Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles.
Sufría como un condenado, de tal modo que hasta empezaba a creer en Dios. Unos días parecía haber recobrado la vivacidad; otros, volvía a estar decaída e insatisfecha.
Iba a casarse y a tener hijos. Ese pensamiento aguijoneaba su sensación de culpabilidad.
Que viera animales de abasto por medio de los andenes, las vías de tren; coches circulando en sentido contrario con relativa asiduidad; personas que cruzaban sin mirar, osadamente, lo podía sobrellevar, no obstante.
Lo peor es que seguía habiendo tan buenos criados, tan supuestamente leales, que por muy mal que olieran sus señores, no se daban por enterados. Y eso le reconcomía.
Mejor seguir atendiendo a niños amputados, de otros, que arriesgarse a parir y tener que mentir. Porque quien no mentía, ya sabía lo que le esperaba en ese mundo de locos.
Por suerte, a menudo era de noche en alguna parte y siempre había un sol que se alzaba en el horizonte; eso les hacía saber a los niños que cuidaba, protegiéndose de su cuarto matrimonio, madre de seis hijos.

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