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11
Ene

Los sentidos del tiempo

Presumiendo de aquella casa de muros de color crema, contraventanas verdes y entrada granate a juego con los tejados. Así empezaba cada vez a confesarse, soñando de otro modo mientras jugueteaba con la correa del bolso.

Dichosa ella, y dichoso su marido que pereció en un crucero.

Hasta la vigésimo quinta vez no se le sinceró realmente ni le contó sus vericuetos con el vecino de enfrente, un palurdo que se levantaba a las cuatro de la madrugada para terminar de amasar y hornearle los panes a la Benemérita, salvo los martes.

No haber ido a misa, ser rebelde o desobediente con los vecinos de piso, maldecir, abusar de los dulces, acumular mucho rencor y resentimiento con su hija parturienta, mirar a los demás con lujuria, calumniar, haber tenido un aborto, emborracharse, fumar drogas, ver literatura pornográfica y tener fantasías, pagar por sesiones de espiritismo, burlarse de otros y no hacer las tareas del hogar fueron cayendo una tras otra.

Lo de poner apodos y ser egoísta siempre lo repitió, la mayoría de las veces con mala cara y de mal humor para acabar rebelándose contra Dios y sus mandamientos muy enojada.

De ella, el párroco no le comentó nada a la sargento Florentina, su otra querida, y hermana de la del bolso y la correa. La que también estuvo en aquel crucero.

4
Ene

Hombres que no sabían querer (extracto)

El obispo de Villaciruela no se desplazó a Roma ni se conectó por videoconferencia ni mierdas de esas. Se quedó en el apartamentito de Sorroche, la compradora de arte compulsiva por antonomasia, que le guisaba estupendamente y además le dejaba tomarse su leche materna.

Un hábito que les hacía pasar tiempo juntos, y que beneficiaba a la salud de ambos. Y eso que la lactancia materna, con guerras propias o sin ellas, todavía era un tema peliagudo, habiendo paredes físicas y paredes mentales, victimización, abuso y de todo un poco. Lo mismito que con lo bélico o confesional.

Además, cada vez que políticos o personas anónimas opinaban, solía levantarse un huracán de opiniones a favor y en contra. No obstante, la mujer, de treinta años, amamantaba al clérigo que le doblaba la edad desde hacía unos años. Lo que les unía como pareja, y les beneficiaba la salud.

Sobre si Dios consideraba tal cosa como un quebranto, nada se sabía. En tiempos, algunos vecinos infringieron al párroco piropos muy deshonestos, y hasta escupieron en el cepillo de recoger las limosnas en las eucaristías. Gentes que no estuvieron al quite cuando la mujer comenzó a sobre lactar en los embarazos, produciendo más leche de lo normal. Tampoco sabrían mucho de lo incómodo del extractor de leche, que le congestionaba de más los senos, hinchándole los pechos y sobre todo ocasionándole un arduo dolor hasta casi la extenuación.

Él, que fue practicante de joven, como hombre la ayudó; y como sanitario siempre tuvo mucho miedo de que la misma contrajera una infección, aliviándola. El obispo llevaba dos años sin resfriarse, y con la piel más tersa sin necesidad de gastarse un puto duro en cremas.

Lo de que fuera un tema tabú se la soplaba, al igual que Roma. A Sorroche le encantaba amamantarlo, o ya no podía evitarlo, elevando la mirada en señal de orgullo por España, habiendo vendido a su hijo.

 

Extracto del libro en curso,

próximamente: 

PEBELTOR

 

30
Dic

Mañana es la única utopía

Feliz salida y entrada de año 

(pinche y déjese llevar)

28
Dic

Matar no era una acción noble

El empresario llevaba años en los que, tras cada viaje, cada visita a su pueblo, fichaba a alguna. Aunque fuera de Vigo. Era de los que podían ir sin dinero, sin reloj, sin llaves, pero de los que no sabía dormir sin que hubiera una mesita de noche en la alcoba. Se había labrado un puesto en la vida. En México.

Sin embargo, en España precisaba de todo eso y más; de su valor, de su astucia, de su resistencia. América siempre estaba en armas, había una lucha tenaz, directa, que le mantenía vivo, pagando por cada muerte un precio. España tenía otro quehacer, otra voluntad (matar no era una acción noble, ni siquiera cuando se hacía por Dios).

Muchos se fueron, pero otros tantos se quedaron en aquellos tiempos de la santa voluntad, del hambre o la huida de un servicio militar obligatorio en primera línea de batalla que no esquivaron. Gentes que, siendo medio olvidadas, unas generaciones tras otras se mataban lentamente, con cariño, tratándose de familia y revistiéndose de amor propio para decirse adiós. Personas, muchas, ninguneadas. Que ni tuvieron el derecho a cometer sus propios errores.

Sobre todo, los hombres, que bajo tensión se rompían, se lastimaban y hacían daño a otros hombres. La envidia los corroía, hartos del: “No importa lo que hagas, solo lo bien que lo hagas” de cuando embarcaban los elegidos, repudiados o no.

En el municipio de Avión y tierras vecinas se sentía esa curvatura del tiempo como en ningún otro lugar. Era iluminación y depravación. Un tenue transcurrir en el que intentaban mediar los capos, dolidos y advertidos. Por eso intentaban dar oportunidades a quienes se las pidieran, pero tenían que pedírselo, fueran familia o no.

Albertito Dacasa era quien mejor sabía gestionar esas tretas. Quizás porque era más mexicano que español, ya nacido en América, y de la cuarta generación de exiliados. Como el mayor de Luisito, de esos que habían ido a estudiar a universidades privadas en los Estados Unidos de América gracias al sudor y al esfuerzo de sus congéneres.

Hijos, que ya no aparecían en las estadísticas de la inmigración. Personas, incluso, con doble nacionalidad, residentes al tiempo en la otra Norteamérica. Los futuros nuevos gestores de esos emporios, y personas que no sentían el concello de Avión como algo propio, sino como una fiesta a la que rendir pleitesía mientras vivieran sus padres, abuelos y tíos.

Dos, tres días al año, poco más. Y de ahí, saltar a Londres, Francia, o cualquier lugar de la Europa del Este, cuando no aprovechar para hacerse un safari en África con el dinero de papá y mamá o el suyo propio, habiendo cumplido. Seres, como Albertito, que creían que si un hombre se arrepentía del daño que había hecho podría volver a la época más feliz de su vida, fuera cual fuera, y revivirla eternamente.

La Galicia Mexicana

 

21
Dic

Póntelo, pónselo

Los libros tienen los mismos enemigos que el hombre.

El fuego, la humedad, los animales, el tiempo y su propio contenido.

(Paul Valery)

PEBELTOR 

Algunas personas,

nos enseñan a no ser como ellas.

14
Dic

Con la Virgen a todas partes

Creer era la clave. Empleo, familia, dinero, salud, amigos.

Creer era la clave. Otra entrevista, más explicaciones, los recibos, las pruebas, teléfono.

Creer era la clave. ¿Y qué decir?, ¿con qué cara?, ¿cuánto pedir?, mejor no saber, y que no pregunten.

Creer era la clave. Al ruin y al pobre todo le costaba el doble.

PEBELTOR

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