No había hecho más que esperar, sobre todo desde que se marchó en primavera. La cuarta o quinta vez. Esperar a que llamara o a que viniera a verme. El siseo de tener a alguien, de ser parte de alguien. Esa textura del mundo que se le pasa a uno por sus pensamientos cuando crees haber encontrado a la persona. Su tacto, sus remolinos sutiles.
Trabajaba, hacía deporte, me ocupaba, mantenía un aspecto agradable. Hacía cosas por costumbre, por rutina, por necesidad. Y no hablaba de ella, ni con ella. Respetaba que se hubiera ido. Quité y volví a poner sus sábanas, o las nuestras; sus fundas del sofá, las nuestras; y así con todo. Un vaivén rutilante, incisivo, falto de razón o entendimiento.
Y pensaba en ella hasta cuando no quería pensar en ella. En sus sombras, sus risas, sus pasos, las manos. Nada tenía que fingir, podía casi que tocarla, hablarle. Y eso que cambiamos de edificio, de turno horario, de calles por donde discurrir. Hasta de hora y día para ir al supermercado. Solo que su aspecto carnal estaba ahí, a mi voluntad, cual intervención real de la reflexión. Sus ojos, los labios, cómo levantaba las cejas sin mayor connotación.
Todo formaba parte de un vago recuerdo, de ella y mío. Hasta creía leer que se jugaría la primavera por volver a tenerme delante, y no solo por el recuerdo de aquellas noches. Todo era una mezcla de la vista y el tacto, su olor. Tenerla cerca, podernos abrazar, sentir que no nos habíamos ido. Las películas que vimos, las que sabía que más le gustaban, las personas con las que nos relacionamos. Todo ese artificio de crear una vida, vidas, sin salirnos del carril del amor.
Jamás fue petulancia, necedad, estupidez, presunción. Nos queríamos… Y es complicado comprender cómo la falta de sensatez o nuestra vulnerabilidad mental, al ser excesivamente orgullosos de nosotros mismos o incluso arrogantes sin intenciones, de pronto se desborda por un cúmulo de sucesos cuando podríamos habernos cruzado sin miedo a equivocarnos y, al menos, despedirnos con un beso y abrazo genuinos, de esos que conseguimos generar de la nada.
Retornar al llanto, volver a llorar de amor, de ira, de tristeza. Derramar lágrimas, someter lágrimas tuyas sin tenerte, teniéndote, esa especie de tristeza de saber demasiado y no querer tenerte lejos por siempre jamás.
Reina gloriosa, madre doliente, llena eres de gracia. Mi casa es tu casa, aquí y en el descanso eterno. Seguiré columpiándome en el vacío de tenerte, y seguiré queriéndote, deseándote, oliéndote y tocándote. Todo ese artificio, toda esa vida. Y podernos sentir, abrazar, mirarnos, tenernos. Y poder con todo. Poder tú y yo, nosotros. Preocuparnos el uno del otro. Ir de la mano.

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