Fui actor, bailarín, barman, periodista, y congenié tanto que cuando uno tiene delante esto, puede hacerlo. Me alegro de haber servido, y de ganarme ahora la vida con la estabilidad de los que quieren tener hijos y cuidar sus relaciones. En el amor no se fuerza nada, y al poco que tanteo comprendo de voracidades. No suelo fallar. Ya estamos en otras deferencias, extraño ese algo maravilloso.
Bueno, al menos yo. Sé que ella tiene un mañana dificilísimo, agónico. Ojalá que siga con sus estudios, eso del marketing nos da juego. No termino de verla casada, su sonrisa es su mejor regalo. Mario parece que es un gilipollas enganchado a la comida japonesa, y eso que dice que están predestinados. Pero… allá cada cual. Todo se compra.
De todos modos, da igual lo que pase, tenemos un alma gemela. Le he metido un hilo rojo sin que se entere, y como va hartita de nervios ni se enterará a tiempo. En lo que empiecen con el brindis ella ya estará hecha polvo, con frío, temblorosa. No obstante, en ese día tan importante para ella, con su familia, los padres y las sobrinas/os correteando y haciéndose fotos, deberá obviar el escozor. Después querrá el otro hacer cualquier cosa, y no podrá ni de lejos, por más que le pueda llegar a gustar. Las personas son personas. Sí, la irritación será mi destino. ¡Hostias qué gracia! ¡Menudo cuerpo tiene la virgen! Habrá que verla cuando me llame, y ahí estaré, de guardia, para ayudar, trayéndomela de nuevo a la clínica.
Ya la avisé: -Todo se aprende, podría quitarte la presión.
No me ha hecho falta ni impregnarlo en pimienta rosa, creo. La vida es bella. Todo el mundo tiene su día.
Nos enseñaron a soñar, a intentar vencer, a ser amables. Una auténtica lástima. Nadie acentuó el adiós. Y es lo real, lo seguro.
Mucho ser amigo de los amigos, hacer de colegas y creerse a salvo, y no, nadie ha nacido para reinar. Tras diecisiete años no es puro magnetismo, y bien sé que sus toses no se alivian con cualquier fármaco. Pero no se sabe nunca con quién se está viviendo.
Ahora bien cada día me siento mejor, tengo mi emporio. Nadie me discute, nadie me congestiona, me seca o me pide su lado de la cama y del mar. Tengo mi extraño huertecillo, y sin prisa, cuando quiero las saco, desocupándolas, muy entregado.
-Bienvenida- les digo.
No me oyen a la primera, están rellenando ese cuaderno que les obligo. Así están entretenidas. Les dejo eso y el cepillo de dientes, lo demás se lo tienen que ganar. Cuando se trata de valentía piensan. Con la comida se denota la fragilidad. Y sí, cuando son solo mías, limpitas, sean cuales sean, siguen las instrucciones. Antes y después tienen otros sus cinco minutos, y ellas. Para eso no existen seguros, para eso están las lámparas: son sus segundas vidas. Si apagan el punto de mira, saben que no necesitan más estrella.
Unas veces me amarán, otras, me odiarán; esto sí es el gran show. No, esto no es un restaurante normal, es algo real. Y me da igual que me digan que no: tengo clientela. Les invito a sentarse en la mesa, y que se sepan buscar la vida.
No tengo duda, hay verdades sospechosas. Ella no quiere esperar a que le salgan pretendientes, además, está la incertidumbre del riesgo implícito, y lo sabe, pero el que calla otorga; ya no hay marcha atrás.
Es lo que le queda por delante. Todavía tiene algunas vacaciones, luego lo tiene todo pensado, sobre todo, cuándo volver, pero eso jamás lo dirá, porque todo lo espera con los brazos abiertos. Sabe hacerlo. Se custodia, se ayuda.
Parece un quiero y no puedo, más en su cabeza sólo hay dos palabras, y ese deseo puede estar de tantísimas maneras… Tanto trabajo le ha venido bien, volverá a fichar y a estar de suerte con sigilo. Como siempre, cerrará el capó con la sombra en la meta, como si no pudiera llegar, normalizándolo todo. Aunque hoy está mucho más enchufada, tiene una dinámica salvaje, ni reza, pero yo me lo sé, ya le di la vuelta a ese -te extraño– tan suyo.
Mañana lo sabrá, yo de momento no estoy. No. Soy yo mismo y me basto. Sí. Su espíritu de compasión lo sigo llevando, hoy veo venir la caricia de la bestia. Año nuevo vida nueva, y para conseguirlo tendré que trabajar duro, adaptándome de inmediato a los silencios vergonzosos y cómplices, ventanas. Todavía ni soy capaz de oler la casa nueva de tanta ferocidad con que se fue, y no quiero hacerlo de cualquier manera. El siguiente reto será dar con mi escudera, pero sin nombres propios. Casi que prefiero convencer a alguien para que se quede, que tener la puerta abierta tan contento. Es lo aprendido. Siempre nos gusta, pero no. No. No. ¡Qué Noooo!
Un niño puede llegar donde quiera. Supongo que habré tenido mi vida en pausa, o a favor de algo que no sé muy bien qué es. Sí, algo solo mío, fragilidad quizás. El caso es que aún exploro esos matices. Es como si la adolescencia se intensificase; poco a poco me he quitado lo menos veinte años. He vuelto a andar de madrugada sin pasar frío, cruzar el centro de la ciudad sin mirar a las farolas, y, sin embargo, recién despedido un año entro en otro, débil y disperso, aunque parece que algo he apuntalado.
Era ella, la saludé. Lo intuí desde el principio. Un café con leche, su croissant, y esa conversación con mi buen amigo, ambos con las horas contadas hasta que nos aloquemos, de momento bajo las influencias de las bajas presiones. Cualquier día apareceremos en Berlín, o a orillas del mediterráneo.
Pero la preciosa instantánea no mintió.
–Dame un beso– le dije ganador.
No era una gran noche de sábado, y el espacio era todo suyo. Le faltaba la cama. Su cafetería era un lugar para estar muy, pero que muy agradecido. La libertad de las marionetas sentí de perfil. Tan diferentes, estábamos igual. Me sentí fuerte, y fui valiente: el alumno se dirigió a la profesora con los pequeños problemas de cada día; no para desearnos lo mejor en el nuevo año, sino extraño, para morir como hombre.
Cuanto más cerca la profundidad de la belleza es más agónica y deseable, y eso que se es muy consciente de las dinámicas y la estática de tanta mar. Ni remando a brazo tendido se avanzaría más. Hay momentos en los que no, porque el retorno es también ese patrimonio perdido.
¿Serán verdad todas esas cosas?, ¿de veras habrá alguien esperándome?… ¿El bebé del puerto será mío? ¡Malditos siete minutos!, y las medias horas de tanto decirse y extrañarse. Nunca es una palabra que asusta.
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