Blog

7
Dic

Por aquí, por allá

Algunos tenían miedo a la palabra, otros se escondían en sus melodías caminando sin ni haberse despertado. La lluvia no caía, pero se decía. Palestina, Israel y otras zonas también importantes rebuscaban por entre sus justicias, unas para cuando había procedimientos judiciales y otras para cuando no. Ingeniería social, planes, tiendas, transportes, servicios y zonas verdes. Sin embargo, el coraje y la melancolía eran dos fuerzas contrarias que movían la condición humana.

Bajo un amplio consenso o el propio sentido común de los días y los trabajos se encendían las luces navideñas, siéndolo y no siendo. La tierra a la que ninguna civilización renunció. Demasiados errores en una misma semana y democracias, pero había luces de colores, gloria y maldición bajo las que caminar de la mano aumentando la belleza a cada luna hasta llegar a esos días. Cada cual usando el talento que le habían dado los dioses.

La paz era para las mujeres, y para los débiles. Seres que sabían manejar en favor el olor y los sonidos. Por el contrario, la justicia avalaba que se prohibieran símbolos religiosos en los lugares de trabajo. Las iglesias como tal, muy iluminadas también. Espacios donde estar, meditar y darse la paz; con imaginería y sin ella. Hasta pareciendo lugares calientes, siendo la religión, el dinero y otras cosas todo ello.

A todo esto, dormir abrazado a la persona que se amaba podría dar lugar a la sensación más bonita del mundo. Que también se ponían a prueba los cocinillas, que ya iban presumiendo de sus testimonios. Eran las Españas al descubierto de voces muy distintas, aún recordando aquel ayer.

El día que llovió hacia arriba

30
Nov

En cada niño nace la humanidad

El contacto físico cambia la forma en la que sentimos el dolor” habían financiado la pancarta a una psicóloga que la portaba, del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia.

Capas y ladrillos muy bien pergeñados, donde no faltaba otra declaración en favor de los museos: “Las protestas en los museos por el cambio climático me parecen algo sucio, desagradable y basto”.

Declaración efectuada en la puesta de largo de la primera piedra donde se albergaría un museo para el que Don Avelino ya había oficializado la donación de una pintura única y excepcional, su preferida, la cual databa de una joven amamantando a un anciano en una celda de la prisión.

Perversa, porque ese anciano pudiera haber sido condenado a muerte por hambre por robar una hogaza de pan durante el reinado de Luis XIV en Francia, siendo la mujer su única hija y visitante de su celda, por fuera de los barrotes, a quien permitieron visitarle todos los días, siendo registrada a fondo de tal manera que no llevase comida al viejo; hasta que pasados cuatro meses y observando que el hombrecillo todavía sobrevivía sin perder peso, las autoridades ordenaron espiar los encuentros del padre y la hija hasta el punto de quedarse perplejos por cómo la hija amamantaba a su padre compartiendo la leche de su bebé, decidiendo los jueces en tal compasión de vida perdonar al padre y liberarlo.

Todo un pedazo de historia que Don Avelino supo explicar debidamente, y siempre a tiempo, un día u otro, pero siempre a tiempo y dejando deberes por doquier, además de su sorna (como en aquella ocasión de la donación interesada para que luego otros, políticos y no políticos, se hicieran la foto):

No soy para nada feminista, los hombres son maravillosos, es más, pienso que cada mujer debería tener mínimo dos o tres. En cada niño nace la humanidad.

La Galicia Mexicana

PEBELTOR

26
Nov

El ayer, el hoy y el mañana

23
Nov

Más listos de lo que eran

-¿Lo pintó Leonardo da Vinci o tu ayudante?- la puso en jaque la madre. -¿Y yo qué?, ¿no cuento?

Por un instante presagió un futuro aterrador, pasados unos segundos no tanto, se recompuso la cirujana.

-Exponemos ante todo el mundo lo que somos, lo que tenemos. Ya sé que estuvo en el Museo del Louvre de París, por eso mismo. Son estanterías compartidas. Nada odio más que los falsos halagos y las argucias sociales. Quienes esperan, deben distraerse; congeniar. Los cuadros ayudan a eso. ¿Por qué no?, estoy harta de las identidades falsas.

-¡Es el cuadro más caro!- protestó la matriarca. -En paredes interiores.

-Por eso mismo, el de más prestigio, el más renacentista. Lo necesito. Cerca.

Y dio por buena la atribución, lo cual reventó a la paralítica, que ir, no iba al Centro J.M. Peterson, pero organizar sí que lo hacía o pretendía. En su afán, Naomi estaba haciéndose una National Gallery, también con ayuda de algún que otro jeque de Abu Dhabi. Y no eran obras caras sin pedigrí. La cirujana tenía la delicadeza de tomarlos por más listos de lo que eran, a los inconcebibles adinerados, moros o lo que fueran.

Treinta y una pinturas, con taller de restauración incluido le habían donado; medio cielo. Un producto de alta calidad. Un tal Zollner y Matthews, cuando las finanzas del príncipe lo permitían, conservaban los icónicos lienzos; hasta le hacían copias, con sus sobresalientes habilidades, que luego, montadas, repartían a los empleados en función de los acontecimientos. Un sexto sentido.  

-Un escándalo y una humillación- también para la arriostrada madre y el azabache de sus ojos, muy pesada. Alguien que no permitía ni que la mejor modista tuviera un desliz.

Verdaderamente divina, había veces que Naomi pareciera ser una ayudante de cámara de esos maestros. Tenía su cuestión de confianza. Junto a uvas moscatel, espaciosa, en ratos los miraba cuales aceros que la escuchaban. Se entendía con los oleos y lienzos de una mirada. Su personalidad plástica y los fuertes vínculos estéticos le atraían casi tanto como la medicina; otros, husmeaban. Ella era capaz de percibir el pelo, las cejas, los ojos, la risa, o incluso la seriedad y los gestos hieráticos de las retratadas, inclusive la alegría de la esperanza de los bodegones o murales. Se educaba y reciclaba sobre el fin de posibilidades con sus mutismos, que encerraban pánicos. No admitió nunca fotografías, ni de gente convencional, solo ese filtro pictórico a su mirada. Obras conocidas y extrañas, algunas adquiridas con el estómago y los excesos de duda.  

La Frágil Moral (PEBELTOR)

Disponible en Amazon

 

16
Nov

Apuntaba maneras

Ryan tenía mucha proyección. Pudo haber ascendido antes si lo hubiera querido con todas sus fuerzas, no obstante, ahora tenía su momento, se sentía capaz de vender cualquier idea.

Pocos sabían lo de su miedo, un vecino con el que los viernes por la noche se tomaba unas cervezas, y la que le hacía de psicoanalista, que no era tal, sino un músico en paro con una capacidad inaudita para escuchar a los demás cuando ellos no querían que nadie les oyese.

Mirta tocaba el acordeón, no le pegaba con su cuerpo tostado; lo de fisgonear en otros sí que le iba, sabía disimularlo. Siempre que tocaba sesión, se ponía su faldita escocesa. No sabría decir qué le ponía más, si los cuadros de sus piernas o esa postura que adquiría cuando echaba los brazos hacia atrás.

A él lo tenía loquito, se lo supo ganar y hacer de ello una fortaleza, no una debilidad más. Los miércoles comían juntos, quedaban en la cafetería de una facultad cercana, la que impartía derecho y ciencias sociales. El menú les gustaba, y el bullicio les permitía hablar de todo sin sentirse incómodos.

Se cruzaban con gente de todas las edades y condiciones. Jugaban a adivinar las profesiones, y no siempre acertaban; la moda de las segundas carreras, unida a la dejadez y falta de motivación les hacía un flaco favor.

Fugitivos

Disponible en Amazon

9
Nov

Cada mañana la arropaba

Cada mañana la arropaba, sin que la misma suspirase. Para el desayuno. Le decían todos los nombres, y le hacían gracias. Los niños le ofrecían pastelitos redondos rellenos de dulce de leche o crema pastelera cuando no se enteraba nadie, o alguien disimulaba.

Y justo antes de abrir las puertas le tiraban un beso.

Las meriendas ya eran otra cosa. Y una vez llegaron a reunir a cien personas. Solo una vez, porque casi la asfixian.

Ave María Purísima le decía la abuela sin pecado concebida, como aurora que anunciaba la llegada del sol.

Los pájaros, al menos de siete especies, no se explicaban su mudanza. Viéndola con respeto, que no con desdén, asomándose levemente desde el balcón. Uno, una vez, llegó hasta la faldilla.

Fue de lo poco que quedó tras la venganza del campo, aquel apocalipsis amarillento, con las epidemias, las fieras salvajes y volver a matarse con la espada.

Un padre, roto y sumido en el dolor más absoluto. Pero padre, y madre también, frente a la fugacidad y el colorín de la sangre fresca. La resistencia de una generación casi olvidada, por el eco de las bodas y la mirada del alma.  

La Frágil Moral

PEBELTOR

Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.

Cerrar