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2
Mar

¿Cuántas veces se debería leer un libro?

Los peces no pueden dar conferencias sobre natación, ni los escritores sobre lectura. Hay escritores que narran sobre la vejez, sobre su falta de pudor, su incorrección y hasta se atreven con el humor negro. Pudiendo hacerlo con una visión sutil, insólita y divertida, caracterizando los personajes y todo ese coro de voces, dentro o fuera de los estereotipos mundanos. Pero, ¿y si no se entiende?, ¿o no gusta?

Pasa como con los finales. ¿Por qué esa dispersión absoluta de algunos?, ¿o porqué ir directamente a lo más recurrente? Mezclar las ocultas intenciones y las efusiones emocionales, además de -algunos- ideologías y políticas, dificultan la asimilación, por buenas que sean las sintaxis y adjetivaciones. Todo matiz que no consigue su objetivo es añadir ambigüedad a una obra que quizás no la precisa. Si bien, al narrar se escribe o al escribir se narra y, por tanto, se relata, siendo lo bueno, bueno, y lo malo, malo.

Decir que alguien ha leído el Quijote más de cuarenta veces se hace como ofensa no como halago, en plan “está chalado, casi peor que el Hidalgo Caballero”. Pero ¿a que nadie se atrevería a propinar un pistoletazo en medio de un concierto? ¿Ni nadie critica escuchar una canción muchas veces?

¿Por qué es una aberración leer algo mucho?, ¿o nada? ¿Acaso un pez nada mucho o poco?, ¿acaso es mejor o peor pez por nadar mucho o poco?, ¿gusta más?

¿Puede un libro no dejar de tener profundidad y originalidad, sin resultar cargante?, ¿o tocar varios temas en uno?

Habiendo terminado la novela Gay y Discapacitado, y dándole un tiempo para estar en la nevera, reposando (algo que hago por primera vez como autor), me pregunto si ¿será fácil o difícil su lectura por el público? Muchos, por el propio título, ya pensarán en protagonistas varios; otros lo conducirán a la crítica despiadada. El caso es que esa melodía de asonancias y rimas no ha ensombrecido mi locura ni mi pensamiento, creo. He aprendido cosas que no sabía y que viví de pequeño, como la Guerra de los Balcanes. La primera guerra que pude ver por televisión, y que sigue, como tantas otras. En Isla Cristinita, lugar donde la obra transcurre, hay libros y peces, personas y guerras, bicicletas, dinero, turismo, buena comida, etc.

 

25
Feb

El vecino olvidado

Pasaron muchos años hasta que supo de su nombre, una vez, en la que aceptó recogerle un paquete. Fue sin querer, por descuido. No llegó a firmar nada, de esas veces en las que el repartidor tenía autorización para dejarlo en la entrada evitando todo contacto físico directo; y prisa, algo muy usual.

Tan cerca de la vida, como que no, sus apellidos coincidieron. Y fue el silencio, la gravitación de los gestos y las muchas facetas de la misma vida quienes lo redujeron todo a esa infinita capacidad de que ni el uno ni la otra fueran inocentes.

El repartidor, en su entrega, apuntó que el paquete lo entregaba al vecino de portal. La soledad a la que hubieron de enfrentarse fue singular y vergonzosa. Ni ella ni él habían pedido paquete alguno. Quizás fue su puta madre, palabra que tenían borrada del diccionario.

Preguntada la hija pequeña de ella, nada de nada. El chucho con el que jugaba la nena, por lo menos dejó de aullar de una puta vez.

18
Feb

El puto árbol

Quería el surgir de la vida, que también fuese sucia, ruidosa, fea. La Humanidad eran ellos: ni más ni menos. Y eso que la primera bala que se metió no tuvo ni agujero de salida.

Con una mirada cargada a partes iguales de emoción, preocupación y orgullo, más la felicidad de no tener que hablar en ningún idioma que no fuera el suyo, escuchando su propio eco le gritó al puto árbol que uno tras otro había ido enterrando a abuelos, padres, tíos, hermanos, esposa, sobrinos e hijos; y por supuesto a los amigos y sus allegados; desconocidos y animales, también.

Ya no sabía qué hacer ni adónde mirar. Ese árbol que de niño le refugió le había confinado hasta la extenuación. Arbolito, arbolito; tú y yo, tú y yo; solos” era todo lo que quería dejar de olvidar. Un pensamiento de lo más audible. Solo. Con su rabia, y la omnipresente salud y alegría de ese árbol.

11
Feb

Y que la prisa no fuera pecado

En esa casa se podía tener un bebé en cada cuarto, y eso que los hombres como él llamaban a la palabra, más, en el fluir del tiempo y, como si fuera un ejercicio de futilidad, se acababan encontrando. No había telas de araña. A una caricia de distancia, ese farmacéutico sin licencia tocaba y tocaba. Era un orden del lenguaje totalmente desconocido. Hacían lo que sabían hacer, dejando todo lo demás en algo sencillo y feo.

En los días en los que el aire pasaba de largo, y en los restantes también.

Ella sentía la estrechez y el peso de su cuerpo con tenacidad, paciencia y desvelo salvo cuando la risa mataba al miedo y sin miedo no podía haber fe, porque se querían el cura y su prima. La catequista siempre necesitó un lugar donde perderse, donde imaginar, donde jugar, ser y estar. Las feas también podían pasar droga y disfrutar. No todo era ser menos y darse a la sacristía, acarrear cubos de pis caliente, o pasar el cestillo.

Cambiar de residencia cada tres años les mantenía impetuosos. Y que la prisa no fuera pecado, también ayudaba. Además, en cada diócesis siempre había un órgano que tocar, engañar y codiciar: un hotel de esos, de economía de guerra, con todos los genes humanos.

Y cuando la tierra se acababa y los turbulentos albores, la rama aún verde de la infancia les protegía. Dar clase de Teología Aplicada a los nuevos seminaristas sí que era un ascensor al cielo. Los había con orgullo, estúpidos, creídos, evangelistas, salidos, cultos e incultos. Les trataban como a ídolos, sobre todo los que eran víctima del uso inadecuado de los medios virtuales, esos que jamás habían tocado o visto de cerca a una mujer desnuda. Una de las torturas más terribles jamás concebidas, que ese cura y alquimista sabía manejar: “siempre hay tiempo para querer, para buscar y para olvidar todo lo que se pudo ser”. Un tío con instinto animal que al igual que la monja, era bueno en la vergüenza y en la culpa, pero que no quería ir al infierno, y donde un día bueno le era un día que no era malo, reinando los tiempos, que no los reyes ni los dioses.

Sí, el cielo estaba en la tierra.

 

4
Feb

Nieve negra

Lo decapitó y dejó la misma en el interior de una caja de cartón, junto al parking del aeropuerto. Al hijo del fallecido, le firmó: “no nos juzgues por cómo proteger lo que te estamos dando”. Lo subió al avión junto a un osito de peluche, y poco más. La rica maestra le pagó una asistenta, los estudios y un bonus para que no volviera a pisar ese suelo, que su padre ensució. Había tiempo para querer, para buscar y para olvidar todo lo que pudo ser.

La profesora era capaz de usar la polla de uno de los malos como hilo dental, y todo, porque le esquilmaron los senos una vez, y el dinero daba para lo que daba.  

Ella, que firmaba sus libros infantiles como Nieve Negra, no se preocupaba ya de lo que no tenía solución. Libros que contenían todas las pistas habidas y por haber: El papá que no tenía cabeza; El abuelito que perdió las manos; La señorita que no llegó a subirse a la bicicleta; La mamá que no pudo dar más las gracias; La tía que se quedó sin dientes. Títulos que terminaban siempre igual: “La muerte es buena porque no sabemos cuándo es”.

El cartero siempre le repartía la siguiente historia, muy perdido: sobres con libros, que regalaba y adelantaba. La policía no es que estuviera mucho más ducha; por las mañanas se desperezaba como cualquier niño/a de esos que cuidaba en la guardería de la comisaría.  

28
Ene

Bellamente jodida

De su madre le quedaba el perfume y la vida. De su padre ese transitorio anhelo de soledad que marcó su primera época. De su pareja cada uno de sus hijos. Por eso no le sorprendió encontrarse a su hija bellamente jodida.

Muchos años antes no habían comentado el ruinoso estado de sus zapatos. Más la emoción del reencuentro podría estropear todavía más la relación, pero no le extrañó verla mostrándose ante aquellos viejos tal y como había venido al mundo, hermosísima y doliéndole su cansancio del vivir, dentro de esa tristeza que parecía precipitarlos hacia una vejez prematura.

A uno, el de aspecto insólito, las canas apenas le agrisaban su pelo. El otro, en su pulcritud no dejaba de mirar detenidamente a la morenita instalándosele en su estómago un incipiente hormigueo. Sus dos tíos tenían un interés excesivo.

Por un instante la madre, escondida, pensó que todo eso sería un mal sueño, y no. No. Se acordó del año anterior, cuando ya le levantó la falda, como si necesitase respirar antes de hurgar en el fondo de la herida. Su hija le había salido puta, pudiendo distinguir la ropa -seca o mojada- de una azotea perfectamente y pararse dos peldaños más abajo y ser toda una golfa para realzar los vigores endosándose a la doble virtud y la benevolencia.

La templada penumbra de esa sobremesa les había ensanchado el pelo a todos, y lo que no era el pelo. La placentera relevancia de cada centímetro de la piel de la joven a ellos les obligaba a sonreír, curvados hacia una sonrisa mecánica por la edad; estando imperturbable la madre, cariacontecida más bien, ante la euforia puntiaguda de sus dos hermanos, que solos ya eran peligrosos. Pero es que estaban los vecinos de puerta, y el alto, rubio y corpulento de la sotana, así como el que parecía un inocente granjero. Desde luego, no habían quedado para tratar la cuestión judía.

No obstante, tal que aparentemente libre de la agobiante tutela, la que se había bajado del coche de alquiler, desnudado y metido en la charca de toda la vida, callejeaba a sus anchas por ese bosquejo donde otros muchos curtieron sus fracasos. Después de una pretenciosa cena en ese mismo lugar falleció su abuela, y años antes fusilaron a su abuelo, donde ya era muy conocido; otro que no sobrevivió fue el que jamás dijo su nombre, y la siempre atareada tía: una actriz mediocre.

Pinta tenían de presos los dos tíos de la morena, prófugos escapados de la cárcel, hartos de café de puchero y afiliados ya a un contrato de línea telefónica, que cuando entraron de eso no había. La madre de la criatura había mandado hacer armarios nuevos con ropa de todas las tallas y zapatos de varios números.

Armarios que vivirían tranquilamente. Los otros dos colaboracionistas, también acabarían flacos y cansados como la mayor parte de los individuos. La rendición inminente de la hija sería otro cantar: no contaba con tantas balas.

Pero no era el único monasterio a la redonda, ni casa de huéspedes con garantías (que salvaron a muchos niños judíos matriculados con nombre falso, decían los libros contables).  

 

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