Ella no tenía la culpa, quienes la miraban sí.

Unas por imputarle malicia y falsedad, otras por conmoverse o desearle ser tetrapléjica. Y el hombre, el superhombre, con esa rectitud de ánimo e integridad en el obrar queriéndola como poco para cinco minutos. Fingimiento o engaño, todos, y bondad.

Gustaba, era muy guapa, hermosa. Hasta se dejaría entrevistar. Calumniarían, difamarían, murmurarían por ella. Con decencia y sin ella. Se mostrarían vulnerables si con ello le despertase simpatías.

Lo que no sabían es que su corazón latía más rápido, quemaba grasa con más lentitud, tenía un sistema inmunitario más fuerte, su lengua tenía más receptores de dulce, parpadeaba el doble, tenía más flexibilidad que lo parecido, usaba el color rojo, se maquillaba claro, el radio de la cintura a la cadera indicaba su nivel de estrógenos, tenía una voz más aguda, usaba lentes, y hasta podía llegar a ser torpe y terca.

Con todo y con eso se descalabrarían por ella con furia, o la acusarían de dominar el arte de quitarse el sostén sin sacarse la blusa y de jugar con sus pechos frente al espejo.

Si supieran que el siete de septiembre fallecería atropellada al cruzar el paso de peatones de casa de sus padres, ella y su hermana pequeña, sin duda alguna, se lo pensarían y todo quedaría en un absoluto misterio.

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