Berta, en su alegría y desvelo, le hizo viajar a lugares no para conocerlos, sino para confirmarlos. Sin prisa febril. Simplemente perfectos. Más estando en la cama con el hombre inapropiado en esos desnudos de disparate y esos malos tiempos para el país, queriéndose como leones, con imperdonables mordiscos y ese sonido de la alfombra urdida por la música del hogar, olvidándose por unas horas dónde estaban y quiénes eran.
El agua, cuando viene,
viene con las escrituras que son suyas.
En la Base se les intentaba inculcar a esos chicos una disciplina que ordenase sus vidas y les diera oportunidades, y al margen de las apuestas, en su mayoría lo conseguían, y eso que su mayor miedo no era no encajar, sino usar su fuerza de modo desmesurado, algo que inconscientemente hacían al librarse de su propio miedo, tiempo antes de ser reclutados. Esa era la ecuación a resolver en primer término, que la ignorancia no diese lugar al miedo, ni éste al odio para luego dar con la violencia. Realmente, necesidad de trabajar no tenían ningunos, de dinero sí, y miedos por el mundo inconmensurable y lo inacabado del mismo.
El sexo de las embarazadas (PEBELTOR)
La importancia de saber elegir,
y de mirar a los ojos de la gente
Y corre el viento adelante, sí que sí,
camisas tengo, camisas llevo.
Corre tu suerte mí vida
con y sin mangas.
Ventura, advierte,
la mar advierte.
Puños.
Es hoy, es mañana.
¡Sí que sí juguetón!
No me toques ahí,
la mar advierte.
¡Corre!, ¡corre adelante!,
camisas tengo, camisas llevo.
Mezcla ganas que la mar advierte.
Sí que sí collar de perlas.
Muerde tu dolor ausente.
Es hoy, es mañana,
no hay botones bandido mío.
Ven, ¡llévame!
Líbrame fortuna,
¿Te hago un sombrerito,
chiquitín, chiquitín?
Sí que sí collar de perlas.
Muerde tu dolor ausente.
Pobre ilusión duendecillo,
son contornos, míos.
Sí que sí, travieso.
La mar advierte.
Sonrisa de niño grande tienes tú,
mi vida, no de chiquito.
Sí que sí, travieso.
¿Un sombrerito?
Ventura.
Para esos días del después de todo,
cuando se crece y no tanto
Si un día era como todos, todos eran como los anteriores, pasada la intervención. Tal decrecimiento provocaba que fueran menos y más viejos e inservibles. A las pocas semanas de su nueva estancia, cuando ya apenas podía desnudarse y vestirse por sí solo, debía familiarizarse con cada uno de los objetos mirándolos largamente. Las ilusiones pasadas no se las podían arrancar, llorando el tiempo viejo que nunca volvería. El reloj de la pared, el pomo de la puerta, la barandilla de la escalera, una alcayata que sobresalía tras un cuadro; hechos tan especiales que de estar bien le hubieran hecho cuestionarse el haber nacido y que le entretenían lo suyo, no así las comidas. El orden tridimensional del tiempo no existía en esas residencias de oficiales, vendidas como una maravilla de la ingeniería en parajes montañosos, regalo de su victorioso imperio. La soledad, el aburrimiento y el sentimiento de inutilidad eran las tres cuestiones que mataban a los ancianos medio sanos en las residencias. Los americanos les sacaban algo de jugo a sus viejos dignatarios antes de que la venganza de la naturaleza hiciera de las suyas. Esas personalidades siempre eran un buen punto de partida para seguir vendiendo la bandera, algo que sabían hacer como nación. Aparentaban una imagen fiel con su cadencia, arrugas y color de piel. Los solían enfrentar a ese trabajo mecánico, y a no estorbar. Aprendían a morir noche y día. Bastaba con hacerles inviable su correspondencia, que también estaba trucada.
Esa grumete, metida a almirante, estaba recordando las lecturas de El Viejo y el Mar:
-Allá arriba, junto al camino, en su cabaña, el viejo dormía nuevamente. Todavía dormía de bruces y el muchacho estaba a su lado contemplándolo. El viejo soñaba con los leones marinos.
A quienes desean entonar, la insaciable canción del pirata
Extracto Flores de plástico (PEBELTOR)
Pareciera que no, pero sí. Había un momento en la vida en donde se precisaba escaparse a ese lugar donde se cruzaba lo viejo y lo nuevo y recordar esas maneras de hablar, de comer y donde el silencio no tenía más señuelo que servir para muchas miradas diferentes y ninguna, como si se descubriera algo nuevo, dejando a un lado las cosas que decimos, las cosas que hacemos.
Ese bazar de la calidad, ese disco de silencio. El frío de la madre.
La casa, ese lugar del que marcharse con tantos recuerdos con los que se había llenado. Nada más ensordecedor; donde antes se vivía con soledad y ahora con compañía en la ruleta de los días, los años y los tiempos. Donde alguien vivía sólo para tener un lugar adonde volver siempre. Dulce y salada.
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