muy interpretable. Me falta mucho mundo por conocer, pero es que uno ya nació condicionado, como todos… ¡qué pena!
Platón dijo: los buenos son aquellos que se conforman con soñar lo que los malos realizan. Luego, no estaría de más reconstruir el sueño de tanta imagen, con esas piernas sobrecargadas de lo brutal, sincero y espontáneo.
Puso lo que fue el pijama en su sitio, y su último camisón; dejó la cama muy bien hecha, con un juego de toallas a los pies de la misma como si su casa les fuera un exquisito hotel, y salió.
Más allá del mundo conocido no había luces leds en los faros de los coches. Adoraba y odiaba la expresión de esos rostros, imprudentemente cruzándoseles en las áreas de servicio. Paró en todas. Es lo único que siguió haciendo, delicada y espinosa, contravolanteando.
Hasta que llegó lejos, bien lejos. Harta de coche anduvo tanto que tomó la primera bicicleta que pudo, la cual apoyo en el puente, uno de tantos, fríamente templada, guiada por su sino. La música de la radio del habitáculo ya no le sonaba, nada le fue superior, salvo eso: estar junto al lugar donde por primera vez supieron reprimir sus emociones. El gorro, los guantes, y un teléfono móvil sin batería fueron su gélida máscara.
Esa eterna mujer siempre supo reconocer a los medianamente enamorados. Más el ruido de la nieve lo invisibilizó todo, o casi.
“Te cuidaré más que a mis ojos”, recordó haberle oído decir a su padre, hermano y esposo, más a aquel querido que le pareció tan juicioso. Ese joven maduro que desapareció sin más. De todos se pudo despedir, menos de ese brujo al que le prometió todo el cariño que ella tuviera y supiera dar. El que la besó un día y le derritió el hielo sólido en el que se le había convertido la vida. Su cuello no estaba desvergonzado, tampoco pretencioso ni lujurioso. Venía de muchos kilómetros, millas, sola, con las manos ajadas al volante y la vista en el teléfono más que en la perpetua carretera o las estaciones esas, donde fue preguntando raída.
Cosa distinta es que volviera a sentir el poder del sol en la palma de su mano, inusitada y extrañamente. Pero sí, «te cuidaré más que a mis ojos».
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Han sido meses escribiendo una novela, que, finalmente, decido empezar de nuevo. Escribí gustándome el personaje, hasta me llegué a sentir de la misma forma que él, sin embargo, al terminar, ese todo me deja casi sin voz, con la moral flexible y una mezcla de biologías y sentimientos que lo sobrevuelan todo. Era una novela, no un diario o un relato cualquiera. Llegué a oler como él.
Ese personaje traspasó mis letras porque a poco lo vi en pantalla a una velocidad inusitada. Y he sufrido esa luz que arrojan todas las secuencias que perpetúan las retinas. Lo vi como película, con todos los valores. Tenía el enemigo adentro. Y no he sabido darle toda la excelencia. Por ello, he tirado mi libro, mi historia. Toda esa historia de sementales se ha quedado en nada. Cuando uno escribe las palabras también te dicen: a mí me han ganado.
Esas letras ya no tienen voz, forman parte del olvido. Trataban de la evolución humana, de alguien que no quería envejecer. De una persona que sobrellevaba el día a día robando. Su identidad tenía ambición, con él llegué a la diversión y a una villa imperfecta llamada “Olvido” donde había personas de muchas nacionalidades. Donde se nos permitía hacer lo que quisiéramos, todo bajo el mismo idioma: calcar. Había belleza, y arte, sobre todo lo último. De hecho, era un laberinto de obras robadas, algunas detrás de ventanas mal iluminadas, o a la vuelta de algún que otro cubilete, incluso separando el ancho de la calle.
Él fumaba mucho: el Chincheta. Un tal Gabriel, quien demandaba mi atención. Al darte la mano te daba un respingo. Tal vez solo una costumbre sin esperanza. Las mujeres tenían una edad relativamente joven. Todas debían renunciar a algo, como todos; ninguno llegamos a Olvido sabiendo lo que íbamos a encontrar. A cada cual le vendió un humo distinto. Juntos, nos creó la coparentalidad. Todos éramos de todos, mientras él sentía las presiones del reloj biológico.
Su hija y un nutrido grupo de doctores, encabezado por Leslie, una rara avis, normalizaban todos esos cambios y nos establecían vínculos. A mí me encajaron con las francesas. Era eso, el que las calcaba. Para mí empezó siendo difícil, luego un placer y finalmente un tormento, conflictos.
Unos decían que ese lugar estaba en Colombia, otros en alta mar. Destruí esa noción. Llegó un momento en el que no pude más que pisotear todo ese armamento y las nociones. Entendí que no era un monumento más, y que el rencor, la venganza y la humillación llegarían tarde o temprano. No ahorré en recursos, tampoco me convenció el cierre: forzado.
Me avergüenza cómo los políticos permitieron eso. El arte es solo una manera de fracasar mejor, un hilo para entender la realidad. El Chincheta había caído en la lógica de ser tan certero y profundo que me permitió manejar los clasicismos, racismos y machismos generando marginalidades. Su duelo solo lo podía concebir en el conflicto armado al tiempo que su envejecimiento seguía de manera responsable, amorosa y descarnada.
Y entonces entendí que el arte tiene una capacidad de acción lenta, no así la vida. Quizás me obsesioné con ganar y no vi el sentido de esas imágenes (de noche y de día), hasta lo consideré un caballero, al sinvergüenza. Tuve ese problema, escribí con mucha fuerza y probablemente he malgastado esos meses porque no hemos parado de crecer, por más titulares que le daba, discursando. Hablamos mucho él y yo, en la libertad de su villa, una de tantas.
La frágil moral también será recordada por eso. Nada es comparable. Dos inviernos u otoños tendrá, lo mismo hasta primaveras, no sé. La verdad es que me paralizó, imbuido… para nada. Ni me di cuenta que estaba sangrando por todas mis presiones o neutralidades. ¿Faltó cariño?, ¿traté de protegerme del futuro?, ¿no he sabido respetar mi opinión?, ¿es autocensura?… ufff. Igual es verdad: en las casas que hay perro huele a perro.
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