Se fue sabiéndose dueño de sus mundos, diciendo pan al pan y vino al vino… y con el miedo de ser el mar.
Jamás nadie diría si fue persona triste con vocación de alegre, o viceversa, más siempre hubo algo de tristeza en sus momentos más felices.
Y fotos pocas, ningunas. No le gustaban, decía “que le robaban el alma” como el que oía llover.
Todo, en un pueblo de cuatro casas, cuatro calles, cuatro caminos, cuatro perros, cuatro vecinos. Donde la sensación de estar usando el presente era más que cualquier otra expresión.
Nadie escuchaba. Cada individuo se producía a sí mismo. El silencio no producía nada: banda sonora de trajín cotidiano.
Personas de frente ancha, estrecha, recta y curvada; con caras largas, ovaladas, cuadradas y diamante. Como si alguien sonriera por encima de los tejados.
Los padres trocearon el cadáver de la menor de quince meses y lo guardaron en un tarro. Tarro que fue varias veces de un lado a otro, y al quite de la puerta, ya fuera adonde los almendrucos se ponían verdes, o donde tiró los huesos de las aceitunas de mozalbete.
Jamás supo nada del mar. Ni de gaviotas. Sí de ese par de entrechocados cristales, quietos mejor, en su viviente hoguera haciendo un ruido eterno: el de la soledad que ya poblaba.
La zarzamora seguía estando junto al espino, aromando las tapias que no alcanzaba.
PEBELTOR
Para los azares de las naturalezas, para las ruinas de la vida y los hombres, para los que necesitan cosas que no aman, para quienes envejecen con dignidad aunque al fusil no le queden más cartuchos, para quienes lo quieren todo, para olvidar de alguna manera… los regalos más bonitos, besos, siempre, besos en la frente; y no cuestan dinero, ni vidas.
En la frente. Por el frío y por el calor, por el dolor de la vida y sus días; por el candor de sus emociones; por las lágrimas de un payaso; por los arquetipos difíciles de olvidar.
De uno, solo decían saber su nombre.
Ni redichos ni pedantes, tampoco de pantomimas o retrógrados. Besos con los que poder barrer las olas de la playa y hacerse con el mar/la mar, sentidos, de los de buscar pistas pero no dejar señales, mucho mejores que esos del darse la mano, heterosexuales, patriarcales, ejecutivos o caballerosos. Besos de mujer y de hombre, de adultos y niños.
De creer en ella y su ausencia dándole paso a su eternidad.
Difíciles de olvidar por cuando la realidad humedece la tierra y procura ese barro de los efectos indeseados y hay que luchar, todos, chicos de juventud y adultez temprana, niños, niñas, prefigurando los horizontes sean los que sean.
De los de entrar, en las vidas sin anunciarse.
Besos que son virtud y no siempre adivinan el riesgo, en el mundo venial de las cosas que se dicen y no se dicen, como los padres a los hijos o viceversa amén de otros diálogos y contrariedades; conversaciones, en las que rara vez se convencen los unos a los otros y que el mero gesto de por sí ya modula siente y hace sentir.
De los que evitan, que alguien busque justicia en una botella de gasolina, prendiéndose.
Y a batallas de amor campos de plumas… que cuando todo acabe quien no los tuvo no será ni el recuerdo de un recuerdo.
El sol, el sol brillante, la esperanza y la frescura se escondían por entre la apestada ciudad. A través del costoso vidrio y una remendada ventana se llegaba a ese lugar que sin ser catedral de nada, y rodeados de grietas podridas, ambigüedad y miseria, los rayos embrujaba.
Todos los cuadros se reconocían por igual. Todos. Todos iguales. Y como que demasiado intensos algunos, se fuera o no persona prejuiciosa. Los cambios resultaban tan suaves y fáciles, o simples, que no se distinguían. Circunstancias que evocaban por sí solas en toda esa rara funcionalidad.
Y todo con la puerta de un cuarto entreabierta, escuchándose el tiroteo del frente a unas manzanas del hotel donde residía tan pensión. Tiros de fusil toda la noche, tableteando una ametralladora apiñada por encima de las tejas desde donde alcanzaba la vista de una chimenea sin humo.
Era la guerra, que cambiaba a las personas. O las personas a la guerra. Y viento de libertad en forma de cuadros, colores y marcos útiles. Porque quien entraba no salía disparando. Y eso que en tal lugar no había inocentes, ni crucificadores ni mártires, pero estaban en guerra: todos. Todos. Con los agravantes del parentesco y tipos harto peligrosos.
Los niños sabían mejor que nadie que cuando había una corbata en el asidero de la puerta todo podía suceder y nada pasaba. La corbata era un pretexto, un dictamen.
A Patrick de niño siempre le gustó verla en el mango, y eso que una vez tiró del pomo y se quedó peor que habiendo metido los dedos en un enchufe. Ya bien crecido era él quien usaba esa manija. Era su escapatoria, su excusa, el mejor subterfugio.
Tener tres hijos y estar casi perdido y olvidado daba para eso y mucho más.
Ese mapa de soledad de la corbatita en la puerta, daba para toda una cárcel y su libertad. Era un purgatorio de vida. Algunas recepcionistas de restaurantes de lujo, algunas, lo sabían. Y tenía que ser una corbata, pues la gente solo sabía respetar a los ricos, y esa prenda lo simulaba y ocultaba todo bajo la voz del silencio y el sentido de las puertas.
Una prenda que convivía en el abismo tomando el silencio por aprobación por ruidos que hubiera.
Una rara mezcla y suerte de variedades cromáticas hacían de Patrick todo un hombre. Máxime, porque las primas siempre fueron las primeras amigas y maestras en su vida, ellas podían no ser parte de su vida diaria, pero nunca estaban lejos de sus travesuras. Tituladas y no tituladas.
Otros compraban flores en un mercado para las novias y los muertos.
Se fueron para siempre; sin sorpresas.
Y la ciencia forense y sus respuestas inmediatas y los matices concluyeron un perfil psicológico del que se podía intuir: sádico, con pasado militar, ludópata, masoquista, homicida, putero, fumador, religioso, ávaro y desconsiderado.
La evidencia atronadora de las pruebas jamás determinaría que fueron dos ancianos; ni todos los antropólogos forenses y tantísimos detalles, como que los muertos contasen cosas: ¿quién era?, ¿cuándo murió?, ¿cómo murió?
En fin: que sucedió una noche. Y se fueron para siempre, sin sorpresas.
Volviendo al cochecito, el Duque fue de lo poco que respetó (dejando algo del mismo), y a punto estuvo de hacerlo pintar de púrpura giboso y deslizarlo con las dos puertas y capó entreabierto por un desfiladero, en el que yacían huesos y dientes, o subirlo al mar y echarlo a los océanos, orgulloso.
Si bien, la tenue luz del alumbrado público que modestamente reforzaba esa ala de notables residentes aguardaba al coche cada noche, creando un complicado fondo para quienes vivieron tiempos mejores, pero existía nuevamente la posibilidad de vivir y debían intentarlo.
El fútbol de los domingos, los éxtasis de los concursos de la televisión, trabajar para ganarse un sueldo, examinar aparatos averiados e intentar no destacar siendo un marine duro quienesquiera que fuesen era miel en esa urbe de desierto, y órdenes que cumplir.
Un buen regalo,
que la vida es urgente
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