Galicia era la pura esencia de la economía circular elevada a sí misma, siendo los cargos públicos ratones de campo; habiendo un treinta y tres por ciento de pobreza. Pobreza real, y de las otras:
-Le rompieron las gafas y no podíamos pagar otras -argumentó con desánimo una mujer de tantas, vulnerable tanto como que sin fuerzas para perseguir una mariposa para su hijo como único y mejor regalo de Reyes, haciendo cola en el batir de alas del reparto de alimentos, por la asociación Red de Apoyo Mutuo México-Galicia.
Gafas y comida que aseguraban a las familias que no se podían ni ver. Familias con guardianes de todo tipo, apresurados como Pío Cabanillas. Familias con negocios de todo tipo. Familias con dinero, y tipos de esos, emigrados, que no tenían edad alguna para mostrar la valentía y sus pensamientos.
Avión, el pueblo de los helicópteros, los ricos y la lista negra de jubilados pobres, con sus idas y venidas. La Galicia donde no había tanatorios ni morgues algunas. Avión y sus calles, un pueblo donde todo el mundo sabía algo pero nadie lo sabía todo. Una postal de despecho contenido. Pecados de una España siempre en obras, donde si dabas la mano había que mirar a los ojos.
La única manera de no ser una mujer casada en tal lugar era ser rica.
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Se es de donde se quiere ser,
y se pertenece a quienes se desea pertenecer.
Se acordaba de ella: de su cara buena y de su cara mala. Por momentos la mujer menos terrenal que había conocido; en otros, silencio y placer. De ahí que no buscase culpables y se diera a sus cosas, de hecho, cuando se amaba a alguien había que aceptarlo todo.
Lo que no había hecho ni haría sería mudar la piel. Era quien era y como era, y no cambiaría, ni por ella ni por ninguna otra.
La libertad estaba tan coreografiada y manida que tiempo atrás ya la sintió alejarse. No sabiendo si esa vez sería la definitiva, o quizás habría una oportunidad más. Esa en la que el mundo ya habría construido todo cuanto necesitarían, o por cuando supieran asumir y encajar todos los gestos.
Aquella oportunidad y mundo en la que ella se conformase y contentase con la idea de realidad que se había construido. Dado que como si nada, como si nadie, como si todo empezaron y del mismo modo se alejaron. O se alejó, ella. La misma que lo empezó todo con valiente alegría, porque ese jamás hubiera dado un paso al frente. Era de los de mantener las distancias, de los de no meterse en la vida de nadie. Igual de cobarde o más que para dejarla si fuera el caso.
Uno que respetaba. Que quería a su manera. A la manera de antes: para siempre, y sin tonterías. Nada de machismos ni feminismos. Solo pretender saber que había otra persona con la que contar, y a partir de ahí hacer vida. Mejor o peor, pero hacer vida. Justo lo que les faltó.
Peor, en el sentido de que había que conformarse con lo que se tenía y saber disfrutarlo y valorarlo. Mejor, porque por poco que se tuviera, juntos, con ella, siempre haría cosas que solo ni se atrevería. Cosas de esas tontas, normales, como salir a tomar algo y conocer algún que otro lugar y mares, otras gentes y poder sentir la caricia de alguien sin tener que perjurar ni vender su alma.
Pero la vida se les había adelantado. En ese amor murieron temprano porque no eran ni sueños ni pájaros, y sus aires les pesaron. Ella se distanció, y él. De forma paulatina ella dejó de verle, la que siempre dijo tener esa necesidad intrínseca. Cosa que él notó, y respetó, otro que también a su manera se fue contrariando en ese efecto dominó.
Y pasó lo que tenía que pasar, que la distancia de los días y los trabajos, la misma que otrora época intercedió para que se conocieran más, les hizo de menos. De tal modo que se redujeron a poco menos que la cordialidad, como si apenas se hubieran cruzado, por mucho que se sintieran o quisieran sentirse o evitarse. Una oscuridad clara y meridiana por parte de ambos, terca y ruda como la vida misma, con sus momentos de ego y sus bajones. Una falsa calma antes de la furia.
A todo esto, en un entorno mediatizado que debían evitar con humildad y caballerosidad. Y sin remedio a la vista, además con el hándicap de que ni llegó a haber un adiós como tal. Días en los que costaba creerse, cruzarse y mirarse o no mirarse. Días de educación, de respeto y días que no se querían tener ni seguir teniendo, pero días, en suma. Días que pasarían y días que llegarían.
Porque las noches las pasaban juntos. Al menos él, que, pasadas las primeras veces de hartura, de agotamiento, de convencimiento y de negación, la abrazaba y hasta casi que la olía y le susurraba. Para sí le era un no se sabe qué. Algo que requería de poco esfuerzo, que le salía más bien solo. Una necesidad intrínseca. Quizás parte de ese duelo del tenerse y del no tenerse, del tomar aire y de ser uno mismo junto a un ser querido.
Los pájaros, incrédulos, animalitos que lo veían y cantaban todo, cada vez que se posaban en las ramas de tal hogar o por cuando le seguían en sus vericuetos, mayormente callaban. Sabían que no era la primera vez, que no era el primer estío. Y por más que hubiera más y más estaciones, no cesaban en su hacer de pájaros: abriendo los días y cerrando las tardes noches. Pájaros que miraban, cuales manos pudieran deshojar ese confín. Unos entre jazmines, otros tras las columnas, los menos lidiando en el circo azul tostado. Lejanos, nunca. Todos, expresando la elegía de ese silencio por si llegaban los astros al beber de la luna y dormían los ramajes del blanco almidonado.
Ojillos cerrados que no lo eran, yunque que todos sufrían; aires vedados, verdes vientos, verdes ramas y un viento que ni a la mar. De vana espera inmortal, con duelos de mordiscos y azucenas, pues él la abrazaba y la mordía, sobre su cintura de tigresa y paloma. Hasta rasgarle las venas. Locura serena siempre oscura. Polisón de nardos. Jinete tocando el tambor del llanto que no lo era y vida de aurora. Impúdica vida, impúdico cieno.
Sudores sin fruto y juegos sin arte. Enjambre furioso taladrándola y devorándola, abandonado cual niño en su angustia dibujada. La del blanco almidonado, la del ramaje de las alas. Inmensas escaleras y un sueño de distancias y sollozos perdidos. Nardos febriles. Llagas de amor. Sepultura y cadenas.
Inmensa cumbre estrellada, eso de la memoria. Un soñar en la mar amarga, un crecer. Cuchillo por banda y montura por espejo. Ni trescientas rosas morenas con sus farolillos de hojalata. Cogida y muerte de toda aquella muerte derramada, de cuando se conocían, de sus plazas grises de sueño. Un viejo mundo en el amanecer que no era, muslos de miel y la espesura del gemir. Sucia de besos y arena, sucia de heridas que quemaban como soles.
Más el otoño vendría con sus caracolas, cantos sin alborada ni sementera. Vals de las ramas secas. Perpetua sangre y pura luz brotando. Quién sabe si con las heridas de alrededor, buenas y malas, tristeza que tuvo un día su valiente alegría.
En general, dicen que la gente que lee suele estar sola, y que actualmente el conocimiento es una mercancía. Pues en Avión, un pueblecito gallego, aldea mísera, mala en invierno, dura en verano y nunca buena del todo, había personas que durmiendo a tu lado te podían dar tranquilidad. Lo cual no restaba que detrás de los retratos de casada hubiera otras vidas… Quizás las casas se parecían a sus dueños.
Cubrir ese vacío existencial es lo que un escritor pretende, al menos quien firma la obra La Galicia Mexicana, una obra literaria en la que besar siempre pareció más íntimo que follar.
México no hace distingos. Un país en donde el dolor que te proporciona la vida hay que llevarlo con la correa corta. El México de los emigrantes gallegos. Donde el verdadero amor les era el oficio, el trabajo, su hogar. Y donde lo peor es el olvido.
A ambos lados del océano Atlántico, para cada muerte se pagaba un precio. Matar no era una acción noble, ni siquiera cuando se hacía por Dios, habiendo personas que vivían sólo para que otros tuvieran un lugar adonde volver siempre.
Emigrar, a veces permite recuperar ese concepto de vecindad que en tu propia tierra se te niega, incluso con el frío de madre.
Las cosas que decimos, las cosas que hacemos. Eso es Avión. Eso es México. Eso es escribir, la pobreza que no se ve. Tal libro no deja de ser un lugar del que marcharse, con tantos recuerdos con los que se ha llenado.
Una obra que en cada detalle cuenta una historia diferente, siendo la realidad: tozuda.
Antes vivía con la soledad de esa obra,
ahora con su compañía.
PEBELTOR
Fueron tantos los posibles títulos que, llegado el momento del registro, todas esas fases de vivencias y escritura se solaparon. Que si El hombre que no sabía querer, El Centro Gallego en México, El pueblo de los helicópteros, Y allí no pasó nada, u otros. Finalmente, La Galicia Mexicana refleja la pobreza que no se veía, la extrañeza que separa el amor a los hijos y la necesidad de un espacio propio, o la ausencia de algo indefinido que lleva todo emigrante.
Galicia como el séptimo cielo, tal que la ayuda que prestan los amigos y limosnas de gobiernos. Un eco pintado, y ese porvenir en que los padres se quedan confinados.
Y México como la realidad tozuda, casi de manera demoníaca, para obligarse a ser más fuerte de lo que en realidad se es; con solo el amor pareciendo inquieto.
Lugares evanescentes, de gentes con distintivos; días rotos y hombres fatales. Lugares también sólidos, que no impalpables, livianos, etéreos. De días de confrontación, mariachis y corridos. Más las mujeres cansadas de llenar sus espacios vacíos con cosas que no necesitan y personas que no les gustan. Pero mujeres, al fin y al cabo, con la facilidad de ser profundas hablando de temas ligeros, yendo a la verdad del asunto y a lo imperecedero.
Para todos, el dolor ajeno es la nacionalidad más temida. Lo peor.
Acoger esa inconmensurable belleza, y que se susurrasen nombres, hechos, sin que la música de los días limpiase el dolor, ni otros muchos logros, es lo que el autor pudiera haber conseguido unir, alimentando la desmemoria y las frustraciones, desestructurando las realidades menos contadas y las voces necesitando un altavoz. Sí, de esa Galicia de concellos y parroquias como Avión.
A veces ser una zorra es lo único que se puede ser, porque si nos enseñaran a perder ganaríamos siempre; se deduce del valor que huye de cualquier precio.
Avión fue como un cielo en nosotros mientras se dejó escribir. México el quite, palabras del día a día; la ilusión de vivir.
Un libro, un título, en donde el autor ha muerto algunas veces, pero donde algunas muertes siguen vivas. Nena Parva iba a ser otro de los títulos. Quizás ese ha sido el gran acierto o error del libro, el bazar de la caridad de las nenas parvas y todo cuanto suena a gallego, en ese galardón de infinitud que envolvemos todo lo que nos gusta, ahogándonos en nuestra propia ausencia.
Esperando no haber sido justo en la injusticia, que los dioses nos conserven los sueños, incluso cuando sean imposibles, y nos concedan buenos sueños. Porque de algunos episodios mejor no acordarse de nada, dado que el que mata a su familia los mata a todos.
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Se hizo a la mar. Otrora época hubiera tenido severas dudas, y no, las olas le arrastraban sin mayor motivación que dar ese salto.
Mientras tanto el mundo seguía, más ese restaba y sumaba las imposibles e inacabadas crestas arrojándose contra las mismas, esencialmente agua con la capacidad de atraer, que tan pronto subía como bajaba, que llovía, aclaraba o tronaba.
Y excepto las horas nada pasaba y nada quedaba. Horas, en las que turnarse soles. Estando los ojos ocupados mirando al vacío, dolientes, como agujeros ciegos. Nada era importante. Ni, aunque se perdiera la barca o se perdieran las nubes. Ni la rabia del olvido, o el eco de la humedad salada.
En la soledad del viento, polvo y sal, bastaba con un poco de silencio para que todo se detuviera. Hermosa soledad que le hacía encontrar el mismo sitio al despertar.
Le era tan sencillo encontrar la calma en el mundo de la imaginación que cada noche hablaba con ella y se olvidaba de los momentos de desesperación, así como del torrente del tiempo. También del crepúsculo de la desaparición que lo bañaba todo con la magia de la nostalgia y ese velo evocador de verse sin tenerse.
La propia imagen le era el mayor misterio, no habiendo nada más pesado que la particular comprensión de lo vivido, por alguien, para alguien, multiplicado por mil ecos.
Ese apego seguro de la edad adulta se iba convirtiendo en mucho más que ignorancia, duda y reflexión. Hablaba con ella de todo. Como hija, como madre, como amiga y como enemiga. No bastaba con desear salud, había que querer con virtud y con esfuerzo serio. Y lo intentaba hacer.
Es más, tan pronto la llamaba como que se despedían, jamás diciéndose adiós, dueñas de sus sentimientos y pensamientos. Ahora bien, tampoco es que se hubiera mirado a un espejo. Ni se había preguntado ¿qué quería ser de mayor? Nunca la programaron para eso, ni podía hacerlo. Y sin embargo pudiera ser que Dios fuera un ratón y se escondiera nada más verla entrar.
¿Cuánta melancolía y cuánta soledad programada se escondía detrás de la aparente alegría de vivir? Casi que parecía humana la niña… y la madre.
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