No era gente de esas, de historias de alcobas, sí era un fanático a pesar de su temperamento filosófico. ´Lluvia roja´ era la palabra que usaba como seguridad. Eso bajaba los humos a cualquiera. Era maestro y mago, hasta que el rey se inclinó y los mató.
Fue su Venus, desde la sombra llameante; en ese hotel nómada, con su amor y los sentimientos desordenados. Nadie se quedaba con ganas en aquel lugar. Ellas colaboraban con el valor de ser mujer. No eran de tomar limonada o agua mineral, su poesía del pensamiento las obligaba a beber todo lo concentrado. Eran VIP: gramáticas de la creación… por tiempo limitado. Hambre y seda.
Más la fama y la bondad insensata de la vida secreta de esos edificios, sumado al manual de aquel dictador hizo que el destino de los caballeritos blancos ya fuera otro. Pero como si no fuera testigo todo se quedará en ese libro de los secretos, con sus fragancias y sus trampas. Un pesar de patria, pura extrañeza. Y fanatismo. ¡Está hecho! La herida es demasiado grande y nada. Resulta difícil probar que no sabía nada de cómo se gestó la maldita lluvia roja. Las víctimas siempre son las mismas, y se ciñen a la búsqueda compartida; mismos temperamentos, mismas filosofías… bajo dos banderas, dos escaleras. No hay más cárcel que los ojos vacíos: actos obscenos en lugares privados, también.
Cuentos, quedará en eso, para cualquier ladrón de recuerdos. ´Lluvia roja´, diría.
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Nadie nace siendo malo, pero mientras él siga en libertad ni su alma ni la mía podrán encontrar descanso; le consideran presunto inocente los sabuesos. Tanta garantía de derechos dan grima. El asesino está aquí, entre nosotros. Sí. Un maldito depósito bancario fue el tren de su cordura. Un fastidio.
“Quizás nos han decepcionado ya demasiadas veces”, le digo a mi mujer. Ella sabe que el mundo no funciona porque todos lo sepan todo, no es tonta. A su modo me apoya. El equilibrio del mundo se regula con la alimentación, y cuando el perdón no llega es tiempo para la venganza. Ya tengo mi alimento y mi licencia de armas. Sí, cuando una puerta se cierra otra se abre. Para un policía, la maldad es lo que no tiene explicación; para un ciudadano mandan las entrañas. En un mundo en el que nos preocupamos por la segunda vida del plástico hay otros muros invisibles que debemos romper, mucho antes.
Diferentes pero iguales, ¡a ese hijo de puta ya le dicho que rece a Santa Marta y que vaya haciendo fieles en el asilo! Mi estómago me dicta lo que soy. Su cascabel ya no suena, no salta. Está en su sillita, y vivimos en un distrito protegido, ahora bien, la perdurabilidad y el condicionamiento de su cara jamás la olvidaré. Por sutil, misteriosa y seductora que pueda llegar a ser, mi hija nunca volverá a tener sus dos piernas con aquella excesiva frecuencia, siempre las extrañará y extrañaré.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche…
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella…
Mi voz buscaba el viento para tocar…
Es tan corto el amor…
Aunque este sea mi último dolor, sus ojos infinitos, los suyos; no puedo guardarlos. Mi alma no se contenta con esa mirada. Busca. Y no ya por los mismos árboles, o en la noche tan estrellada donde tiritan los astros, a lo lejos, girando azules y tiritando. Sus grandes ojos están conmigo, sin largo olvido, blanqueando el nosotros, contentos de habernos perdido.
De otro será, no sé.
Como antes mis besos.
Su voz, su cuerpo claro.
Más a lo lejos alguien canta.
Y el viento lo giro, yo lo quiero; a veces ella también. Cae su alma como al pasto el rocío. Ni nosotros, los de entonces. ¡Pero cuánto la quise y quiero!, más ya no la quiero querer: ya no somos los mismos. ¡Qué cierto!, ¡qué ni me contento de haberme perdido! Ojalá sea éste mi último dolor, infinito, suyo.
Es tan corto el amor… De otro será, no sé.
Mi voz buscaba el viento para tocar… Como antes mis besos.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella… Su voz, su cuerpo claro.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche… Más a lo lejos alguien canta.
(La música de la lluvia del Poema XX de Pablo Neruda, adaptado,
en mis tintas para la vida: PEBELTOR)
Era un problema de solución imposible. Y a veces las caras lo decían todo. Es por eso, que había más: una mujer. Fue y es nieve de verano, una mentira piadosa, y el duelo por un consuelo forzoso: nos buscamos mutuamente. Todos sus nombres los repito a cada segundo. No es ese mi trabajo, pero lo hago. Muchas veces, las personas, como los animales de un zoo, no saben que van a extinguirse.
Y para eso me dejo la piel, se ha ganado su derecho. Sabe que hay lugares, miradas, que son viento sobre el mar. Además, primero sentí lluvia en los zapatos; no sabía qué decir. Parecía que mis recuerdos eran suyos, como con la estrella que se alzaba en el cielo, inalterable por el tiempo, inmune a la muerte. Ese era el problema.
Si quieres algo de la vida, necesitas no tener miedo, pero uno… no siempre se acostumbra a cómo son las cosas. Es la mitad de la batalla. Eso me curó el juicio como escritor, más mis actos no fueron del todo silenciosos: era una mentira piadosa. Le dije que podía irse a casa.
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