La mujer con atuendo varonil simulaba ser un hombre. La otra se aventuraba perdiéndose, contando sus penas al primero que pasaba. Que una mujer tuviera sexo fuera del matrimonio era una vergüenza para la familia.

En aquellos tiempos a la mujer se le educaba para ser buena madre y esposa. Y sobre lo que no se podía cambiar, se recurría a la brujería, a la trampa o al engaño que eran malas y buenas artes.

Pero a diferencia de los hombres tenían que ser discretas, tal que ellos fueran guardianes de la virtud. Y había velas, que no el atisbo de las linternas. Velas con el beneplácito de una autoridad superior.

No importaba ponerse en peligro si con ello el matrimonio se enderezaba, que también.

Ana jamás tuvo una habitación propia, ni cocina. Una buena cena era importante para una buena charla, y para pensar, amar y dormir bien. Otra cualidad imponderable era no tener prisa.

El problema es que cuando llegaban a casa, la una y la otra, no tenían ninguna certeza que exponer. Todo les era sobrevivir, en particular entre las clases altas de caballeros. Seguían siendo excepción las mujeres de clase alta o media que elegían a sus maridos.

Si bien, ellas sacaban un rato para verse y, a las interrupciones y ruidos habituales, se sumaban los problemas de salud y la necesidad de ganarse la vida, pero se querían, pavimentando el camino y domando el salvajismo natural de la época, culpables de todo. Igualito que en el siglo XVI.

 

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