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10
Dic

Modern Times

La vida sin maquillaje no era tener mucho o poco pelo, el ruinoso estado de los zapatos, cocinar un confuso arroz con azafrán o parecer excesivo con los apretones de manos. Tampoco dejar el whisky para después.

El día siempre comenzaba igual en Modern Times o en según qué familias.

Allí vivía un banquero que no gustaba de aperitivos, que estuvo cuatro años en la cárcel y cuya lengua materna no era el francés, más la consideraba propia. El fin de la esperanza llamaban a ese lugar los lugareños más envidiosos. También había otros nombres, y la historia de unos chicos muy jóvenes.

Siempre que llegaba sacaba algo nuevo de los baúles (que debía haber muchos), e iba armado, decían. En la ciudad nadie se extrañaba de que abandonara su despacho en horario de oficina. Procuraba no abusar de ese privilegio y solía atender a la gente siempre al mediodía. En Modern Times nunca, allí solo iba él, sin excepción alguna.

-Mi marido viaja mucho y trae cosas- comentaba su mujer, saliendo al paso.

El caso es que hielo era lo único que no había en ese refugio. Una vez sacó un ascensor que nadie observó llegar, de esos con los que poder pulsar el botón del segundo o séptimo piso. Él solo. Leclerc era un tipo normal pero imposible. Lo mismo cargaba un llavero de bolsillo que un coche o un sobre y, la verdad, parecía un señorito. Además, siempre avanzaba dos pasos y retrocedía uno, sin dejar nunca de retorcer su pensamiento.

-Ayúdame, papá, y no volveré a pedirte nada más, te lo prometo -era lo que sus hijos le proponían cuando les impedían ser ellos mismos.  

Menos ratoncitos, todo cuanto pedían se lo sacaba del baúl y se lo llevaba. Les sabía hacer de veterinario, de cocinero, de camarero y hasta de gasolinero. Todo con tal de ensancharles el corazón. Rudolf, su primer hijo, iba para agente de seguros. Los demás, a su libre albedrío: tenían su mismo don. Hablaban todos los idiomas y, aunque no siempre lograsen despertar simpatías, tenían la capacidad de buscar algo en un cubo, un baúl o un maletero y encontrarlo, aunque nadie lo hubiera puesto allí antes. Gratitudes y fastidio, porque había que saber congeniarlo todo.

La madre, la más complicada de toda la familia, reprimía la tentación sonriendo y retrasaba las respuestas unos segundos. Clarice sabía hacer de todo. Era un escándalo y un espectáculo. Fue la única que en verdad nació en Modern Times. Una villa que jamás volvió a visitar. Su única obligación consistía en adaptarse al cambio horario y en estar de cuerpo presente. El aplomo de su voz y su dulzura contenían la mayor parte de la mercancía que sus hijos y su marido sacaban; por cierto, Clarice era una mujer que bailaba muy bien, y casi sin esfuerzo (el baile era de lo poco que le relajaba).

El pequeño, al que todavía le daba el pecho su madre, ya tenía bastante regalo con ser feliz y no enterarse de nada. Modern Times le tenía reservado el cielo, como poco. Nació como su madre, y como la mayoría: con capacidades innatas, solo que ellos las desarrollaban. 

 

 

3
Dic

Otoños de vida

Como quien besaba la muerte durante la madrugada del otoño, era una suerte ser actriz y ser tanta gente a la vez. A menudo pensaba que la noche estaba más viva y más rica de colores que el día. Ella, la que era capaz de cantar a la primavera en las avenidas como quien daba limosna si se lo pedía su tía.

Cerraba los ojos y dejaba de ver unos ataúdes tras otros, estanterías vacías y millones de patrias en una dentro de ese colegio e instituto, hospital y morgue, casa. Tan único era el paisaje que ni se paraba a suplantar la personalidad de nadie, o la conciencia herida de una liebre o un cervatillo perdido. Solo plantas y árboles, ideó, más un cielo concertado en algún punto de su amnesia, situándolo a camino entre la parábola y la historia, porque casi que encapotado lo puso, con amarillos y anaranjados campos de la frugal otoñada.

Así nació ese entorno saludable tal noche como otras tantas, como la aurora, viéndola dormirse, ella paseando, respirando, mirando, oliendo y sentada junto a esa anciana tía. Todo cuanto les permitiera evadirse, porque afuera de ese cielo y habitación las vigilaban hasta viendo películas en plataformas digitales. Y no se exigían igualdad de género por condescendencia al ser mujeres. Ni querían saber de más para ser menos, tal que habían detenido al dueño de un criadero de perros que cortaba las cuerdas vocales a los canes, como les informó uno, nada menos que un hombre, joven.

En ese lugar idílico de su otoño una y otra podían descubrir ese pequeño músculo que había en el antebrazo que solo aparecía cuando se levantaba el dedo meñique, sin dejarse llevar por la obsesión por la belleza, cuidándose y teniéndose: tía y sobrina. Una naturaleza capaz de sobrellevar las órdenes injustas y donde los libros no se guardaban sin leer.

La primera página de ese tomo fue ese: una paciencia silenciosa que cerraba las puertas sin un mal gesto, llevándolas de la morgue al campo otoñal. Hacia la segunda encallaría el barco desde el que partieron. Por la tercera volarían. En la cuarta albergarían un romance a la vecina. En la quinta, con el frotar de manos, rezarían a favor de Dios. Ojos ámbar tendrían en la sexta. Un abogado bueno, conocerían en la séptima. Dos mil ganarían en la lotería de la octava. Hacia la novena les tocaba despertar y tomar el desayuno, tras llevarla al baño. En la décima su hermana le haría el relevo y por un momento comentarían, sabiendo de las enfermedades de los gatos y cómo iba el mundo conocido. La menor había empezado a leer y compartir el mismo por el principio, la mayor por el final. Su hermano era más de la magia de la radio, solo que a escondidas también leía y soñaba, sobre todo cuando le dejaban estar: aún era pequeño. No había cumplido los cincuenta y no sabía soñar frente a la cama y el brasero que hacía de chimenea con el crepitar de las pavesas de encina reluciendo, que ellas veían, como cuando su tía les hacía castañas asadas o palomitas de maíz saltarín. La onceava página se la había quedado alguien. Con la doce le abrían una botella de sidra y le mojaban los labios… Y tantísimas huellas.

Los días de puerta grande o enfermería eran así, nevando si tocaba, riendo si la responsabilidad abrumaba o haciéndose fuerte en el pupitre esquinado de la cama cuando tocaba ser alumna por si la tía se espabilaba y volvía a enseñar como antaño, tiza o mandil en mano. Otoños de vida por doquier

 

26
Nov

La desgracia de ser una reina

No era fácil ser reina cada día. Cada tarde, la necesidad de mirar donde pisaban para no romperse una pierna antes de tiempo ralentizaba su marcha, pero lo hacían como nadie, y eso que cualquier movimiento les causaba dolor y placer.

Mitad niñas, mitad mujeres, podían ser un símbolo, un icono, mostrando muchas veces el camino al éxito, esforzándose más allá de sus errores y sus defectos, como con hilos transparentes en ese idílica y revolucionaria juventud y madurez.

Eran deportistas de élite y bailarinas sumamente queridas, muy rivales y al tiempo compañeras de vestuario. Seguían escrupulosamente las instrucciones, humanas y laborales. Difícilmente habría personas más perfeccionistas y cumplidoras que ellas, suturadas a eso de ser más que doncellas sin discusión.

La inquietud les quitaba el hambre y les cerraba las heridas cual nieve en primavera, armonizándolas en su mar de fertilidad. 

Y por adultas, guardaban los lápices de colores en el escritorio, con esos capuchones de tapa y estuche nunca mejor vistos, recordando lo que fueron y eran, junto a la laca negra y toda la retahíla del estar perfectas junto a los tutús, las plumas clásicas y las bailarinas. Justo al lado de ese olor de conjuro íntimo para que todo les saliera bien, siquiera piedad.

No bailaban por solidaridad o cariño, y la culpa no era suya. Sus vidas siempre fueron una apuesta descabellada sin futuro. Ninguna podría ser bailarina para siempre, ni reina, por más que su figura y personalidad así lo aceptasen, esa y no otra era parte de la risueña rotundidad con la que se negaban a aceptar lo que sabían, porque jamás se podrían rendir ni buscar otras voces donde atrincherarse (eso era cosa de chicos, reyes o guerreros y la chispa de la codicia).

Lo normal les era seguir haciendo las cosas que les hacían importantes con la tranquilidad o intranquilidad de siempre, caminando y asumiendo su propio riesgo como la primera vez, limando las aristas del aire, allanando su indignación y templando ese aire pestilente de la espesa y fría envidia que no les privaba del consuelo del grito interior de sus lágrimas. 

No pocas ciudades las envidiaban, tierras y poblaciones liberadas: ciudadanas de segunda, primerizas siempre

19
Nov

La ley tenía poco que decir

Hablaba de viejos amigos que no eran lo que parecían. De traidores cuyos motivos había empezado a comprender. Había buscado su olor en el de todas las mujeres con las que se había cruzado. Sabía todo sobre el límite de la longevidad humana. Y también escuchó: “donde haya luz, y prométeme que no me volverás a preguntar nada”.

Así fue como sucedió todo: sus vestidos envejecieron, yendo juntos a alguna parte. La ley tenía poco que decir.

12
Nov

Pájaros con vértigo: el Titerero

Érase una vez un pájaro de los que tenía vértigo; de los que gustaba contar cosas que abajo había visto, cuya verdad ni admitía réplica ni disputa.

Un pájaro que se agarraba con tanta fuerza a las ramas que pareciera no tener patas en los pies sino garfios. Y miraba distraído por atento inaugurando soles y lunas, o agostándolas. Su color no era el del Diablo. De panza bien peinada, al igual que el resto del plumaje, hacia derecha o izquierda tenía buen ver.

Respondía gentil y cantaba gallardo al ajeno conocimiento del verdadero Dios cuando se le nombraba. Lo que no hacía era volar, sabiendo aposentar ese odio visceral por entre los ojos, no desalentando nunca en su oficio de caminante.

Pero un día se encontró con el sentimiento humano y para evitar una pedrada o un tiro de artillería callaron todos, tirios y troyanos. Desde entonces nunca más se supo de la graciosa aventura del Titerero (que era como se llamaba), con otras cosas en verdad harto buenas, echando a volar.

Las ramas donde paró, eso sí, se quedaron con los dientes de fiera, marcados por su patente. Los ladridos de los perros y el son de las bocinas fue lo que vieron por las mirillas, algunos curiosos de más: ramas solas, apagadas, disfrazadas de lo precario, que alguna vez los cuidaron tan bien.

Volvieron los estruendos, los gritos y las vociferadas de poca altura, una bizarría de buen talle y suceso, pero bizarría, al fin y al cabo. Es más, intentaron imitar lo cómico y simple a lo profundo de la ignorancia conformando a otro pájaro. Pero no, Titerero se marchó con todo su vértigo. La Luna, en su caminar despacio, congelada desde ese momento donde todo fue nada, intentó seguir dando la vuelta al mundo mal que bien. Y el Sol a lo suyo, arrugado y acomodando los anteojos de muchos; rostros distorsionados por el disgusto, algunos.

Y tanto se pusieron a buscar y a echarle de menos que se olvidaron de su hijo, que permaneció en total calma, esperándolo también. Ese, mudo, amorosamente peinó su cabello hasta que se le hizo gris, tal y como le había enseñado su padre, e intentó lavarse las manchas en profundo silencio. Jamás dijo, ni remotamente avergonzado, que alguien lo disfrutó en una deliciosa y penosa cena. Prefirió siempre mantener la esperanza para con su padre, y refrendar que por muchos que probaron ninguno canturreó como él, Titerero, detrás de la simplicidad y la fluidez, cayéndose escondido mientras sonreía, otro que apenas pudo volar, navegando sonámbulo entre agónicas nubes, anidando en caricias desnudas, sumido en el abismo de la noche, enhebrando silencios de temores dormidos y rompiendo alientos por cuando los gélidos suspiros le escuchaban, pues ávido de besos que nunca más se dieron lo imitó, mutando a todos los otros que no le llegaban ni a la altura de las plumas más bajas -o al contrapelo- esquivando a los de las mascarillas e idiotas cabales que pretendían pintarse una cálida brisa de aire macilento en su estómago y ego con ese receloso pájaro bajo el manto sigiloso del universo andado, inclusive desgarrándose los puños de la impotencia que sentían, pero aferrándose con brío a esa voz del consuelo que apenas notaban buscando el alivio y el reto en la rima del silencio.

Creo que si mirásemos al cielo acabaríamos por tener alas”, fue lo último que también supo decir a su hijo, sacrificando su vida.

 

8
Nov

Es otoño

Es otoño,

donde los pájaros son seres del presente,

con todo ese flujo de emotividad considerable,

y ese canturrear o latidos que los hace eternos.

Las frases se entrecortan, no hay emperatrices del mañana,

los niños arrugan la nariz, los perros buscan refugio, nada es concreto.

Es otoño.

Cualquiera espía por la ventana, faltan paseos, fervores;

hay culpabilidades adúlteras. También surgen los acuarios,

y los dientes de las maestras se sujetan mejor que los nombres de las calles.

Es otoño.

Se musita mucho, por pasillos, los pájaros; en ratos.

Esa marioneta atascada en las demás estaciones,

cual dolor de muelas.

 

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