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15
Abr

Escribir y el sexo de las embarazadas

Podía conocer las reglas y aun así equivocarse. Eso le sucedió a este escritor. No quería presumir de libro, en absoluto, solo escribir, como que de espaldas a la carretera, sentado en el pretil bajo la lucecita de una cerilla con el gesto varonil y una repentina ternura, más el cielo quieto, casi que tiznado de carbón, bajando la noche para inundarlo todo.

También vivía en una buhardilla, ese que iba poco al cine. Y salía sin salir con alguien, que estaba de muy buen ver pero que no le enamoraba, ni cuando anduvo mirándola con aire sofocante y, en otros, artificial. Una mujer dispuesta a serlo todo, de las que preferían besos bruscos e inexpertos a falta de ningunos otros, y de las que se dejaban besar una y otra vez estando dormida.

Quizás por el aspecto abatido, quizás por no besar ni el ser un transeúnte o el vivir sin criada, las palabras hormigueantes no dejaban de salirle, directas a las páginas. Unas tras otras, como que algo casual. Y no había manera de parar. Palabras que sumadas hablaban de esos semidioses y el gran hotel de Rota: la Base Naval erigida en tal lugar, y los apartamentos contiguos y separados, y su gente, el amor y las barracas o las casas que trascalaban unas calles con otras a falta de ninguna.

Párrafos que se escribieron con total sinceridad y a disgusto consigo mismo. En su mayoría hacia la noche, que era cuando manejaba mejor las reglas, y también se sentía más joven y guapo, raramente. El que ni siquiera daba las buenas noches o buscaba callejuelas con esa, la del saber coser y el lugar y tiempo muy concreto, de una capital y su pedanía, y un modo de vivir que pudiera darse en cualquier parte y ni ellos supieron.

La novela El sexo de las embarazadas fue el lugar desde donde observar el mundo sin obviar el ámbito doméstico. Algo aparentemente irreal, desligado de todo cuanto conocía. Textos decentes ligados a lo más disparatado, y mujeres capaces de hacer lo que les pidieran, sobre todo las lisiadas (hasta con la espalda mordida) y las hermanas mayores, aunque bien podrían haber estudiado Ciencias Naturales, y no esas cosas, para muchos, barbaridades.

Subir los escalones de dos en dos no le ahogaba; ni uno más, de tres en tres, que ya costaban. Intentó en vano hacer confidencias, como si estuviera ennoviado. Y la invitó; pero no. Sus arbitrariedades desconcertaban, dentro de los afectos y la breve historia, apenas de unos instantes. Echaba en falta tener días locos de entusiasmo, preferir quedarse a comer y a cenar, hasta enfadarse e irse del cuarto. Su casa no era su casa, aún pervivía con la sensación de provisionalidad, tal que todo fuera un examen trimestral y el pretexto del ganarse la vida, haciéndosele la ciudad y su oficio tremendamente aburrido.

Ella y las palabras escritas le hubieran seguido. La primera por insensata. Los textos, porque iban siempre con él, residiendo en la pensión de su cabecita, animadoras y fulanas, directas y sinceras.  

En el bar de la estación pidió un café solo, y allí terminó el libro, bajándose del andén. Un andén casi desierto, del que sonó una campana y el tren arrancó. Entonces ese se bajó y dejó las páginas aprisa, echadas a correr, porque el tren rebasaba la estación sin dejar de mirarle, cayéndosele las lágrimas, sonando los hierros del tren sobre las vías cruzadas, no distinguiéndose ni una catedral; apenas unos vencejos altos, altísimos. Que de largo le dejaron en su ser, ya sin el juego de la vida: huérfano de todo.

Solo los mejores supieron convertir sus peores fallos en sus mejores aciertos… él no fue uno de ellos. 

13
Abr

Los que tienen prisa, tropiezan

Berta, en su alegría y desvelo, le hizo viajar a lugares no para conocerlos, sino para confirmarlos. Sin prisa febril. Simplemente perfectos. Más estando en la cama con el hombre inapropiado en esos desnudos de disparate y esos malos tiempos para el país, queriéndose como leones, con imperdonables mordiscos y ese sonido de la alfombra urdida por la música del hogar, olvidándose por unas horas dónde estaban y quiénes eran.

La importancia de verse

El agua, cuando viene,

viene con las escrituras que son suyas.

10
Abr

Ignorancia y miedo

En la Base se les intentaba inculcar a esos chicos una disciplina que ordenase sus vidas y les diera oportunidades, y al margen de las apuestas, en su mayoría lo conseguían, y eso que su mayor miedo no era no encajar, sino usar su fuerza de modo desmesurado, algo que inconscientemente hacían al librarse de su propio miedo, tiempo antes de ser reclutados. Esa era la ecuación a resolver en primer término, que la ignorancia no diese lugar al miedo, ni éste al odio para luego dar con la violencia. Realmente, necesidad de trabajar no tenían ningunos, de dinero sí, y miedos por el mundo inconmensurable y lo inacabado del mismo.

El sexo de las embarazadas (PEBELTOR)

La importancia de saber elegir,

y de mirar a los ojos de la gente

8
Abr

Sonrisa de niño grande tienes tú

Y corre el viento adelante, sí que sí,

camisas tengo, camisas llevo.

Corre tu suerte mí vida

con y sin mangas.

Ventura, advierte,

la mar advierte.

Puños.

Es hoy, es mañana.

¡Sí que sí juguetón!

No me toques ahí,

la mar advierte.

¡Corre!, ¡corre adelante!,

camisas tengo, camisas llevo.

Mezcla ganas que la mar advierte.

Sí que sí collar de perlas.

Muerde tu dolor ausente.

Es hoy, es mañana,

no hay botones bandido mío.

 

Ven, ¡llévame!

Líbrame fortuna,

¿Te hago un sombrerito,

chiquitín, chiquitín?

Sí que sí collar de perlas.

Muerde tu dolor ausente.

Pobre ilusión duendecillo,

son contornos, míos.

Sí que sí, travieso.

La mar advierte.

Sonrisa de niño grande tienes tú,

mi vida, no de chiquito.

Sí que sí, travieso.

¿Un sombrerito?

Ventura.

 Flores de plástico (PEBELTOR)

Para esos días del después de todo, 

cuando se crece y no tanto

6
Abr

El edén, la tierra y el infierno

Si un día era como todos, todos eran como los anteriores, pasada la intervención. Tal decrecimiento provocaba que fueran menos y más viejos e inservibles. A las pocas semanas de su nueva estancia, cuando ya apenas podía desnudarse y vestirse por sí solo, debía familiarizarse con cada uno de los objetos mirándolos largamente. Las ilusiones pasadas no se las podían arrancar, llorando el tiempo viejo que nunca volvería. El reloj de la pared, el pomo de la puerta, la barandilla de la escalera, una alcayata que sobresalía tras un cuadro; hechos tan especiales que de estar bien le hubieran hecho cuestionarse el haber nacido y que le entretenían lo suyo, no así las comidas. El orden tridimensional del tiempo no existía en esas residencias de oficiales, vendidas como una maravilla de la ingeniería en parajes montañosos, regalo de su victorioso imperio. La soledad, el aburrimiento y el sentimiento de inutilidad eran las tres cuestiones que mataban a los ancianos medio sanos en las residencias. Los americanos les sacaban algo de jugo a sus viejos dignatarios antes de que la venganza de la naturaleza hiciera de las suyas. Esas personalidades siempre eran un buen punto de partida para seguir vendiendo la bandera, algo que sabían hacer como nación. Aparentaban una imagen fiel con su cadencia, arrugas y color de piel. Los solían enfrentar a ese trabajo mecánico, y a no estorbar. Aprendían a morir noche y día. Bastaba con hacerles inviable su correspondencia, que también estaba trucada.

El sexo de las embarazadas

30
Mar

El Viejo y el Mar

Esa grumete, metida a almirante, estaba recordando las lecturas de El Viejo y el Mar:

-Allá arriba, junto al camino, en su cabaña, el viejo dormía nuevamente. Todavía dormía de bruces y el muchacho estaba a su lado contemplándolo. El viejo soñaba con los leones marinos.

 

A quienes desean entonar, la insaciable canción del pirata

Extracto Flores de plástico (PEBELTOR)

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