Pensaban el uno en el otro, no de forma lineal. Hacían sus vidas, pero les faltaba algo. Se notaban presentes y al tiempo ausentes. La noticia era esa, que estaban sin estar y se echaban en falta. En parte se evitaban y, de otro modo, era un ejercicio de memoria por todo aquello que habían sido.
De cuando querían tocarse, mirarse, hablarse. Fuera ella o fuera él.
Esa ventana de tiempo ayudaba, no obstante. Cada cual manejaba su gran relato de existencia. Internamente, habían regresado a su infancia, a la adolescencia, y a los primeros años de adultos, hasta a los aires difíciles donde ya estaban ambos con la emoción del deseo, de la pérdida y de la esperanza. Pocos, pero muchos si se sabían contar, y recientes.
Si bien, ese ruido continuo del tener que corresponderse les había podido. La voz ya no tenía fuerza. Apenas quedaba un hilo de educación, poco más. Pero ver, se veían; mirarse, no tanto. Uno y otro mitigaban sus barreras con los días y los trabajos, pero también se incrementaba la ausencia, elevada en ciertos momentos, una ausencia adulta y contenida. Ambos sabían que, con o sin mediadores, precisaban de una cuarentena. La vida se había convertido en todo un delirio moderno y emancipador en los últimos años. Libres, soberanos e independientes. Y lo pagaban.
Para ellos, el atlas de la geografía humana podía llegar a ser un corazón helado. Ya, ni cuando estrenaran ropa les sería un día especial. Ellos mismos soportaban su ayer y se golpeaban más fuerte que la indomable vida, sin faro alguno. Eran demasiado listos como para seguir insistiendo, o viejos carcamales.
Tontos o listos, cada día hacían algo por última vez, obviando y emulando esa imperdurable unión de dos extraños que aprendieron a quererse. Es más, la noche en la que amaron no amaneció jamás. Lo único que les importaba eran las opciones que uno se daba a sí mismos, y eran tercos, capaces de evitarse todas las atenciones y aceptar esa suma mal resuelta.
Irremisiblemente había amores que duraban para siempre, aunque no se besasen, aunque no se tocasen, aunque no se viesen. Quizás era mejor no acostumbrarse a nadie, también barajaban. Ahora bien, con ello también abanderaban el disfraz del juntarse, tal que fuese hermoso verse, abrazarse y besarse en vez de revisar recurrentemente si se tenían mensajes de la otra persona (hasta de un teléfono prestado).
Jamás podrían volver a empezar por el principio; es más, nunca lo hicieron. Ni por los valores, o lo del educarse con el ejemplo. A más años querían menos preocupaciones.
De nada servirían las palabras, ¿o sí?… Entre tanto, lo más importante era mantenerse sonrientes, en un entorno que iba exacerbando todas las inseguridades y ansiedades. El amor, como amor, no prescribía, pero a la vez era un lío embarazoso. Mal asunto eso del adaptarse o refugiarse.
Cierto es, que las personas que no tenían ninguna esperanza eran más fáciles de dominar; y que el cansancio cada vez era mayor. Muy poca gente disfrutaba de verdad. La necesidad de otro verano invisible estaba ahí… o de toda una vida. Verdades ocultas del mirarse sin verse a la suerte del mundo.
Que otros también se hubieran distanciado era un mal consuelo. Todo un pésimo espejo en el que mirarse. Casi que mejor mirar al mar y a sus contraventanas, viviendo en una época en la que la actualidad casi que lo atravesaba todo y, donde apenas se retrataban los pensamientos y los destinos, sí lo extraño, la incertidumbre y el miedo… ciegos mirando sin ver, por cuando las desavenencias o el repudio y los supuestos imperaban en las perspectivas y las memorias.
Ni una triste divagación de estío se permitieron, y eso que estaban en la sociedad del cansancio y donde las oportunidades había que crearlas… y no dejarlas pasar.
“Y después de todo sólo les quedaba la lúgubre tarea de seguir siendo dignos, de seguir viviendo con la vana esperanza de que el olvido no les olvidase demasiado” (Julio Cortázar).
A quienes les daba miedo la enormidad,
los sueños y los olvidos. (PEBELTOR)
Pudiera no ser más que otra secuela de la indigestión, si bien, solo fingían ser civilizados cuando en el fondo no lo eran. El verano se les había acabado en un abrir y cerrar de ojos a quienes tuvieron la magia de conectar y la suerte de coincidir.
El aire despreocupado dejaría paso a otras sensaciones de incomodidad, no ya tanto con las temperaturas y lo extremo. Seguramente sin emitir sonido alguno, ni siquiera un gemido. Había que haber amado mucho para llegar a odiar, y ni eso.
El camino de vuelta que pasaba por el parque se había hecho más largo. Un pequeño paseo por el pasado. Aun así, cobraba plena vigencia al mirar con fijeza a la zona de juegos infantiles, sintiéndose un hombre de mediana edad: porque también había crecido.
No solo se les había ido el verano, sino que también muchos años de sus vidas; a los perfectamente sanos y puñeteramente a salvo de todo y nada. Que, para ser sinceros, el mero acto de respirar constituía un esfuerzo titánico, para los muy aficionados a dar portazos y gritarse callando.
No obstante, y habiéndose imaginado siempre que los entierros se celebrarían en días grises y lluviosos, con gente vestida de negro y apiñada bajo sus paraguas, el sol brillaba y nadie iba de negro. Tampoco le hicieron caso con el himno.
El otoño se presentaba raro, peor que un ¡maldito bastardo! El niño que llevaba en su vientre saldría corpulento de más y feo como pocos. Y ni la tapa del ataúd se le resistiría, con lo que a las horas saldría de esa su alcantarilla. La bufanda había ayudado, y mucho, dando y quitando penas, suspiros y lamentos. La misma bufanda que aún habría de pasar por más tragos, y hasta de acompañarle en su segundo entierro. Pero luego, bastante más tarde, qué todavía le quedaba por hacer.
Primero, la tomaría con todos los dolientes chaqueteros, a quienes iría haciendo un ovillo, uno a uno hasta formar un montículo (cubierto de maleza y secretos). Les quitaría las indumentarias, por cierto.
No se consideraba un alcohólico el recién fallecido, del mismo modo que no creía padecer el síndrome de Diógenes. Solo era un hombre al que le gustaba echar un trago de vez en cuando y coleccionar cosas; y tenía largas temporadas. Cosas, que algunas quemaría.
Así era la naturaleza humana en la que uno no podía elegir sus verdades.
Su perro, al que hubo de medio drogar para tal fin, sería el único que podría descubrirle, ahora bien, confiaba en ganárselo por sufridor que era. Ya sí que le podría dar largos paseos por el bosque y que se explayara. Y su padre; pero su padre teóricamente tenía alzheimer, por ¡aúpas! que dijera. ¡Otro rojiblanco muerto hijo de puta de mucho cuidado que en su día fue del Atleti!
PEBELTOR
Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el ardor de los calientes rayos dejase pasar, bienaventurados pusieron en marcha su gentil treta.
Unos estaban de concierto veraniego, otros de paseo o hablando de todo aquello que quisieran. Ellos, en el aire y en la tierra, en lo ancho y en lo alto. Obraban su milagro.
Faltaban muchos meses para que los predicadores y otros tantos colocasen en lugares cercanos regalos. Se hicieron pasar por ellos en lugar de irse a la piscina u otros gustosos sucesos.
Ellas, hasta se adornaron con sortijas de azabache.
Primero hubo un concurso de ideas, después, durante tres días, pruebas y más pruebas. Los elegidos representaban tanto el poder como la rebelión, privilegiados por haber llegado a esa su tercera edad, algunos camino de la cuarta. Todos, diplomáticos de primera línea y rostro del peaje emocional de lo que no tuvieron de niños, haciendo uso legítimo de ese derecho fundamental.
Con todo y con eso, casa por casa se encontraron con lo mismo: ¡putos niños esperándoles! Ninguno estaba jugando a videojuegos, leyendo, cantando, haciendo deporte, la compra o recogiendo la habitación. Todos esperándoles, obsesionados con ganarse algo a toda costa. Su regalo, por pequeño que fuera: les hacía ilusión.
Los habían pirateado. Una de esas aplicaciones con las que la gente, de madrugada, día o noche, se decían sapos, flores y quedaban o tramaban algo. Por jóvenes, los carcas de los viejos no se percataron de la inclusión, y eso que hubo juramento de palabra para no desvelar la famosa treta. Esos ancianos querían ser poco menos que protagonistas indirectos, tanto así como el anónimo famoso que iba dejando pinturas a modo de grafitis, muy cotizados.
Por suerte, en tiempo récord se justificaron: “Se trata de cosas tocantes a esa historia y no a otra”. Dicho así, ningún peque se hubiera enterado; pero como estaban compinchados con los padres, ellos se los explicaron: “Están leyendo a Don Quijote, nada más, se lo toman demasiado en serio, son las prácticas de la Universidad de Mayores; necesitan unas vacaciones”.
Y todos se fueron bebiendo el vaso de leche (algunos, agua con hielo). Peques, jóvenes, papás, mamás y los más adultos. No quedaron de más las galletas de chocolate, las pasas, ciruelas, dátiles, pistachos, orejones, higos secos, más galletas (ya con canela), y otras de jengibre, buenos helados (de todos los sabores, pero especialmente de turrón), y prometedoras recetas, que los papás también hicieron sus cursitos de cocina. Las mamás, queriendo que todos caminasen más de lo justo, y sin ni poder colgarse la medalla para no sentir tan extraordinarios martirios.
Se trataba de descansar, de relajar el gesto. Esa y no otra era la única baza, y que surgiera de nuevo algo. De por sí a Marco le entraban náuseas. Algo le podía, si bien, había demasiado en juego como para echarse atrás. Dinero y lo que no era dinero.
Quien se entretuviese consigo mismo, con la pareja y con la bicicleta ganaría el bote. 230 millones, que deducidos los impuestos vendrían a ser 200 millones limpios de polvo y paja.
Hasta la fecha ningún imbécil lo había conseguido, rugiendo de dolor y derrumbándose de forma casi violenta al suelo pasados unos días.
Marco ya sentía un dolor punzante en la cabeza, y el suelo del garaje estaba bastante duro. Ella casi que lo estrangula con sus propias manos, que también lo pasaba espantosamente mal, apenas sonándole el móvil, aturdida como que mirando la nada, temblándole todo el cuerpo a punto de soltarle: “No puedo más, esto es suficiente”.
Dos policías uniformados los vigilaban, dos que lo habían visto todo. Dos que ya no atisbaban besos. Y eso que les habían llevado el premio como motivación, teniéndolo muy a mano. Y hasta un abogado de los de verdad para la firma. Y una ambulancia por si acaso.
Llevaban diecisiete años de intentos baldíos. Al primer vómito o graznido roto pasarían el bote a la edición dieciocho. Demasiado no era suficiente. Y la bicicleta parada, quieta. Solo ellos, sin planes, sin obligaciones.
La felicidad fugaz solo fue un baile. Se dejó llevar por eso del presumir de ir a sitios exóticos, lejanos. Y al final la medida del dinero la daba la necesidad que cada cual se creaba, amén de las básicas: salud, educación, comer, tener un techo y algo que ponerse.
Evité decirle que yo una vez estuve en uno de esos sitios, a priori lejanos, y casi que rocambolescos. Donde hasta la música sonaba mucho más bonita; música de todas. Incluida la de toda esa pobreza que no siempre queremos ver. Y a la vuelta me sentí vacío, por lleno. Y sí, recuerdo verla por la ventana, cada día. Una, pareciendo cientos… No desperdicié el tiempo viéndola, y hasta me vi a su lado, ayudándola en su propia espiral descendente, amaneciendo y trabajando. Y jamás tuve otro modo de localizarla que soñándola, hasta con la felicidad fugaz de un solo baile.
Yo no hice daño a mi hija, inspector. Eso es absurdo. No hay nada que pueda hacer respecto a la psiquiatra, eso sí. Quiso sonar jocosa. Su marido estaba de acuerdo. Nunca antes había tenido que llamar a la policía. Después de todo, vivían en la casa de al lado.
Como si hasta ahora lo hubiera mirado todo desde una perspectiva equivocada optó por tratar más con las personas. Las personas adecuadas. Se fue a un monasterio que no lo era del todo, él y su sombrero de ala negra y casi que por poco se levantó el cuello del abrigo.
Ella parecía delgada y frágil, aún no se había encarado tal día con nadie, siempre creyéndolo capaz de cometer cualquier estupidez.
Ese era el mismo lugar en el que en ocasiones se reunieron, tiempo atrás. Él y la ejecutiva publicitaria de altos vuelos. Si bien, no quiso que le arrebatase sus momentos, ni su lugar. O lo intentó. El del sombrero se aseguró de que ella entrara en el cielo a pesar de todo, cortándola en pedacitos.
El negocio vivía un momento boyante, y siempre hubo compañerismo. Por lo menos, una cosa buena sacó de todo ese sinsentido. No así del lugar, que se lo encontró en obras y no había Dios que descansase con tanto ruido, ni atravesando el recibidos a toda prisa y meterse en la celda con su camita y lo que iba quedando de una vela.
Eso sí, al ir a mear los albañiles siempre le ofrecían si gustaba de sus tentempiés, y de paso le decían que les echase una mano si se aburría o simplemente que les fuera mudando las cosas de sitio (algo a lo que accedió con tal de no estar pensando en sí mismo, y por no oírlos blasfemar cagándose en Dios y en su puta madre al verlo de la celda al comedor o al baño, y del baño o el comedor a la celda). Discrepancias lógicas, por otra parte. Y la moralidad problema, pero eso era otra cosa que no tocaba, hubiera o no economías de guerra.
Después sucedería lo del envenenamiento, y la anatomía del choque se igualaría claro está.
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