Le gustaba ir a los museos porque había gente de todo tipo, y porque las preguntas tenían sus colores, sus olores, formas y sonidos, como la vida misma. Personas que se supone querrían a alguien, o cuando menos serían queridas con toda la fuerza y el coraje.
Lugares donde nada de lo que sucedía se olvidaba, incluso si ya no lo recordabas de primeras, porque siempre que se veía lo que uno quería y sentía le volvía a gustar como la primera vez, justo como la vida misma.
Espacios donde cada persona necesitaba su tiempo, también como la vida misma. Tiempo irrepetible y tiempo irreemplazable, como el querer.
Otra cuestión es que se pudiera ser bueno a solas, por más que se amara; o que se estuviera bien, y todo lo pareciera, dejando que los días nos llevasen a su antojo. De ahí lo difícil de encontrar a alguien con quien estar y con quien poder transmitirse apoyo, respeto y todo tipo de sentimientos. Estados de ánimo, más bien. Una suerte inesperada, la de dar con ese cuadro de persona… y saber mirarse y tenerse con todo tipo de colores, olores, formas y sonidos, incluso cuando ya no se recordase el querer, y hasta cuando cada cual necesitase su tiempo de amar.
El rastro de la huella que habita en el instante,
y que encima de las nubes apenas se distingue.
Para cuando la vida es nada
y el tiempo es lo que tarda.
Con el viento mostrando una vieja canción y las cosas a medio hacer y un dolor que no tenía cura, además de sentir al mes de octubre, cuales antiguas murallas y roces del crecer, no podían cruzarse de cualquier manera, ni tampoco elevarse palabra alguna.
Un viento que los dejaba más si cabe aislados y postrados en una vieja canción, algo inaudito porque se querían, se amaban, se necesitaban. Cada cual en su bastión. Como solitarios entendiéndose consigo mismos; sin hablarse, sin verse, ni siquiera conocerse. Soledad y extrañamiento de mil maneras posibles con todas las desnudeces y comparativas. Mentiras que necesitaban de complicidad, por el miedo de mirar a ambos lados y no verse ni tenerse.
Viento que mostraba una vieja canción, además del mar esperando que pasasen cosas bonitas, con sus olas llenas, altas y bajas, domando todas las crestas posibles ansiando vivir todas las vidas; sabiendo algo que era seguro.
La primera vez que se besaron la vio y se vio por el reflejo, creyendo aún que estaba en un cuento. Un fulgor del que jamás se había separado. Y aunque ese centelleo desde hacía un tiempo brillaba de otro modo, seguía sintiendo los destellos espontáneos, inconscientes, impensados e involuntarios del propio deseo que eran y fueron.
En nada reflexivo ese continuó con su vida, sin maquinar ningún otro cobijo para su alma y corazón que ella. Tampoco sin reverberar de más, que había que vivir y saber hacer de los trabajos y los días. Siendo el mismo, ciertamente, sin beber de más ni echarle agua al vino. A veces, un tanto meditabundo.
Lo mejor era no pensarlo mucho: seguir andando, tomar cafés si había que tomarlos, enamorarse, ver la lluvia y demás.
Todas las miradas las seguía sintiendo, eso sí. Pero galantear, flirtear, prendarse o encariñarse nada de nada. Había lamentado cosas, pero no se arrepentía de ningún día de los que estuvo con ella. Si bien, los que sobrevivían al amor nunca eran los mismos. Al final de la mirada se les podían notar todos los putos días de esa realidad suficiente en la que se habían anclado. Vivir, se podía; más, aún no.
Amar era un acto. Olvidarse de vivir, lo opuesto. Se sentía fatigado, sin alevosía alguna. Ese que reivindicaba lo sencillo, lo pausado y el saber frente al utilitarismo. Saber tenerse, saber quererse. Sin imposturas ni gratuidades. Donde cada cosa era como tenía que ser, incluso cuando acababa mal.
Así había terminado lo suyo, con un reflejo mortecino. Nada fruto de una reflexión del buen vivir, haciéndose pensar o haciéndose dejar de pensar. Sobre todo, los días de los atardeceres amplios, y de muchos sonidos por descubrir. Silencios que eran parte de ella.
Cuando nadie los veía, posiblemente los reflejos sí que decían lo que pensaban y se iban solos. Porque cuando las cosas tenían solución se solucionaban solas. En un lugar, al otro mundo, atraídos cuales habitantes inciertos, con su verdadero dolor y lo indecible, solo los dos sabían la falta que se hacían. No sabiendo si iban o venían de algún sitio donde nunca estuvieron. La vida, más que la muerte, era lo que no tenía límites. Resultaba muy raro sentir que añoraban algo que ni siquiera estaban seguros de conocer. Pero les salía muy bien, uniéndose las sombras y sus reflejos, cortejándose sin desatinos, porque no había una segunda oportunidad para la primera impresión, siendo una vez en la vida cada vez que se atrapaban.
Otros intentaban pasar la vida aprendiendo a sentir menos, tontos en sus mosaicos rastreros justificando lo injustificable, no enterándose que la mujer y la vida era eso: instantes que atrapabas o perdías para siempre.
En la diversidad de los atardeceres y del alba, en la tristeza de las despedidas del silencio, todas fueron a una. Macarena era de las pocas mujeres jóvenes y de la familia, una u otra, que quedaban por la zona. Nadie en su sano juicio añoraba ser parte del rompecabezas que se escondía tras esa piel de la emigración y sus envidias.
Peor aún, cuando se mezclaba la savia vieja con los licores del alcohol y las partidas de dominó, o cuando el mundo giraba sin detenerse dando abrigo a los políticos que les agasajaban como tontos, apostándose como seres queridos y repentinos capaces de vencer a lo desconocido con tal de ganarse unos votos o lo mejor: financiación para sus campañas electorales.
Era tal el alud de deseos que todas y cada una de las madres trazaron esa sensibilidad del tener que forjarse otra vida fuera de Avión, atesorando eso del tener que mirarse con los ojos cerrados, porque también las culpabilizaban los viejos. Madres y abuelas que sacrificaron sus vidas por cuidar a otros, cuestión que no las convirtió en admirables sino en víctimas.
Mujeres rendidas a diario contra el universo cercano, porque las desheredaban. De esas que no les decían que “los amaban, y a todo que sí”. Mujeres sin medidas perfectas, y sin tacones de vértigo. Pueblerinas a todos los efectos, de las de esperar el autobús de su barrio o el tener que comprarse los bolsos en las tiendas de saldo, tanto como el carmín chino.
La pobreza que no se veía
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A la gente le llamaba la atención. Lo menos dos horas y media cada día, bien temprano, a primera hora de la mañana. Siempre, siempre. Y colaboraba para que la playa estuviera limpia. Veintitrés años, todos y cada uno de ellos en ese andar solitario entre la gente, por la playa. Un instante eterno, gozando de una vida quieta y pacífica por entre las cenizas de la eternidad, paseando juntos. A veces, con un enjambre de opiniones.
Habían evolucionado, y les entretenía. Fuertes en el oficio y quebradizos en la intimidad. A él no le importaba comentarlo, así como el rugido de las caracolas. Jamás se avergonzó de pasear juntos de la mano. Lo hizo siempre desinteresadamente, y había de todo.
Un día bueno, bueno: ganaba veinte euros y un desayuno en condiciones (ya con la armadura de la luz). Que era cuando dejaban de pasear juntos de la mano y salía de la playa y soltaba el detector de metales para irse a estar con su mujer. Sí, su mujer, con quien los ríos profundos también corrían silenciosos; y la luna era el mejor testigo. Igualmente, con días de todo. Días de todos los tamaños, formas y colores, sintiendo algo que no siempre estaba previsto.
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