Tenía una herida muy grande. Más aún le faltaba tiempo para medir la vida por décadas que no por años. Cualquier sentimiento que tuviera algo que ver con la ternura le causaba un nudo en la garganta. La juventud de los muslos a su edad suscitó un temblor de otra época. Su imaginación estaba despierta de noche. La química sexual le era extremadamente excitante y peligrosa.
Recordaba bailar tan apretados que sentía circular su sangre por las venas y su resuello, vibraciones en las que encontraba un calor distinto, un gemido nuevo y hasta cómo los pezones se la abrían en flor sin tocarlos ni fuegos de artificio. Tan real, que se le quedaba en su boca su olor, más que a principios de cada nuevo año.
Exaltado por la ilusión de un diálogo decidió llamarla: aún no había borrado su número. Tuvo la suerte de un bobo, se lo cogió su hermana. ¿Cómo estás cuñado?, le preguntó. Y trató de apaciguarle: Tenemos que dejar de hacer esto. La piel se le había avellanado desde la primera vez, y afilado la voz, como a su hermana.
Aquella noche descubrió el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor.
La juventud, que se fue para no volver. No pasa un solo día sin que los recuerdos, la camaradería, la ilusión interpreten erróneamente mi expresión.
Las sofocantes madrugadas, los recreos embutidos en largas jornadas de trabajo, sonreír al ceño fruncido de los amigos, el inagotable conocimiento del tiempo, cerrar los ojos para apreciar mejor sabor del primer bocado. También ser espontánea, generosa. O el tirar de aplomo para pronunciar un discurso impecable sin ceder a la menor vacilación aparentando ser ciega y sorda. Y rellenar las copas a la velocidad precisa para crear el ambiente propicio a las confidencias. Todo influye.
Más lo bueno siempre perdura en la memoria y se proyecta al futuro, que, todavía, cuando me miran podría notar el rubor de mis mejillas y hasta podría sentir el tacto de los dedos; un asombro que me expondría y del que necesitaría tiempo para recuperarme, abrumada por el estupor. Y medio reiría, una risa que no lograría disipar del todo la tristeza que flota como una nube tenue y sombría. Pero reiría, cristalizando el nerviosismo… y no hará falta mucho más, pues tampoco necesitará terminar las frases para interpretarme, aunque tengamos una inquietud muy parecida al miedo con movimientos de los que cortan la respiración… Me lo he explicado muchas veces.
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