Extraños (Blog)

23
Nov

Más listos de lo que eran

-¿Lo pintó Leonardo da Vinci o tu ayudante?- la puso en jaque la madre. -¿Y yo qué?, ¿no cuento?

Por un instante presagió un futuro aterrador, pasados unos segundos no tanto, se recompuso la cirujana.

-Exponemos ante todo el mundo lo que somos, lo que tenemos. Ya sé que estuvo en el Museo del Louvre de París, por eso mismo. Son estanterías compartidas. Nada odio más que los falsos halagos y las argucias sociales. Quienes esperan, deben distraerse; congeniar. Los cuadros ayudan a eso. ¿Por qué no?, estoy harta de las identidades falsas.

-¡Es el cuadro más caro!- protestó la matriarca. -En paredes interiores.

-Por eso mismo, el de más prestigio, el más renacentista. Lo necesito. Cerca.

Y dio por buena la atribución, lo cual reventó a la paralítica, que ir, no iba al Centro J.M. Peterson, pero organizar sí que lo hacía o pretendía. En su afán, Naomi estaba haciéndose una National Gallery, también con ayuda de algún que otro jeque de Abu Dhabi. Y no eran obras caras sin pedigrí. La cirujana tenía la delicadeza de tomarlos por más listos de lo que eran, a los inconcebibles adinerados, moros o lo que fueran.

Treinta y una pinturas, con taller de restauración incluido le habían donado; medio cielo. Un producto de alta calidad. Un tal Zollner y Matthews, cuando las finanzas del príncipe lo permitían, conservaban los icónicos lienzos; hasta le hacían copias, con sus sobresalientes habilidades, que luego, montadas, repartían a los empleados en función de los acontecimientos. Un sexto sentido.  

-Un escándalo y una humillación- también para la arriostrada madre y el azabache de sus ojos, muy pesada. Alguien que no permitía ni que la mejor modista tuviera un desliz.

Verdaderamente divina, había veces que Naomi pareciera ser una ayudante de cámara de esos maestros. Tenía su cuestión de confianza. Junto a uvas moscatel, espaciosa, en ratos los miraba cuales aceros que la escuchaban. Se entendía con los oleos y lienzos de una mirada. Su personalidad plástica y los fuertes vínculos estéticos le atraían casi tanto como la medicina; otros, husmeaban. Ella era capaz de percibir el pelo, las cejas, los ojos, la risa, o incluso la seriedad y los gestos hieráticos de las retratadas, inclusive la alegría de la esperanza de los bodegones o murales. Se educaba y reciclaba sobre el fin de posibilidades con sus mutismos, que encerraban pánicos. No admitió nunca fotografías, ni de gente convencional, solo ese filtro pictórico a su mirada. Obras conocidas y extrañas, algunas adquiridas con el estómago y los excesos de duda.  

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16
Nov

Apuntaba maneras

Ryan tenía mucha proyección. Pudo haber ascendido antes si lo hubiera querido con todas sus fuerzas, no obstante, ahora tenía su momento, se sentía capaz de vender cualquier idea.

Pocos sabían lo de su miedo, un vecino con el que los viernes por la noche se tomaba unas cervezas, y la que le hacía de psicoanalista, que no era tal, sino un músico en paro con una capacidad inaudita para escuchar a los demás cuando ellos no querían que nadie les oyese.

Mirta tocaba el acordeón, no le pegaba con su cuerpo tostado; lo de fisgonear en otros sí que le iba, sabía disimularlo. Siempre que tocaba sesión, se ponía su faldita escocesa. No sabría decir qué le ponía más, si los cuadros de sus piernas o esa postura que adquiría cuando echaba los brazos hacia atrás.

A él lo tenía loquito, se lo supo ganar y hacer de ello una fortaleza, no una debilidad más. Los miércoles comían juntos, quedaban en la cafetería de una facultad cercana, la que impartía derecho y ciencias sociales. El menú les gustaba, y el bullicio les permitía hablar de todo sin sentirse incómodos.

Se cruzaban con gente de todas las edades y condiciones. Jugaban a adivinar las profesiones, y no siempre acertaban; la moda de las segundas carreras, unida a la dejadez y falta de motivación les hacía un flaco favor.

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9
Nov

Cada mañana la arropaba

Cada mañana la arropaba, sin que la misma suspirase. Para el desayuno. Le decían todos los nombres, y le hacían gracias. Los niños le ofrecían pastelitos redondos rellenos de dulce de leche o crema pastelera cuando no se enteraba nadie, o alguien disimulaba.

Y justo antes de abrir las puertas le tiraban un beso.

Las meriendas ya eran otra cosa. Y una vez llegaron a reunir a cien personas. Solo una vez, porque casi la asfixian.

Ave María Purísima le decía la abuela sin pecado concebida, como aurora que anunciaba la llegada del sol.

Los pájaros, al menos de siete especies, no se explicaban su mudanza. Viéndola con respeto, que no con desdén, asomándose levemente desde el balcón. Uno, una vez, llegó hasta la faldilla.

Fue de lo poco que quedó tras la venganza del campo, aquel apocalipsis amarillento, con las epidemias, las fieras salvajes y volver a matarse con la espada.

Un padre, roto y sumido en el dolor más absoluto. Pero padre, y madre también, frente a la fugacidad y el colorín de la sangre fresca. La resistencia de una generación casi olvidada, por el eco de las bodas y la mirada del alma.  

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2
Nov

Las calles tan solas como ahora

Las calles tan solas como ahora -se atrevió a decirle una vez delante de todos, con él poniendo cara de disimulo, y de la que no se escapó-. ¡Papá! Y lo que sea de cada quién. Yo prefiero vivir o morir y que cada suspiro sea como un sorbo de vida del que uno se deshace. ¡Papá!, si lo sigue siendo. Usted. Por algo mi madre me curtió bien el pellejo para que se me pusiera correoso.

No se pudo aguantar las ganas la hija.

No faltará cualquier vieja joven que venga a cuidarlo” pensaron los guardias, que no dijeron nada, moviéndose espacio, quienes año tras año, todos, temblaban con el aniversario y el paso de aquella topeteada de salitre que rechinó e hizo vibrar las ventanas. Ni las muchas madrugadas de guardia o primaveras locas podían ir apagando esos recuerdos. La mujer e hija seguía rezongando en las horas llenas de espantos. Eso asustaba más que la dama. Era otro incordio la hijita del director. Todos lo sabían, incluso Mary la ordenanza.

-Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle -le informó la propia Mary McCarthy a su señor Griffin-. Vino a prender la lumbre de su padre; y no tardó en oscurecer. Sentí náuseas. De su boca borboteó un ruido de burbujas.

Allí, donde el aire cambia de color las cosas, la engatusó el bibliotecario:

Ruega a Dios por nosotros, Mary McCarthy. Y procura ser buena -le comentó, evitando añadirle “así tu purgatorio será menos largo”.

-Soy algo que no le estorba a nadie, pero me dio miedo su hija. Le robó el espacio al director. Se le metió en el despacho como un pájaro burlón, señor Griffin. La puerta grande rechinó mucho al abrirse.

Mary McCarthy. Era y es su padre. No nos metamos de por medio -advirtió. Y soltó la risa el galés, además de un gemido de cansancio. -De aquí para allá y de allá para más allá -dictaminó-. Descansemos, que se rasquen otros los morros. Veo que tenéis chismes para unos buenos ratos.

Mary McCarthy

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A quienes tienen el horizonte en una línea

26
Oct

Ni Dios ni su puta madre

Por encima de las nubes apenas se distinguían los hombres duros, ni las mentiras. Tan solo los patrones muy comunes. Una España que había sido y que era. Decir, se oía del precio de un hombre, de la madre de unos padres, del fin de los días, de quienes lloraban para adentro. Por decir, se decía hasta del día que una hija perdió la dentadura de una madre.

En realidad, todo era un amor indomable. O lo que venía a ser lo mismo: una casa de locos y rostros del pasado donde los héroes se alejaban al atardecer. Porque encima de las nubes apenas se distinguía otra cosa.

Y sí, bailaban con el sonido del disparo que buscaba certificar la muerte de la culpa heredada, siendo corazones envueltos en alambres de espino robándoles los besos a las descoloridas lápidas. La vida ya no era lo que duraban los semáforos rojos. Tampoco es que todo fuese preciso de extrañeza y de silencio, pues repetían las mismas filigranas sobre los pantalones blancos de sus esposos quienes podían en el aire del silencio entender cada lengua del mundo, apenas sabiéndose manejar con las cuatro reglas del cielo.

Ni Dios ni su puta madre querían escándalos. Y el blanco cegaba en demasía, salvo para los búhos, esos animales sabios que supieron no extinguirse, los únicos que lo veían todo de azul cielo, haciendo de puente entre la gloria divina y los infiernos.

19
Oct

Olía a infancia

Decían las estrellas que los fugaces éramos nosotros. Sobre todo una. Una entre muchas más. Con sus tiempos, con sus entonaciones, las estelas y esas cosas tan suyas. De mediana edad, ya mayor pero de mediana edad, con el convencimiento de que le quedaba mucho por vivir. Y quería. 

Tiempo atrás aprendió de las diferencias entre casa y hogar, a no huir del lenguaje, a saber de cuerpos sin hogar y de cuerpos mudados, de las dos caras de los soles de los meses de enero, y que cambiar los muebles de sitio mientras no se podía dormir no era entregarse a los dioses de las tinieblas sino hacer el tonto.

Una estrella que no hacía tanto recogía a su hija del colegio tras ganarse el sueldo, y que a pesar del miedo, y de limpiarlo todo, seguía irradiando belleza, muy a pesar de que en la noche no hubiera caminos, atrapada en sus estelas y anillos. La que encontró el amor bien joven, y la que lo convirtió todo en una gran jaula al aire libre cuando no se sintió suficientemente querida: los días, y los trabajos. Pero que supo salir, bien distinto es lo que le sucedió.

Porque se enamoró de un hombre. Y a su modo supo que la perfección humana venía a ser saber abrazar y encontrarse, ser digno de alguien admirable y buena. Aquella profunda libertad de las noches y los días le enseñó mucho. A los dos, porque ese supo que llegó sin buscarla, una estrella capaz de arder y no quemarse, y de manejar las atmósferas de lo vulnerable como ella sola.

Quizás fue eso, que la vulnerabilidad siempre fue la mayor de las esperanzas, que se gustaron en los problemas y las dificultades puntuales. Que la vida les cambió de significado en unos pocos segundos, aquellos de la primera vez, que ella y él se rehundieron por su propio peso en el amor. Un amor lento, sin destino, de los que abrigaba y daba miedo. Todo. Los lugares, los instantes, los repentes. Todos los sueños y las esperanzas. El mismo encanto de la vida.  

Al igual que todos los generales, como si el mundo les perteneciera y ese algo más, fueron a la guerra sintiendo lo mismo, incluso advirtiéndose o diciendo que las guerras del mañana se lucharían mañana, engañándose y creyendo en ese hacer. Dos soledades en un mismo espacio, sin nombres propios.  

Pero sí, los actos de entusiasmo les ahogaron. O el que no hubiera destino sino repentes, miedos. Y que todo pesaba: hasta el encanto de la vida. Fue entonces cuando ella prosiguió su camino. Un día de esos en los que las fuerzas le fueron tan pocas que no tuvo ni para despedirse de tanto que le quería. De esos en los de rebotar la mirada al no encontrar un dónde.

Lo hizo con una lucidez excesiva. Y como que viajó años luz o tres meses en un mosaico construido a base de recuerdos, con el viento sur y la más que templada temperatura, sin bullicios, rodeado de un universo del que se desprendía un optimismo fingido, eterna convaleciente. No quería saber, pero sabiendo. Tiempo en el que no se puso frente al espejo, sí una pistola en su propio corazón. De estrella. Y hasta oyó la detonación. Sonido que la paralizó, que le impidió tragar, necesitando descubrir ese espacio donde la violencia se desnudaba del todo y volvía a ella curada. Porque salió del amor como de una catástrofe aérea, faltándole algo más que la noción del tiempo. Por los muebles, por las fotos, por las aguas arrebatadas. Con la vana sensación de haber sobrevivido, sin pasión, o teniéndola muda, sombría. En la quemazón del matar las horas de todo lo que había visto y hecho con él. Ese de su infierno íntimo, el que le habitaba en la boca del estómago. El que estaba ceñidísimo a su muñeca. El más inútil que había existido jamás, al que quería. Triste atajo defectuoso que se escondía también de los ojos de la gente como si todo le importara un pimiento. Ese que sufría las horas, que caminaba arriba y abajo, el que sentía que se había cometido una injusticia. Y quien también acabó exhausto.

La vida era el tiempo que hacía. Las comidas. Los cuadros. El olor. Los viajes que se hacían o no. El rezar entre las paredes. Una naturaleza intensa con o sin las urgencias de los recados. Años luz. Y el mínimo rumor y todas las geografías. Aquellos labios. La vulva. Que le cosiera la ropa. Tender de noche. Besarse al irse. Los porqués y los cómo. Los días futuros. No abrazarse como aquella primera noche; no verse morir.

Desde septiembre él no hizo más que esperarla. Miraba al cielo y quería verla, tenerla. Una impresión de vivir llevadas por ese impulso, la reflexión y la voluntad. Trabajaba y todo su comportamiento le conducía a ella, a la que fue su pura pasión. Siempre le fue muy difícil dominar el arte de perder, la hora malgastada, los después. La echaba de menos. Sus gestos. Y por más que pudieran parecerse le evitó como si el mundo ya hubiera terminado ni hubiera un algo más. Ella y sus largas pestañas, hasta sus acuarelas, los guisos y que no hubieran compartido más espacio haciendo cosas distintas. Huecos sin latido, o tímidos fragmentos fueron. Ni momentos de inadvertida felicidad, con otros o todas sus familias.

Una suerte de bestiario donde la enfermedad les respetó, a menudo soñando él con ella, y ella con él. Ella en sus años fugaces de viaje, y ese en sus días o meses, salvaje y de sensaciones organizadas. Ambos húmedos de impresiones, adheridos a la sucia duda y, vida, queriendo entender eso de no verse y querer hacerlo, no viendo la hora de la noche, ni de los días. Víboras si se les acorralaba mientras los avioncitos ganaban altura y los soles matutinos y mares relucientes ansiaban cielos azulísimos y que todo pareciera maravilloso. Las lunas también.

Estrella y hombre. Solo que sucedió. Y no por azar.

Es lo más que puedo decir de ciertas personas, guapa, y ahora acuéstate, que mañana te llevo yo al colegio y si te portas bien y haces caso a la profe te cuento más sobre tu madre. No vale con levantarse y permanecer quieta, renunciando a llamar la atención de tu hermosa sonrisa. Serás más alta que ella, y quiero verte la cara. Tú no tienes una voz ronca muchachita, sí bellos ojos. ¡Acentúame la sonrisa! Tu madre te ama en las fuentes de la luz, te relampaguea, te da forma, es encuentro. Toda mañana es la pizarra que nos inventa y nos dibuja. ¡Y tú sonrisa!, su borde. La luna y el espejo… Aún me hace temblar. Además, te quiero estrellita mía. Y no te lleves el arma, no hay que matar a nadie más. Tómate la pastillita. No quieras ser la tonta del cielo. Ella tenía la mirada más bonita a la que le he hecho el amor en mi vida.    

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